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11 de noviembre de 2009
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GATRONOMIA Y TURISMO

Viaje de los sentidos por el noreste de Brasil

Los colores, olores y sabores de ese extremo del país sudamericano se funden todas las semanas en una feria en Río de Janeiro que brinda al visitante la oportunidad de viajar por las tradiciones de esa región tan árida pero tan rica en arte y cultura.

    La Feria de San Cristóbal, así llama- tradiciones de esa región tan árida pero tan rica en arte y cultura. da por el barrio carioca en el que está asentada desde 1945, forma parte del Centro Luiz Gonzaga de Tradiciones Norestinas y funciona en un recinto descubierto en el que operan cerca de 700 pequeños comercios y restaurantes típicos de esa región, que abarca nueve estados, 18,3% del territorio nacional. El noreste de Brasil está formado por los estados de Alagoas, Bahía, Ceará, Maranhao, Paraíba, Pernambuco, Piauí, Río Grande do Norte y Sergipe y se caracteriza por ser una de las zonas más deprimidas del país. Se convirtió en el siglo XX en una tierra de emigrantes que buscaban una mejor vida en los prósperos estados del sudeste, como San Pablo y Río de Janeiro.
    Esos emigrantes que llegaban a las grandes urbes del sureste apiñados en camiones para trabajar en la construcción civil fueron los que dieron origen a la feria, al hacer de una explanada en San Cristóbal un lugar de encuentro con los coterráneos, parientes y amigos recién llegados del noreste. Recorrer los callejones de la feria que llevan los nombres de los estados norestinos es como salir de la gran ciudad y adentrarse en un pueblo cualquiera del interior de Brasil, con un comercio bullicioso en el que los vendedores ofrecen toda suerte de productos al son del forrú, un ritmo típico de la región, que sale de las tiendas de discos e inunda todos los rincones del recinto. En las barracas se pueden comprar desde víveres hasta juguetes, pasando por lencería, artesanías, música y la “literatura de cordel”, unas recopilaciones de versos populares que se exhiben para la venta colgados en cuerdas, de ahí su nombre.
LITERATURA DE CORDEL. Uno de los exponentes de la literatura de cordel es Fernando Macambira, un hombre de mediana estatura y unos 50 años, cabello y barba pintados de blanco, que recorre la feria vestido con traje y corbata de colores vivos para ofrecer los folletos escritos por él y su esposa, Queridinha, en los que relatan desde historias de amor hasta aventuras. A tono con la actualidad, recientemente lanzaron uno titulado La pasión que nos une, sobre la elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos del 2016.
    “La literatura es una cosa que es hecha en verso, obedeciendo a la métrica y la rima, es una cosa de la cultura popular, principalmente norestina”, dice Macambira a Efe. En el centro de la feria, en un quiosco adornado con banderines de colores, el visitante le depara una escena curiosa: frente a un televisor, muchas personas, familias enteras, pasan la tarde viendo programas grabados, principalmente musicales o humorísticos, ajenos a todo el bullicio que hay a su alrededor.
     La feria funciona de martes a jueves de las 10 a las 18 y de manera ininterrumpida entre la mañana del viernes y las 22 del domingo, para atender a un enorme flujo de visitantes que, según la administración del recinto, llega a 250.000 personas al mes. La entrada cuesta un real (57 centavos de dólar), un valor simbólico que es recaudado por el Centro de Tradiciones Norestinas.
    En dos laterales del recinto hay sendas tarimas en las que durante los fines de semana se presentan bandas de forrú formadas por tres instrumentos, acordeón, tambor y triángulo, de los que salen melodías que invitan a los presentes a bailar ese ritmo en el que las parejas, de tan juntas, parecen fundirse en una sola persona con movimientos sensuales. Uno de los artistas emblemáticos de la feria es Zé da Onáa, compositor, cantante e intérprete del acordeón, quien desde 1964 se presenta ininterrumpidamente los fines de semana con su grupo musical, lo que le ha hecho merecedor de una placa con un homenaje instalada en la entrada del recinto. Zé da Onáa, de 76 años, nació en Garanhuns, la misma ciudad del estado de Pernambuco de donde es originario el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva.
    A la hora de comer, opciones no faltan, pues en todas partes hay vendedores de pollo, carne y salchichas asadas, y restaurantes más formales en los que se pueden degustar pantagruélicas porciones a precios razonables. Restaurantes como Conexao Mandacará, Barraca Casa de Palha y Barraca da Chiquita son algunos de los muchos que ofrecen platos típicos de la culinaria del noreste, basada en la carne de sol (salada y secada al sol), el frijol y la yuca. Entre los más solicitados en los puestos de comida de la feria están platos de nombres tan singulares como buchada de cabrito, vaca atolada, galinha caipira, rabada con agriao, mocotú con batata y feijao da corda, todos ellos en generosas porciones de tamaño familiar y aderezados con la imprescindible manteiga de garrafa (mantequilla derretida envasada en una botella), que le da un sabor especial a las preparaciones.
    En la decoración de los restaurantes predominan las artesanías de la región y conviven en un mismo local grandes muñecos típicos de las fiestas populares, imágenes de santos adornados con cintas de colores y figuras de cangaceiros (maleantes que acechaban en los caminos del noreste entre los siglos XIX y XX y cuyas historias y leyendas terminaron incorporadas al folclore). En algunos restaurantes se exhiben, además, esculturas del compositor Luiz Gonzaga con su inseparable acordeón. Gonzaga (1912-1989) compuso en 1947, junto a Humberto Teixeira, la canción Asa branca, que se convirtió en todo un símbolo de la música del noreste, tanto por el ritmo como por la letra, que narra el drama de la recurrente sequía en esa región, un fenómeno tan intenso que obliga a la gente a emigrar de sus campos y causa hasta la huida de las aves.
    Para acompañar las delicias de la gastronomía norestina, nada mejor que una cerveza bien helada o una buena caipirinha, el cóctel típico brasileño elaborado con cachaza (aguardiente de caña), azúcar y limón, pero que también se puede preparar con muchas de las frutas tropicales de Brasil.

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