Más allá de los dichos repudiables que hace ocho o nueve años publicaron actuales jugadores de Los Pumas en las redes sociales, hay que centrar el análisis en el valor que tienen estos medios para calificar a una persona por su pasado.
Es una experiencia social interesante.
Ayer hubo ánimos alterados porque Pablo Matera, capitán del seleccionado argentino de rugby, en su juventud, hizo comentarios xenófobos y antisemitas. Todo lo escrito en aquel momento fue pésimo y mostró la peor y la más violenta cara de un grupo acostumbrado a sentirse parte de una elite.
Ahora bien, si el pasado sirve para juzgar el presente, las redes sociales nos ponen en una encrucijada como país. De ser así, no hay manera de entender la voluntad popular de los argentinos expresada en las urnas. En especial, porque ningún representante de la clase política y dirigente está en condiciones de enfrentarse a sus propios fantasmas. Es un doble estándar constante. Una cara de la moneda para la versión gobierno, otra cuando es el turno de ser oposición.
No hace falta ir hasta la época en que los jugadores de rugby mostraban ese desprecio. En cuestión de meses, se podrá observar cómo personajes de la vida política nacional o provincial se odian, se insultan, se prometen venganza y se enamoran como si nunca hubiese pasado nada.
Nadie los cuestiona. Nadie indaga ni pone en duda sus valores o sus principios. Y, lo más alarmante es que los rugbiers en cuestión, con sus defectos, no toman decisiones que afectan a millones de personas. Los otros, sí.
