Se sumaron dos nuevos casos de coronavirus en Mendoza
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26 de agosto de 2006
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ENTREVISTA

?Vivo cada día como si fuera el último?

Rosana Mateos es una mujer transplantada que narra su experiencia y sus proyectos.

    Apostar a la vida con valentía y coraje es lo que define a Rosana Mateos, la protagonista de esta historia quien, con amor y entrega, enfrentó cada una de las barreras que la vida le impuso en su camino. Oriunda de San Rafael, con sólo 17 años decidió trasladarse a la capital de Mendoza para concretar su ansiado sueño: ser profesora de educación física. “Al llegar a Mendoza comencé a estudiar esta profesión. Pero al poco tiempo ingresé como voluntaria de un programa de hogares abiertos para chicos de la calle, dependiente de la Dirección del Menor.
 
    Al compartir historias tan duras, empecé a cuestionarme por qué yo tenía todo y otros nada. Sin darme cuenta,me convertí en una chica de la calle, dejé mis estudios, deportes y hasta mis seres queridos”, expresó la sanrafaelina en una charla con Protagonistas. Pasó el tiempo y esta jovencita de noble corazón retomó su carrera, logró recibirse y, a los 25 años, contrajo matrimonio con Gonzalo Jardel, también profesor de educación física, que se convirtió en el hombre que le colmaría la vida de felicidad.

    “De mutuo acuerdo decidimos no tener hijos hasta después de dos años de casados, a fin de consolidarnos económicamente. Pero ese deseo no fue posible, ya que al mes de casarnos nos enteramos de que dentro de unos meses llegaría a nuestras vidas un ser que nos permitiría conocer la noble tarea de ser padres”, expresó muy orgullosa. Luego de nueve meses, Rosana dio a luz a una bella niña, Priscila. “Su nacimiento me generó una enorme alegría, fue una bendición que el Señor nos había encomendado y, desde entonces, la cuidamos y la amamos con el amor que sólo quien es padre entiende”, refirió la profesora.

    Una vez recuperada del parto, decidió retomar sus ejercicios y sus clases. Sin embargo, comenzó a notar que sentía mucha fatiga al hacerlo y que su rendimiento no era el mismo, por lo que consultó con un especialista acerca de su estado. Entonces, cuando Priscila todavía no llegaba a su año de vida, las personas que atendieron a Rosana sólo le contestaron que la fatiga era normal ya que aún estaba dando de mamar a la pequeña.

    Sin embargo, la profesora no se conformó con esa respuesta y decidió hacerse unos análisis de rutina. Así fue como el 17 de diciembre de 1996 le diagnosticaron leucemia mieloide crónica, enfermedad con la cual había atravesado todo el embarazo sin tener conocimiento alguno de ello. “La noticia fue muy dura. Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue mi hija, aunque el médico hematólogo que me atendió me dio la tranquilidad de que no era una enfermedad congénita ni hereditaria.

    También me informó que llevando una buena calidad de vida tenía chances para vivir de dos a tres años, aunque la solución más concreta era un transplante de médula ósea, cuyo valor oscilaba los 80.000 dólares, y las probabilidades de tener un hermano compatible eran de 30 por ciento”, comentó. Al recibir la noticia, Rosana se encontraba junto a su esposo, y si bien fue un momento duro, ambos sólo pensaron en el destino de esa gordita que aguardaba en su casa al cuidado de su abuela paterna, Sara.

UNA LARGA LUCHA. Si bien las posibilidades de vida eran mínimas y el dinero parecía una meta imposible de alcanzar, esta luchadora nunca se dio por vencida, tomó fuerzas, y afrontó la vida con mucha valentía. “Apenas diagnosticada la enfermedad, tuve que dejar de amamantar a mi hija y comenzar con la medicación, que cada noche me la inyectaba yo misma. No puedo decir que la pasaba muy bien, pero cada mañana me levantaba y me iba a trabajar a una colonia de verano, ya que sentía la necesidad de seguir con mi vida de un modo normal”, manifestó.

    Los miedos, la desesperanza y un futuro incierto se fueron transformando en el escenario de su vida, hasta que una noticia cambiaría dicha realidad. Jorge, su hermano mayor, resultó compatible en 99.8 por ciento, y se convirtió en la primera lucecita de esperanza para esta mujer. “El problema a solucionar era el económico, ya que no teníamos los medios para realizar el transplante. Sin embargo, mis amistades, familiares y conocidos hicieron de ese problema una solución: organizaron rifas, sorteos, bailes, todo para recaudar el dinero que necesitaba.

    Así juntaron 10.000 dólares, y el Gobierno provincial y nacional se encargaron del resto”, comentó muy agradecida, y añadió:“En ese instante tomé conciencia de que a mi lado existía mucha gente que velaba por mi recuperación, personas a la que creía olvidadas y que siempre estuvieron. A ellos les debo mi vida, a todos los que me dieron fuerzas y ánimo y, en especial, a mi familia: mi esposo, mi hija, mis padres Julio e Irene, hermanos Jorge y Graciela y mi suegra Sara”.

MOMENTO CRUCIAL. Con el donante apto y el dinero en mano, Rosana y su esposo viajaron a Buenos Aires para tener su primera consulta con los médicos que llevarían adelante la operación.“Desde el primer instante me dijeron que los riesgos eran altos, y que cuando estuviera preparada y decidida para el transplante se los comunicara, a lo que les conteste ‘ayer’. Al principio no entendieron, después me dijeron que los del interior creíamos que éramos los únicos enfermos, que tenía turno para diciembre”, relató indignada, y agregó: “Estábamos en el mes de setiembre, así que pensé:‘Es ahora o me voy a otro hospital’, y regresé a Mendoza rabiando.

    Realmente no sé cuál de todos los petitorios que hicieron amigos y familiares llegó a alguien con poder pero, en un par de semanas, llamaron a casa para darme mi turno, que sería el 13 de octubre de 1997”. Antes de concretar la intervención, la mujer optó por disfrutar de todo aquello que aún no había podido realizar. Compartió mucho tiempo junto a su hijita, su esposo y sus familiares.Amante del deporte, jugó varios torneos de sóftbol y hasta se dio el lujo de esquiar, por primera vez, ya que no sabía si volvía de Buenos Aires con vida.

    “Disfruté mucho de mi vida, hice lo que quise y cada momento lo viví como si fuera el último. Fue raro porque todos se preocupaban por mí y lloraban, y yo, en cambio, quise aprovechar esos instantes para ser feliz”, expresó emocionada. El tiempo de disfrute llegó a su fin e hizo frente a su realidad: tuvo que atravesar duros momentos como la quimioterapia, el transplante y la recuperación. Pero, por suerte, todo salió con éxito. Pronto, esta mujer de enorme corazón se reencontró con sus seres amados.“Estuve dos meses en Buenos Aires, hubo ocasiones en las que sentía que ya no tenía más fuerzas, pero en cada uno de esos ataques recordaba una frase que me dijo un amigo: “No bajes, ni cruces los brazos, que el hombre más grande entre los hombres murió con ellos abiertos”, comentó.

VOLVER A EMPEZAR. Una vez de regreso a Mendoza, Rosana se enfrentó con una dura realidad: tener que insertarse en su medio laboral.“No me daban trabajo en ningún lado hasta que, a los seis meses de estar en la provincia, llegó un militar a casa, me contó que tenía dos transplantes renales, y me comentó sobre unos Juegos argentinos y latinoamericanos para deportistas transplantados que se realizarían en Buenos Aires”, refirió.

    “Al estar sin empleo y con muchas ganas de reinsertarme –agregó– me inscribí en cinco pruebas, que es el máximo que se permite, y gané oro en natación, atletismo y tenis de mesa. Fue una experiencia impresionante compartir con gente que estaba viviendo su segunda oportunidad de vida, que tenía historias similares a la mía, en muchos casos, más traumáticas”. Tras las calificaciones y tiempos alcanzados, Rosana resultó becada para representar a nuestro país en el mundial que se hizo en 1999, en Hungría.“Viajé con una delegación de 23 personas y obtuve dos medallas de bronce y dos de oro en atletismo y tenis de mesa.

    Al año siguiente, participé de los juegos argentinos y, en el 2001, viajé al Mundial de Japón, donde fui elegida abanderada de la delegación”, dijo feliz. “Uno se sorprende cuando va a un mundial y se entera de que su último rival ha fallecido. Pero, como suelo decir, ya estamos viviendo gratis y disfruto de la vida a pleno. Antes vivía para el trabajo, ahora trabajo para vivir, esa es mi meta. Disfruto del crecimiento de mi hija y me siento orgullosa por su entereza y su notable madurez.

    Me considero una mujer muy feliz: no puedo pedir más nada”, recalcó con lágrimas en los ojos. Y ante tantas pruebas que la vida y el destino le puso en su camino, hoy queda más que claro por qué se convierte en nuestra gran protagonista. Su vida se transforma en un verdadero ejemplo digno de destacar y admirar. Con esta historia, una vez más, queda demostrado que con esfuerzo se pueden conseguir metas aparentemente inalcanzables.

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