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28 de junio de 2007
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Una renuncia en Londres

Ni besos en la mano ni reverencias. Ni siquiera champán. El anuncio de la dimisión de Tony Blair ante Isabel II era una cuestión técnica. A la reina nunca le gustó el político y en un par de minutos el asunto estaba despachado

        Blair y su esposa, Cherie, quienes, como siempre, esperaron en la antesala antes de ser recibidos por la monarca, salieron de Buckingham rumbo a su nueva libertad. Apenas habían dejado el palacio, sir Robin Janvrin, secretario de la reina, se dirigió hacia el teléfono. “Su majestad lo espera”. Para Gordon Brown, era la llamada que durante tanto tiempo había esperado: trece años han transcurrido desde que cedió a Blair la presidencia del Partido Laborista y diez desde que este se convirtió en primer ministro.


           Brown recibió ayer el encargo de su vida: la octogenaria reina, quien ya ha nombrado a otros diez primeros ministros, le pidió formar el nuevo gobierno en Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte Justo antes de que el hasta ahora ministro de Finanzas y su mujer, Sarah, se dirigieran a ver a la reina, el pueblo británico disfrutó por televisión de una celebración anticipada. Un resplandeciente Brown, relajado y con una amplia sonrisa, daba la mano a cientos de simpatizantes. Antes, los británicos estaban acostumbrados a que fuera el brillante Blair quien protagonizara estos baños de multitudes.Brown, en cambio, encarnaba el prototipo de escocés malhumorado. Pero las cosas van a cambiar.


           El nuevo hombre del 10 de Downing Street no sólo se ha rodeado de asesores de imagen, sino que guarda en el bolsillo un programa que quiere sacar a la luz “como si fueran fuegos artificiales en los primeros cien días”, señaló un comentarista. “Voy a formar un gobierno con nuevas prioridades”, prometió Brown. La conversación entre Brown y la reina se prolongó durante mucho más tiempo que la despedida de Blair tras diez años de mandato. Son esos los pequeños gestos con los que Isabel II deja entrever en quién recaen sus simpatías, ya que le está prohibido vincularse a la política.


        Se cree que la monarca no estaba de acuerdo con que Blair acompañara al impopular presidente George W. Bush en la guerra de Irak. Pero esos y otros rumores jamás han sido confirmados. La sangre de Irak duele y eso quedó patente en la salida de Blair de Downing Street: numerosos manifestantes, entre ellos familiares de soldados fallecidos, lo insultaron. Horas antes había comparecido ante el Parlamento defendiendo su polémica decisión de enviar tropas a Irak.


      Él sabe que algunos opinan que no tiene sentido poner en peligro la vida de soldados, pero afirma: “Creo que luchan contra quienes quieren destruir nuestra forma de vida”. Y en eso está de acuerdo con el presidente estadounidense. Este consideró adecuada la despedida de su amigo pero puntualizó que Blair jamás fue “su perrito faldero”. “De algún modo, nuestra relación se veía como si Bush dijera ‘¡Salta!’ y Blair respondiera ‘¿Hasta dónde?’.Pero no es así, fue una relación en la que ambos saltábamos juntos”, explicó Bush.

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