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11 de enero de 2019
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Abusos en el Monasterio de Tupungato

Uno de los monjes acusados de abuso escribió otra carta desde la cárcel

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El padre Diego de Jesús Roqué relató en la misiva cómo transcurrió el Año Nuevo en la celda de Contraventores. En esta oportunidad tampoco hace mención de la acusación que pesa sobre él y sobre el cura Oscar Portillo.

Uno de los monjes acusados y detenidos por el presunto abuso sexual a un ex seminarista, dio a conocer una segunda carta, en la que tampoco habla de la situación por la que está detenido, sino de cómo pasan sus días entre las oraciones y la acción espiritual, que aparentemente despliegan entre los presos.

Se trata de la segunda misiva del monje Diego de Jesús Roqué, quien está detenido junto a otro de los fundadores del Monasterio del Cristo Orante de Tupungato.

Mientras aguardan que se de a conocer la fecha de audiencia por el planteo de detención domiciliaria, están abocados a la oración.

La segunda carta:

"Anoche andaban todos cabizbajos. Nos habían tenido encerrados a nosotros dos y a otros cinco en un lugar muy reducido. Luego de que pasara esto, los muchachos preparaban los platos para la cena, para celebrar el año nuevo. Nos dejarían afuera hasta medianoche. Les avisamos que nos íbamos "a nuestros rezos" (es decir, a celebrar la Misa) hasta la hora de compartir la mesa. Avisé que "el que quiera, está invitado" (a la Misa). Inmediatamente un preso gritó "¡Ya mismo, pantalón largo y remera!" y allí fueron… ¿Y qué pasó? Se enteró el carcelero. "Se pudrió todo", pensamos. Entonces el carcelero me llama aparte y susurra: “¿yo también puedo entrar?” Y esa Misa que celebramos fue una de las más sublimes vividas en los últimos 20 años. El eco nomás del calabozo de hormigón hacía que los cantos resonaran con un vigor catedralicio. Cantábamos todo. La pared abarrotada de íconos; oraciones libres que duraron largo. Todos pidieron perdón por sus errores. Les explicamos que al elevar la hostia y el cáliz debían postrarse y adorar al Dios vivo presente. Los veía de reojo: conmovedor".

"Rezamos al final la Salve. Todos besaron la imagen de la Virgen; hasta el guardia lloraba. Tras la Misa, cenamos. Luego, con el padre Oscar nos fuimos a adorar a Dios sobre nuestro altar de cajón: allí yacía el Niño perdido y hallado en la cárcel, mudo, hermoso, con ese Rostro de Pan que paga todas las contrariedades que en su Nombre se puede padecer. El Señor los va bendiciendo. Su poder misterioso los alcanza. Y por eso estamos aquí".

"Un carcelero y una penitenciaria -armados hasta los dientes- traían dos botellas de agua. Nos pidieron agua bendita. Ella lloraba por su madre (con cáncer terminal). Y me abrazó cuando le dije que rezaríamos por ella".

"No estén tristes. El Señor sacará bienes inmensos de toda esta prueba. Esto termina inexorablemente bien. No es una expresión de deseo, es una certeza de fe".

Padre Diego de Jesús

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