Buenos días, a pesar de todo. Me encanta que el folclore siga concitando la atención de nuestra gente, me emociona ver que muchos jóvenes se suman ahora, como Lisandro Bertín, como el Seba Garay, como Anabel Molina, como Paula Nedeer, como alguna vez, ya hace muchos años me sumé yo. Le cuento mi experiencia. Yo llegué a Mendoza cuando tenía 20 años. Sí, exactamente, cuando la tierra aún estaba caliente. Venía durmiendo en el viaje. Nunca había visto una montaña. El micro que me traía estacionó en San Martín, a la vera del camino y entonces me desperté. No podía creerlo, pedía uñas prestadas para pellizcarme porque no lo podía creer. Ahí, en el horizonte del oeste la cordillera me llenaba todo. ¡Dios mío! –dije. ¡Cuanta belleza! Necesito dos ojos más, al menos dos ojos más, para abarcar todo. Después supe que eso enorme con la cresta blanca se llamaba Cordón del Plata. Todavía me parece estar frente a mí mismo, mirándome con la boca abierta y el corazón desbocado. Ahí me di cuenta que había encontrado mi lugar en el mundo. Desde entonces, desde el inicio, en el umbral de mi nueva tierra, me hice el propósito de conocerla y cumplir con ella y conmigo. Y cada vez que nos conocíamos o nos reconocíamos un poco más, crecía mi admiración. Crecía y crecía como otra cordillera. Me enamoré de golpe, es cierto, pero renové mi amor todos los días. Yo tenía el privilegio de vivir en esta tierra donde el hombre le había puesto el pecho al desierto. El pecho y la espalda y los hombros y las manos y los sueños y las lágrimas. Yo tenía el privilegio de vivir en la tierra donde Francisco José había construido esa epopeya que devoraba admirado en mis primeros libros de historia. Yo tenía el privilegio de vivir en un pueblo que se jugó la vida por la libertad. ¡Mendoza! ¡Ja! ¡Pavadita de terruño te elegiste, loco! Me dije. Una noche, en estado de universo, tal vez pisándoles los abuelos al desierto, tal vez buscando a Dios entre los cerros, mientras me empachaba de estrellas, me regalaron mi primera tonada, con cogollo y todo, con vino y todo, con abrazo y todo. Y la música de Mendoza se me metió en la sangre, me hirió al revés, me hizo una transfusión de vida en tono y dominante. Después me animé a escribirle algunas canciones como para que ella se diera cuenta que yo también podía ser la tonada. Por eso me duele que nuestra música no trascienda, no estalle en festivales de otras provincias, no tenga el lugar que se merece en el canto de la argentinidad. No la conocen, hermano, no la conocen, o tal vez no la hemos hecho conocer como debiéramos. Vale el intento, Armando, Félix Dardo, Hilario, vale el intento y gracias por ello, pero debemos hacer más. Debemos extendernos un poco más allá de nosotros para mostrarles nuestro sentir. Algo tenemos que hacer con esta música que habita nuestros festivales para que no solamente los mendocinos sepamos que las tonadas son tonadas y se cantan como son, se cantan cuando hay motivo o lo pide el corazón.
Nuestro canto
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