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9 de noviembre de 2009
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HISTORIA DE LA MODA

Yves Saint-Laurent, el hombre que más quería a las mujeres

El diseñador reinó en vida y hoy, después de su muerte, su imperio continúa teniendo ganancias gracias a un nombre que sigue siendo sinónimo de calidad.

    A la gran fortuna que amasó a lo largo de su carrera se unieron los beneficios logrados con la venta de sus colecciones de arte en la que se denominó “la subasta del siglo”, gracias a la cual, el diseñador recaudó desde la tumba 350 millones de dólares (408.020.517 euros) durante el 2009, según la lista publicada por la revista Forbes. Su irrefrenable pasión por el arte y un ojo inmejorable para comprar bien y descubrir nuevos talentos, le llevaron a crear, junto con Pierre Bergé, su compañero durante cincuenta años en lo personal y en lo profesional, una de las colecciones privadas más importantes del mundo, que quedó dispersa en sólo tres días de subastas en los que se alcanzaron varios récords de ventas.
    Como en sus desfiles, antes de iniciarse las sesiones en el Grand Palais de París, la voz de la soprano griega María Callas con su legendaria interpretación de la Casta Diva llegó a los numerosos asistentes que, en directo, unos 1.200 compradores, o por teléfono, a través de las cien líneas habilitadas, pujaron por obras de Henri Matisse, 35 millones de euros; de Constantin Brancusi, 26 millones de euros, o de Piet Mondrian, Giorgio de Chirico, Cézanne, Toulouse- Lautrec, Klimt, Munch, Braque, Gris, Théodore Géricault y Jean- Auguste Ingres.
     El respeto y la adoración de algunos por el modisto francés quedó reflejada cuando, en un religioso silencio, dos coleccionistas pujaron por quedarse con Belle Haleine-Eau de voilette, un frasco de perfume de 16 centímetros de altura creado en 1921 por Marcel Duchamp, con la colaboración de Man Ray. Fruto de una colaboración entre dos artistas que pretendieron provocar haciendo arte de un simple frasco de perfume, con su contenido ya evaporado y por el que se pagaron 7,9 millones de euros. Y es que Yves Saint-Laurent fue mucho más que un príncipe de la alta costura o un destacado coleccionista. Fue un hombre que amó a las mujeres y, por ello, las transformó y les dio poder a través de sus creaciones.
 FABRICANTE DE FELICIDAD. Artista genial y frágil, él mismo se definía como “artesano fabricante de felicidad”. Contrario a la tiranía de las tendencias bianuales que ponen a las mujeres en el peligro de perder su naturaleza, su estilo y su elegancia natural, creó prendas para la eternidad. Con su talento apostó por la cazadora negra (1960), el esmoquin (1962) y la sahariana (1969), tres clásicos ya eternos que él colocó por primera vez sobre la silueta femenina, que en los 80 y 90 fue el primero en desvestir, en modelos de gala, con escotes de vértigo o transparentes, con el pecho al descubierto o con osadas aperturas laterales que comenzaban a veces ya en la cintura. Gran artista del color, capaz de reunir en un solo modelo tonos en otras manos imposibles, Yves Saint-Laurent dio también a la mujer el traje pantalón, las bermudas y la trenca, llevado por su interés en convertir en femenino lo masculino.
    En su opinión, “el más bello vestido que puede lucir una mujer son los brazos del hombre que ama”, y “cuando no tienen la suerte de encontrar esta felicidad, estoy yo”. Creía que “cuando uno se siente bien en un vestido, todo puede ocurrir”, pues “un buen vestido es un pasaporte para la felicidad”. De timidez e hipersensibilidad casi enfermiza, Yves Saint-Laurent conoció muy pronto la gloria internacional. Amante de lo exótico, de África, continente donde nació, el 1 de agosto de 1936 en Orán (Argelia), Saint-Laurent dejó traslucir en sus creaciones su amor por el arte, al que dedicó colecciones enteras, inspiradas en Mondrian, Picasso, Braque o Andy Warhol. La gran historia de amor de Yves Saint-Laurent con la costura surgió ya en su infancia, cuando dibujaba vestidos para las muñecas de sus hermanas. Ya a los 17 años ganó un concurso de diseño con el dibujo de un traje de cóctel negro.
    En 1954, en París, comenzó a trabajar en la firma de Christian Dior y, a la muerte de este, en 1957, Saint- Laurent le sucedió y presentó un año más tarde su primera colección en solitario, que fue un éxito. En 1957, conoció a Pierre Bergé, que sería su amante, amigo y socio en sus negocios. Con él abrió su propia firma y, en 1962, presentó su primera colección bajo el nombre de Yves Saint-Laurent. Ese mismo año lanzó el chaquetón marinero. A partir de entonces, el maestro fue incorporando elementos “liberadores” de la mujer, como el esmoquin para la alta costura , el pantalón como prenda femenina de fiesta, la blusa de tul transparente con la que hizo su aportación a la revolución sexual, los bucaneros, las bermudas, el blazer y la espalda al aire y, posteriormente, las tendencias orientales y folclóricas.
    Además de la alta costura, su casa de modas incorporó el “prêt à porter”, los complementos bajo licencia, entró en el mercado de cosméticos con varios perfumes como Y, Rive Gauche y Opium, y lanzó su colección de ropa masculina. Después de cerrar durante dos años las puertas de su firma, tras el fracaso de la colección que presentó en 1971, reapareció en las pasarelas de la alta costura conunas creaciones que merecieron que fuera nombrado Rey de la Moda por la revista Time.
     Yves Saint-Laurent también fue el primer modisto que entró como artista en un museo en 1983, en la exposición que le dedicó el Metropolitan Museum de Nueva York, y dos años después, en el Museo de Bellas Artes de Pekín. En 1986, el Museo de la Moda de París, enclavado en el Louvre, presentó una retrospectiva del modisto que entonces contaba ya con más de diez mil personas trabajando para él en 200 países y unos ingresos anuales de 3.000 millones de francos. La suya era la única firma de modas francesa que cotizaba en Bolsa.
    Tras diversas compras y fusiones, en 1998, LVMH adquirió la marca Yves Saint-Laurent, y un año después, la italiana Gucci compró el Grupo Sanofi Beauté, propietario de YSL. Su estado de salud y las difíciles relaciones con los nuevos propietarios de la empresa, llevaron a Saint- Laurent a tomar la decisión de retirarse y lo hizo con un desfile monumental de sus mejores creaciones, organizado en el Centro Pompidou. Tras dejar el mundo de la moda, Saint-Laurent fue “muy desgraciado”, no volvió a tocar un lápiz de diseño y no desarrolló ninguna “nueva pasión”, comentaba Pierre Bergé, días después de la muerte del artista.
UN CONCEPTO DE VESTIR INTEMPORAL. Durante décadas, la alta costura de Yves Saint-Laurent triunfó en los salones del histórico Salón Imperial del otrora Hotel Intercontinental (hoy Hotel Westin). Allí, sus modelos desfilaron siempre en su doble recorrido de ida y vuelta con una lentitud hoy perdida, con cada modelo numerado y anunciado sobre el podium, y con María Callas presente en el acompañamiento musical. Bajo su premisa de que la moda siempre “pasa”, en detrimento del estilo que él consideraba “eterno”, llevó sus creencias a unos desfiles en los que, en cierta manera, presentaba la misma y eterna colección, algo particularmente notorio en sus últimos años al frente de la casa de costura. En cada desfile, los mismos valores que le han convertido en un mito.
    “Quería que todo el mundo comprendiese que mi concepto del vestir es intemporal y tardé veinte años en probarlo”, escribió en 1982 el propio Saint-Laurent, quien creía que “sin elegancia de corazón no hay elegancia”. Con discreción luchó durante un año contra un tumor cerebral y en la noche del 1 de junio del 2008 falleció. De acuerdo con sus deseos, sus cenizas fueron esparcidas entre bambúes y fuentes, en su “oasis” marroquí, el Jardín Majorelle en Marraquech, que adquirió en 1980 junto a su compañero Pierre Bergé. Una estela situada en la parte pública del jardín, que recibe unos 650.000 visitantes al año, recuerda a este ícono de la alta costura, que, con sus elegantes y, en ocasiones, atrevidas creaciones, mostró su amor por las mujeres, a las que ayudó a estar elegantes, cómodas y bellas.

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