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16 de agosto de 2006
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TRISTEZA POR TODOS

Realmente, quisiera no tener que escribir estas líneas. Pero, como individuo y médico, no puedo soslayar mis reflexiones sobre la pérdida de vidas en formas brutalmente violentas.

    Realmente, quisiera no tener que escribir estas líneas. Pero, como individuo y médico, no puedo soslayar mis reflexiones sobre la pérdida de vidas en formas brutalmente violentas. Se nos informa que los terroristas que protagonizan en el mundo atentados, muchos de ellos, tienen edades que oscilan entre 18 y 30 años. Acude a mi entender aquello de que la etapa juvenil es rebelde, contestataria, idealista, manejable e influenciable.

    Pues bien, no logro incorporar el sacrificio de vidas con estas características. Por supuesto que no lo acepto en ninguna etapa de la vida. Pero no es casualidad que los fanatismos en forma de inmolación personal o suicidio los protagonicen gente joven. Las razones psicológicas se pueden esbozar en forma variada y las causas pueden ser personales, influidas o impuestas. Un reconocido psiquiatra escribió, hace bastantes años, un libro titulado Filicidio, que significa “matar al hijo”.

   Hacía mención a que los adultos, yo agregaría los viejos, enviamos históricamente a nuestros hijos a la muerte. Ejemplo clásico: las guerras de todo tipo con sus “soldaditos”. Hoy, en pleno siglo XXI, continuamos con la sanguinaria costumbre de que quienes van a luchar y a morir son jóvenes en su mayoría. ¿Qué grotesca hipocresía mundial seguirá matando a los de escasa edad y de cualquier bando?

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