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4 de octubre de 2006
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Tranvía

Yo los viví, los utilicé, los disfruté en otros lugares. Una larga vara que buscaba colgarse al cable para recibir una transfusión de energía.

    Yo los viví, los utilicé, los disfruté en otros lugares. Una larga vara que buscaba colgarse al cable para recibir una transfusión de energía. La separación entre dos segmentos de vía que promovía aquel traqueteo característico. El motorman que daba vuelta una manivela y que, a veces, bajaba con enculamiento súbito, porque el trole se le había escapado del cable y él tenía que ponerse a pescar para arriba, cosa rara entre los pescadores.

    Los asientos de listones finos de madera aguardaban con su incomodidad y uno tenía la sensación que estaba sentado entre amigos. Cuando llovía, por los vidrios borrosos de la ventanilla uno veía pasar una ciudad bañada con nostalgia, en él recorría calles, aprendiéndose con la ciudad. Tenía un ligero gustito a tango, no era un transporte cualquiera, un vetusto armatoste con antena, que solía volar unos metros cuando en Navidad los pibes inventaban con tornillo y tuerca las bombitas de potasio.

    Quienes lo disfrutaron no pueden borrarlo de sus memorias, porque seguramente fue él el que los acercó a la escuela, a la cancha, al cine la Bolsa, a la cita en el centro, al primer baile y, tal vez, al primer desengaño. Dicen que por las calles de Mendoza, esas que tienen ese ¡qué se yo! ¿viste?, está por volver a pasar el tranvía. Quiero subirme en el primer viaje y escribir una poesía bien de entonces. Sólo me bastará encontrar algunas palabras que rimen con gracias.

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