La artista Ayano Tsukimi de 64 años, vive en Nagoro, región de Shikoku, un pueblo fantasma de Japón con apenas 37 personas. Sus habitantes migraron a grandes urbes o murieron.

Hace más de 13 años, Tsukimi Ayano construyó su primer espantapájaros. Una vez que estuvo terminado, se dio cuenta que es parecía a su padre. Entonces hizo más. Y  más. Y más.

Incapaz de resignarse al olvido de su tierra y llenar el vacío que dejaron los que partieron, la anciana hace muñecos a tamaño natural que, a la distancia, parecen personas reales. 

 

Los muñecos están en todas partes, trabajando en el campo, pescando, descansando al aire libre, tomando una siesta o incluso en la escuela (que hace dos años cerró porque sólo tenía un profesor y dos alumnos).

La historia de esta singular artista ha trascendido las fronteras de Japón: “Cuando hago muñecos de gente muerta pienso en ellos como si estuvieran vivos y saludables”, dice. “Son como mis hijos”, agrega. Incluso tiene uno de ella misma.

 

Los cerca de 350 muñecos llaman la atención a numerosos visitantes que acuden al pueblo a tomarles fotos. Sin embargo, Ayano admite que no a todos les gustan, algunos les temen

Hoy, la pequeña aldea de Nagoro está repleta de espantapájaros, representando a quienes han fallecido. Extraños ojos de botón observan sin pausa al visitante desde casas, aulas de clase, establecimientos y otros lugares del pueblo.