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26 de noviembre de 2020
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Opinión

Y un día, Dios dijo basta

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Diego Maradona fue Único. Irrepetible. Contradictorio. Soberbio. Prepotente. Superhéroe. Un fuera de serie. Inigualable. El más grande.

Quienes andamos por los cincuenta, un poco más o un poco menos, somos conscientes de haber vivido los mejores tiempos de la Argentina contemporánea. De alguna u otra forma fuimos parte de la recuperación de la democracia, del despertar hacia la libertad, de la primavera alfonsinista y de un momento, en los 80, en los que creímos que podríamos convertirnos en potencia como país y protagonistas de un renacer que lo percibíamos eterno, de un nunca más para siempre y de que, ¡al fin!, habíamos alcanzado el instante en que imaginamos que no volveríamos a pasar por aquellos tiempos tan oscuros que habíamos dejado atrás.

1986 fue el año del júbilo y del éxtasis para aquellas generaciones, las nacidas en los 60 y 70, particularmente. Se soñaba con la Argentina hecha república en un sentido amplio, ciudadana, tolerante, pluralista y con el deseo de incorporarse al mundo de forma definitiva y ser parte de la historia. La época del Nunca Más impulsaba –como un combustible superpoderoso–, al pueblo de un país que tenía la necesidad imperiosa y la obligación de salir de sus noches más oscuras.

Claro que, como retazos de una historia repetida y lastimosamente cíclica, sobrevendrían más tarde las conocidas tormentas económicas, financieras, las leyes de Punto Final, la desazón, la angustia y todo lo que ya se conoce.

En 1986, Diego Maradona convertiría los dos goles más espectaculares de toda la historia de los mundiales, el de la mano de Dios y aquel inigualable que arrancaría en la mitad de la cancha con el ya célebre y famoso “ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial…”, de Víctor Hugo Morales, y que se terminaría coronando con el Barrilete Cósmico.

Los relatos del futuro dirán que el miércoles 25 de noviembre del 2020, minutos después del mediodía en la Argentina, cuando se conoció la muerte del más grande futbolista de todos los tiempos que haya pisado cualquier cancha del mundo mundial, el planeta se detendría por un instante, hasta recuperar el aire, salir del sopor y de la conmoción y tomar dimensión de una noticia que literalmente estremeció a todos.

El periodista Andrés Burgo escribiría para El País de España una de las crónicas más sentidas y descriptivas del día: “Maradona excedió la condición de futbolista: fue un número 10 hecho país, una reivindicación popular en pantalones cortos, el milagro posible para una porción del mundo en la que el viento sopla en contra”, se lee en la versión digital del diario.

“Una porción del mundo en la que el viento sopla en contra”, dice Burgo. Nunca más acertado y preciso. Claro que la cita puede dar lugar a buscarle la explicación a lo que parece ser una de las tantas formas y maneras de victimizarnos que tenemos en la Argentina. Pero si lográramos y pudiéramos permitirnos por un instante, siquiera, evitar enrollarnos en esa discusión que tiene mucho o todo de grieta, también de superficialidades y teatralizaciones, y repasar sólo lo que dejó Maradona desde el fútbol sumado a las alegrías colectivas que nos regaló sin proponérselo y que todavía hoy se festejan, insuperables, desde ya, que toman un valor inconmensurable y único, en esa porción del mundo en la que el viento sopla en contra.

Los hijos y las hijas de quienes vivieron en el mismo tiempo en que Maradona obnubilaba las canchas con su presencia, con sus lujos, sus goles, sus asistencias, sus maravillas; nuestros hijos, suelen destacar la suerte que tuvimos y que tuvieron quienes disfrutaron con sus maravillas. Y más cuando se destaca, entre otras cosas, lo grande que resultó ser aquel jugador que casi en soledad condujo a todo un equipo a ganar un Mundial, que lo ganó solito y solo, que jugó partidos lesionado y que nunca arrugó. No es una exageración decir eso y ratificarlo, con el consabido respeto, por supuesto, del resto de los campeones del 86. Tan es así que, ayer mismo, una de las cuentas de Twitter más seguidas en cuanto a temas de fútbol y básquet, archifamosa por sus estadísticas, la del español MísterChip, destaca y repasa los 14 goles que Argentina logró convertir en el Mundial de México 86.

Esa revisión nos transporta a un mundo de ensueño, pero que fue estrictamente real: ante Corea, la Selección ganó 3 a 1 con las tres asistencias de Diego; ante Italia convirtió el gol del 1 a 1; ante Bulgaria hizo la asistencia de uno de los dos goles del triunfo; luego llega Uruguay y Argentina gana 1 a 0; después vienen los inolvidables dos goles ante los ingleses, el de la Mano de Dios y el gol más fantástico de todos los tiempos, el del Barrilete Cósmico; luego el triunfo ante Bélgica con los otros dos goles de Diego y, finalmente, la final ante Alemania, aquel 3 a 2 glorioso con su recordada asistencia del gol del triunfo.

Diego, así de simple fue. Único. Irrepetible. Contradictorio. Soberbio. Prepotente. Superhéroe. Un fuera de serie. Inigualable. El mejor de todos los conocidos dentro de una cancha. El más grande.

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