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15 de julio de 2020
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Opinión

Una constante fricción entre el odio y la esperanza

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Resulta aventurado, todavía, afirmar que, tras el encuentro virtual del lunes entre el presidente Alberto Fernández y los principales líderes parlamentarios de Juntos por el Cambio se haya definido, o marcado y delineado, al menos, un camino por donde podrán discurrir, con honestidad y responsabilidad institucional, todas aquellas discusiones sobre los temas centrales que la política y no otra tiene que resolver tanto en el escenario nacional como en el de las provincias y su relación con la Nación.

La grieta y el resentimiento se han vuelto a hacer presente de una forma vigorosa en la discusión política, y así se ha trasladado otra vez hacia el resto de la sociedad con marcada virulencia. Y hay factores que pueden haber provocado tal efecto. Sin dudas, la extensión de la cuarentena y de la propia pandemia, que no encuentra el pico de contagios, ni tampoco permite avizorar en qué momento puede que comience a dar un respiro, despliega a su vez hacia delante la calamidad y la incertidumbre económica. El combo asfixia a todos y enciende las pasiones, tanto de aquellos que se aferraron a la cuarentena como única estrategia –pero que a la vez imaginaron que el padecimiento a esta altura de las circunstancias ya se habría extinguido–, como de aquellos que, apuntando a las consecuencias del suplicio y apoyándose en ellas, vienen promoviendo una salida urgente de la situación para convivir, de una vez por todas, con la peste por un lado y compatibilizar las políticas sanitarias con las que tienen que ver con las de reactivación económica.

Otros motivos o factores puede que haya que buscarlos en las mismas internas de las fuerzas políticas. Por caso, en Mendoza, no está del todo claro si tanto Rodolfo Suarez como Alfredo Cornejo, los líderes indiscutidos del espacio oficialista, están en verdad cómodos con el rol que cumplen y que, hay evidencia de ello, acordaron protagonizar cuando comenzaron cada uno en lo suyo en el nuevo escenario que se planteó en el país a partir de fines del año pasado. La incógnita está justificada porque el rol duro de Cornejo en la Nación con el componedor de Suarez como gobernador, en verdad no ha dejado claras ganancias a la provincia que no sean las personalísimas desde lo político para, ambos. Y esto último hay que verlo incluso, para afirmarlo. En concreto, puede que Cornejo esté consiguiendo lo que fue a buscar en la Nación, como visibilidad, referencia y alguna identificación clara como lo contrario a quien gobierna y al kirchnerismo, en una cancha con jugadores tan o más competitivos que él.

Pero, así también el interrogante se extiende hacia el gobernador y a las penurias de su gestión como consecuencia de los movimientos del diputado nacional, un alto costo, interpretan quienes presumen de conocerlo y que afirman que lo único que se planteó como objetivo cuando llegó al Barrio Cívico no va más allá de alcanzar la meta de una Gobernación más o menos digna, sin mayores pretensiones; pero tampoco con tantos sobresaltos ni este nivel de necesidades.

Pero, la interna en el espacio que gobierna la Nación quizás sea lo de mayor impacto para todos, por lo que significa, desde ya, y por la incertidumbre que se va extendiendo, como la cuarentena y la pandemia interminables, sobre los planes del propio gobierno en aspectos centrales que, por el momento, no se conocen.

Sin embargo, desde el ala dura kirchnerista ya ni siquiera hay disimulos ni prudencia al momento de marcar las diferencias con el presidente. Diferencias que aparecieron inmediatamente luego del encuentro de Fernández con los legisladores de la oposición y que orquestara Sergio Massa a pedido del mismo presidente. La dura crítica de Hebe de Bonafini a esa cumbre, afirmando incluso que así, con la estrategia del presidente, “el país se va a pique”, no deja de ser un indicio de las tensiones que se enfrentan en lo más alto del seno del poder, amenazando a diario al jefe de Estado.

Y volviendo a Mendoza, hay que seguir de cerca la relación entre el gobernador y la principal oposición, el peronismo liderado no por Guillermo Carmona, su presidente, sino por el de la senadora Anabel Fernández Sagasti, la que cuenta con el poder real hoy en el movimiento y con la llave que abre las puertas en la Rosada.

Y el juego que ambos juegan, Suarez y Anabel, puede resultar pernicioso porque la senadora espera que sea el gobernador quien la legitime y la oficialice como el nexo con la Presidencia para destrabar todo por lo que hoy pena el Gobierno provincial. Un paso que, por el momento, Suarez no piensa dar, por aquella estrategia conjunta compartida con Cornejo. Y así van y así se camina la política en Mendoza. Sin diálogos, sin acuerdos, sin políticas en común y, mucho menos, de Estado.

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