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21 de septiembre de 2006
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Vamos que venimos otra vez

Cobos vuelve a mostrar señales de ser el que era y el que dejó de ser. Vuelve con promesas, aunque, en realidad, son deudas que ha dejado su gestión. Sabe que la insatisfacción de la gente por la inseguridad o la salud puede entorpecer su objetivo final: dejar la gobernación en un hombre de su confianza y demoler a Iglesias

    Julio Cobos se ha dado cuenta que debe corregir algo en el rumbo que lo lleva hacia el final de su mandato en el 2007. Ese final no sólo coincide con la elección general, sino también con uno de los desafíos personales más trascendentes que su meteórica carrera política le ha preparado: su candidato debe ganar las elecciones y, además, ese triunfo debe servir para aplastar a su adversario más enconado de todos los que haya tenido: Roberto Iglesias, su mentor.

    Ese algo que Cobos debe corregir, que todo indica que lo ha advertido, tiene que ver más que nada con gestos y con volver a la fuente, a esa imagen de hace tres años, cuando recorría la provincia en plena campaña electoral, mezclándose entre los de abajo como uno más y prometiendo sentido común para resolver los problemas. Así ganó las elecciones.Pero el poder lo ha trastocado, le varió el eje y el Cobos de hoy tiene muy poco de aquel que se ganó la confianza del vecino hecho y derecho, el que lo había visto como uno de los suyos encaramado en el sillón más honorable.

    Hoy ha vuelto a levantar algunas banderas del pasado, que no son otra cosa que deudas incumplidas. Ha vuelto con viejas reivindicaciones y también con nuevas promesas. En el balance, Cobos ha fallado en la gestión. Su gobierno se recostó demasiado en la buena estrella del líder, pero no alcanzó. Se subestimó la dimensión del mal o la de todos aquellos frentes que debía atacar la administración de gobierno luego de la crisis del 2001-2002.

    La reforma educativa quedó a mitad de camino, aunque es justo admitir que las idas y vueltas de la Nación confundieron el norte del lineamiento general que se había planteado Mendoza luego de aquella ley del 2002. Pese a todo, el área comandada por Emma Cunnietti ha sido una de las que ha salvado la ropa, en especial por aquella iniciativa de los exámenes globales o por los esfuerzos para sumar y garantizar días de clase.

    En salud, es evidente que los problemas salariales y el enfrentamiento con los sindicatos en la primera mitad de su gobierno desenfocaron el objetivo. Un tercio de los mendocinos todavía se siente insatisfecha con la prestación de la salud pública: en concreto, la siente distante y envuelta en una maraña burocrática de muy compleja resolución. Algo de eso ha visto el gobernador al volver –lo hizo esta semana– con aquellas promesas de levantar más centros de salud y ordenar mejoras en la atención, puntualizando en las demoras, en las colas, en las esperas más que irrespetuosas.

    La gestión, la marcha diaria del funcionamiento del Estado y el grado de satisfacción no dan pie con bola. Por más que chillen los amanuenses del gobernador y el propio Cobos en privado, el grado de malestar por la inseguridad supera los niveles normales. La inseguridad no es un problema generado por la sensación de una sociedad iletrada a la que hay que guiar para que no cometa errores.

    No es un invento tampoco de los caprichosos y molestos medios de comunicación. Los más de 60 o 70 delitos de toda laya, sólo en el área céntrica, dan cuenta de lo que ocurre realmente. La salida de la política de Estado, la caprichosa permanencia de personajes no idóneos en esa área sólo por una cuestión de una irresponsable interna o el nombramiento de amigos del gobernador al frente del ministerio más caliente sólo provocaron pérdidas de tiempo. Se gasta más de lo que se tiene y los resultados están a la vista.

CONTRA EL ORIGEN DE TODOS LOS MALES. En lo político, todo parece sonreírle al gobernador. Prácticamente ha terminado con la resistencia de su adversario en la interna, aunque Iglesias continúa vivo. Y su objetivo es demolerlo. Pero entiende que se lo demuele, en término políticos, con el apoyo contundente y abrumador de la ciudadanía.No alcanza con una interna. De ahí el volver a los métodos originales que se evidencia en Cobos, aunque con cierta timidez, hay que decirlo. Cobos es el único que claramente rechaza un acuerdo con el iglesismo.

    A sus más cercanos les ha dicho que ni siquiera el sometimiento de todas las fuerzas del ex gobernador a su estrategia o política cambiará su idea. Este es el momento, piensa, de terminar con cualquier atisbo de resistencia. Cree que un acuerdo, como no descartan algunos de sus generales como César Biffi, por ejemplo, será interpretado no sólo como una señal de debilidad y falta de carácter, sino también como una estafa hacia todos los que lo han seguido.

    Esa situación también ha sido leída por el iglesismo que, a mediados de semana, consiguió los elementos objetivos que le faltaban para encaminarse hacia el pedido de intervención del distrito. Luego de que el comité, con amplia presencia cobista, rechazara una vez más el mandato de la convención partidaria de adoptar un perfil opositor a Néstor Kirchner, se ha vuelto a disparar el mecanismo de intervención.

    “En los 90 no estábamos de acuerdo con el Pacto de Olivos, pero acatamos la decisión mayoritaria de la convención que decía lo contrario.Acá no sólo se rechaza lo que ordenó la convención, sino que también se hace lo contrario”, ha dicho Armando Camerucci, el iglesista presidente del comité. En el entorno del ex gobernador se habla de que sólo es cuestión de tiempo ordenar la intervención, la que se podría dar en los próximos 60 o 90 días.
 
    El iglesismo, ya sin retorno y con pocas posibilidades de imponerse en una interna, tomaría por la fuerza (ordenando la intervención, claro) el comité y designaría a Iglesias como candidato para el 2007. Esa estrategia, según sueñan los anticobistas, le permitiría mantener el sello y los emblemas partidarios y mostraría a Cobos y a sus seguidores representando cualquier otra cosa menos al radicalismo. Los boletos con acceso a las mejores ubicaciones para el enfrentamiento ya salieron a la venta.

IDENTIDAD PERDIDA. Está visto que el pulso político en Mendoza lo marca el radicalismo y su interna, Cobos e Iglesias, radicales K versus radicales puros o como se los quiera llamar. Para el resto, muy poco. Sin embargo, la oposición intenta aprovechar las hendijas que deja esta pelea radical. En el PD, por ejemplo, se ve la crisis de seguridad como maná caído del cielo, lo que les permite salir a ventilar otra vez un plan de seguridad con mucho olor a intolerancia o tolerancia cero, como más guste. Y en el confundido PJ, todo lo que se hace allí está condicionado a los movimientos de la dupla Cobos-Kirchner.

    Pero ellos siguen con su estrategia de mostrarse independientes del radicalismo cobista y hasta de la concertación. Celso Jaque busca lanzarse a candidato, pero no encuentra plafón. Digamos que todos dicen que es el candidato, pero tienen muchas dificultades para organizar un acto o un actito para formalizarlo. Ni siquiera Aníbal Fernández, el ministro del Interior de Kirchner, se ha prestado para ese fin, porque cuando lo invitaron a un acto y se enteró del objetivo mandó a decir que no podía llegar. En conclusión, el papel de la dirigencia política mendocina en general, oficialistas, medio oficialistas, opositores, medio opositores, es poco feliz. Lo menos ofensivo que se puede decir de ella es que su identidad hoy está en duda, como su independencia.

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