El crimen ocurrido en Palmares conmocionó por la cantidad de factores que se conjugaron para su impacto. La forma en que sucedió, la escena y la relación de la víctima con el ministro de Salud, Matías Roby.

Sin embargo, hay un solo hecho que debe ser tenido en cuenta en esta historia, y es la facilidad con que una persona violentó una medida judicial, desoyó la prohibición para acercarse a su ex mujer y la mató.

Hablar de violencia de género se convirtió en un tema un tanto recurrente, y, por lo tanto, muchas veces se soslaya cuál es el trasfondo de esta figura. Se trata de la agresión psíquica y física que sufren tanto mujeres como varones, y que muchas veces es aceptada como parte de la vida en pareja. Eso provoca un acostumbramiento que poco a poco va corriendo límites, hasta que, como sucedió en este caso, ya es demasiado tarde.

“No pudo soportar la separación”, comentaban quienes conocieron al asesino, que luego optó por suicidarse. Lo decían inocentemente como si fuese un argumento válido para tomar una  decisión tan drástica. Lo concreto es que en el medio había una patología, un nivel de violencia que iba más allá de una pelea de pareja. Porque las relaciones humanas son así: atraviesan momentos buenos, regulares y malos. 

Aun así, nada sirve para explicar un desenlace trágico. Para que esto no suceda es indispensable estar siempre alerta, saber leer conductas y comprender que no hay agresiones justificables, pero también es importante el rol que debe tener el Estado. No sólo basta con campañas y declamaciones, porque hay una diferencia importante entre lo que se ve en las propagandas y lo que ocurre cuando se hace una presentación judicial o policial. Tiene que haber un papel activo porque si alguien denuncia ser víctima de violencia, hay que articular medidas urgentes y hacerlas cumplir.