Buenos días, a pesar de todo.
Era un 23 de enero y veníamos con mi familia de Brasil, de Bombas y Bombiñas, más precisamente. Decidimos volver a nuestro país, pasando por las Cataratas.
Atravesamos cientos y cientos de kilómetros de selva, el calor era insoportable a tal punto que las moscas andaban con abanico.
Cuando llegamos a Iguazú, mis pibes corrieron a la pileta del hotel porque no daban más, querían refrescarse. Se tiraron a la pileta, tocaron el agua y salieron despavoridos, el agua estaba más caliente que el aire. Nos dijo el recepcionista: si quieren refrescarse prueben dentro del freezer.
Pero nos dijo algo más, algo maravilloso: “Han llegado justo. Esta noche hay luna llena. Vamos a pasear por las Cataratas de noche. Así las conocimos, creo que fue una de las experiencias más hermosas que tuve en mi vida. Dicen los estudiosos que a las Cataratas las descubrió el conquistador Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un tipo que justificaba sus cuernos, y quien me merece algo de respeto. Pero eso de que descubrió las Cataratas suena a cuento de invasores: las Cataratas habían sido descubiertas por los nativos varios siglos antes, ellos armaron la leyenda y llamaron Agua Grande al río que las genera, o sea, en su lengua, Iguazú. Las Cataratas ya son una de las siete maravillas naturales de la humanidad. Algo realmente justo, un lugar incomparable donde la naturaleza te lleva por delante y uno se deja llevar.
Te digo, hermana, hermano. A veces, los argentinos preferimos los paisajes de otros países, desconociendo los nuestros. Nos maravillamoscon las Cataratas pero también son maravillosos los Valles Calchaquíes, la Quebrada de Humahuaca, las sierras de Córdoba, toda la extensión del Paraná, los palmerales de Entre Ríos, los saltos del Moconá, también en Misiones, y, si queremos lagos, el Nahuel Huapi, pero también el Mascardi y el Traful, el Correntoso y el Rivadavia o el Bolsón un poco más al sur, o el lago Buenos Aires o el lago Argentino o el Parque del Patay en Tierra del Fuego o el Glaciar Perito Moreno o tantos lugares de la costa atlántica. Y yo les agregaría un trigal encendido en Santa Fe, un campo de girasoles en las Sierras de la Ventana, un atardecer en Talampaya, un día entero –con noche incluida– en las misteriosas planicies de Ischigualasto o una incursión por El Impenetrable y los paisajes de nuestra provincia, desde el Aconcagua hasta el maravilloso mundo de la Payunia.
Qué país, hermana, hermano, qué país. Tanta oferta, tanta oferta, que dan ganas de decir lo que dice el niño en el cuento de Galeano cuando descubre el mar: “Papá, ayudame a mirar”. El mundo tiene siete maravillas, una es Argentina.
