Buenos días, a pesar de todo. Cuando yo era pequeño, allá cuando Gaboto descubrió la ciudad de Santa Fe, que había construido Gaboto, a mí me encantaban los túneles. Cuando el tren se metía en esa boca de montaña y aparecía la oscuridad, abrazándonos, yo tenía la sensación de que era de noche y había que ponerse el piyama.
A la mitad del túnel ya mi encanto había desaparecido y, en su lugar, crecía un miedo parecido a la claustrofobia y me decía, en voz baja, para que mis padres no escucharan: “¿Cuándo se terminará esta huevada?” Hasta que crecía una luz de adelante, que aumentaba en lúmenes con cada zangoloteo de la máquina de hierro y, de pronto, otra vez el cielo y el paisaje y las vaquitas argentinas, comiendo pasto a destajo.
El problema era que en Santa Fe no había túneles hasta que inauguraron el Túnel Hernandarias, que le escarba la panza al río Paraná y que es el único túnel subfluvial de América (salvo el que le hizo Maradona a Manolo del Río en la Copa América del 88). Mendoza tiene sus túneles.
El más importante es el que nos une a Chile y que se llama Cristo Redentor. Cuando ese túnel carretero no estaba habilitado, debíamos usar el del ferrocarril, que era como el tren fantasma, el auto se ladeaba para todos lados; los amortiguadores pedían socorro; adentro, los pasajeros se movían como en un lavarropas a paleta, y la oscuridad era tal y la escenografía tan macabra, que en cualquier momento esperabas encontrarte con Frankenstein en calzoncillos.
Un túnel que prometía era el que iba a unir Cacheuta con Potrerillos, dos pueblos vecinos, cercanos, pero desconectados, que tienen noción de que el otro existe pero no pueden llegar a él. Fue diseñado, calculado y programado durante el gobierno del Cleto y recién ahora se estaba construyendo. Se estaba, porque, de golpe y porrazo, el túnel se vino abajo, como prenda íntima de Silvina Luna en los viñedos.
Se desmoronó. Entonces, supimos que estaba mal calculado, que los que lo proyectaron pensaron que iban a hallar roca fuerte que le diera sustento pero se encontraron con una roca de morondanga, con menos firmeza que escalera de telgopor. Por lo tanto, el túnel tan necesario se transformó en un agujero lleno de escombros por donde no puede pasar ni un gusano con experiencia.
Nos quejamos de los malos cálculos de los políticos, de algunos empresarios, hablamos de mala praxis de los médicos, les echamos en cara su ineficiencia a los abogados, puteamos a los árbitros por su mala tarea ¿Qué tendríamos que decir de ingenieros y geólogos, ah? Porque, el mal trabajo –es un mal trabajo en definitiva– nos va a significar a los mendocinos la pérdida de millones y millones de pesos que bien podrían haberse destinado a sacar la mugre de los túneles de las acequias, en cada esquina, que son el terror de los pericotes.
Hablé con uno de ellos. Me dijo que si las acequias siguen llenas de basura, se van a trasladar a San Luis, donde los Rodríguez Saá han instrumentado el Plan Pericote, con dos raciones de queso gruyere por día. Habitantes de Cacheuta y habitantes de Potrerillos han de seguir aislados. Yo no sé por qué no llaman a los presos de Almafuerte, ellos son expertos en túneles.
