El coraje, el mérito, el sacrificio, la picardía, la improvisación, el fuego sagrado. La trampa, la noche, el descontrol, los amigos del campeón.
La gloria y Devoto.
Los vicios, sí. El machismo, sí. Los raptos de violencia, sí. Los abusos, también.
El video de “Live is life”, por supuesto. Valeria Lynch gritando “Me das cada día más” mientras Diego elonga, cómo olvidarlo. La corrida eterna frente a Inglaterra para hacer el gol más lindo de la historia de los mundiales, único.
Cómo repudiar al primero, si el segundo hizo llorar a un país de felicidad. Cómo, si llevó a un deporte que generaba pasiones al paroxismo radical, si es que eso existe.
En una villa nació. Un nene pobre. Un chico que no se cansó de relatar su pasado lleno de miserias. Que tenía un sueño. Jugar un mundial y ganarlo. Que lo consiguió. Que a pesar de los excesos nunca dejó de ser ese pibito de Fiorito. Que enfrentó a los poderosos. Que se desbocó. Que cometió pecados y pagó. Porque la pelota no se mancha.
Por ahí andará ese barrilete cósmico. Con doña Tota y don Diego. Porque sí. Porque Maradona se convirtió en un sinfín de frases hechas, paradójicamente, creadas por él. De ocurrencias. De descripciones insólitas. Ese fue. Te lo juro por la Dalma y la Gianinna.
No debió ser fácil ser el dueño del universo. Porque Diego lo fue. Nadie pudo decirle que no. No había límites para él. Los rompió todos. Hizo lo que quiso. Y lo que no quiso también. En definitiva, hizo lo que pudo.
Las nuevas generaciones, que crecieron de la mano de Lionel Messi y de la Playstation preguntan quién fue Maradona. Les provoca curiosidad un personaje con un aura especial; tan controvertido, con una energía que arrasa.
Se les podría decir que fue el mejor jugador de todos los tiempos. O, tal vez, que se murió un pedazo del mundo. Uno importante. El que trascendió fronteras. El que salvó vidas sin saberlo. El que jugó a los extremos, siempre. El que vistió las camisetas del bien y del mal. Adentro de la cancha, una. Afuera, a veces, la otra. Diego generaba esa contradicción. Era esa contradicción. Por eso, como nadie, vistió los colores de la Selección. Por eso, con él, murió la argentinidad.
