Dicen que surgió de casualidad, como suele ocurrir con muchos de los grandes inventos de la humanidad. Él funcionaba detrás de las cámaras y un día, en una reunión de los empleados del canal, comenzó a hacer chistes, bromas y chanzas. Entonces, un ejecutivo del medio, ahí presente, dijo: “Este es un desperdicio detrás de las cámaras, tiene que ir adelante”. El Negro Olmedo. Es una especie de la que surge uno de vez en cuando, uno en millones.

    Confieso que había momentos en que me reía con toda seriedad. Quiero decir, me reía de tal forma, con tal desparramo de carcajadas, que la alegría no podía ser más seria. Inventó cuantiosos personajes y todos son recordados con bondad, con agradecimiento. Repasamos algunos, dale: Capitán Piluso, Rucucu, El guapo Piolín, el Manosanta, el general González, el mucamo Perkins, Chiquito Reyes, el dictador de Costa Pobre, Rogelio Roldán. En cada uno hizo valer su calidad histriónica, ese dejo de payaso bueno y genial, al que le bastaba una mirada, un gesto, un movimiento para despertar la risa genuina, esa que no sabe de intelecto, la risa de cuerpo entero.

    Rosarino de nacimiento, jamás olvidó su barrio natal, y volvía a reencontrase con los suyos con la humildad de quien se siente uno más, a pesar de su fama abrumadora. El Negro Olmedo es del pueblo, del entero pueblo que soportó durante sus años de actor tantas arbitrariedades de sistemas económicos y gobiernos de turno.

    El Negro era el cable al cielo, era la forma de contrarrestar la angustia, era el motivo para reir por algo, y ¡vaya si vale eso! Hay una muestra en el Teatro Municipal Julio Quintanilla, en el corazón de la plaza Independencia, y está muy bien que sea en el teatro, su ámbito natural, en el que vivió tal vez sus mejores momentos. El Negro está con nosotros, a lo mejor sería del todo bueno para la vida buena que pasáramos por allí y dejáramos escapar un “gracias”, aunque sea pequeñito, él sabrá entender por qué. Éramos tan pobres.