Buenos días, a pesar de todo. El matrimonio es uno de los grandes inventos de la humanidad. No sé si a favor o en contra, pero uno de los grandes inventos. El primer matrimonio, no homologado, fue el de Adán y Eva, que comenzó cuando Adán se acercó a Eva y le dijo, sugestivamente: “¿Solita, mamá?”. Desde entonces, el matrimonio se fue perfeccionando hasta llegar a este presente en el que una pareja se junta por un tiempo a compartir los electrodomésticos. En la actualidad hay matrimonios legales, de hecho, de lecho, clandestinos, por conveniencia, duraderos y efímeros. Un ejemplo de este último es el matrimonio entre artistas, en el que dos personas deciden permanecer unidos por toda la temporada. Un matrimonio suele comenzar con una novia con vestido blanco y con zapatos blancos que terminan negros después de los pisotones del vals, un ramo revoleado que fue a caer en manos de la próxima novia (las estadísticas desmienten este mito) y una hilera de autos, siguiendo a los flamantes cónyuges mientras ejecutan con las bocinas el originalísimo y nunca bien ponderado: ¡Ta –ta – ta – Taaa – Ta! Y suele terminar con la misma pareja en dos divanes distintos, de dos psicólogos distintos, expresando los mismos conflictos: “Yo no sé qué nos pasó. Nos queremos pero no nos aguantamos”. Porque no es lo mismo el amor de los recién casados que el amor de los que ya llevan quince años de andar compartiendo ese colchón más hundido que el Titanic. Lo que en los primeros tiempos es: “Ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a tu boca…”, a los quince años es: “¿Cuándo te vas a operar esa verruga inmunda”. Cuando un matrimonio es un matrimonio con una centena de sueldos llorados a dúo, a cada uno de sus integrantes le basta con una mirada para saber qué le pasa al otro. Entonces, la mujer le sirve al fulano un té de boldo mientras le dice: ” Ya te vi. Tenés otra pateadura al hígado ¿Cierto?”. O él le pega una relojeada rápida a ella y comenta: ” Ya te vi la sonrisa. Olvidate, no nos alcanza”. El tipo se queja de que ella encuentra mal todo lo que él hace. Ella también se queja porque en los primeros tiempos, él sólo tenía ojos para ella y ahora los anda revoleando hacia cualquier lado, tratando de encontrar alguna asentadera ajena, cumpliendo con aquel refrán que dice: “Dime con quien sueñas y te diré con quién no te acuestas”. Una de las grandes desavenencias que suelte tener todo matrimonio son los hijos. Los pibes implican un problema, o varios. Cada integrante de esta sociedad de responsabilidad muy limitada quiere educarlos a su manera. Deberíamos dejar que los educaran los vecinos. Ellos siempre saben cómo educar a nuestros hijos. Otro de los grandes inconvenientes es el dinero: “¿Cómo que querés, plata?”, dice el tipo enculadamente. “¿Más plata? Si en enero te dí $5 pesos. ¿Qué hacés con la plata, te la comés?”, le reprocha a la doña. Porque lo que antes era “contigo pan y cebolla”, ahora se transforma en “Contigo pan o cebolla, elegí”. La plata suele ser un problema tanto si falta como si sobra. Hay muchas parejas que se juntan por el matrimonio y se separan por el patrimonio. Pero, a pesar de todo, siempre el día de hoy es un buen día para volver a enamorarse, que de eso se trata el matrimonio: volver a enamorarse todos los días de la misma persona. Saber jugar con la seducción y animarse a jugar al amor, que es el único deporte que no se suspende por mal tiempo ni por falta de luz.