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26 de septiembre de 2006
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Tony Blair debe definir su fin

El último congreso anual laborista de la era Blair empezó ayer en Manchester, con un primer ministro que, pese a haber logrado para su partido tres victorias consecutivas en las urnas, ve peligrar la retirada triunfal con la que había soñado.

    El último congreso anual laborista de la era Blair empezó ayer en Manchester, con un primer ministro que, pese a haber logrado para su partido tres victorias consecutivas en las urnas, ve peligrar la retirada triunfal con la que había soñado. Acosado por una rebelión en sus propias filas, Tony Blair se vio obligado a anunciar este mes que la reunión anual laborista, que se celebra hasta el jueves en Manchester (noroeste de Inglaterra), será la última a la que asista como líder del partido y jefe del Gobierno.

    Antes de las últimas elecciones del 2005, Blair había hecho público que este sería su último mandato, pero los malos resultados en los comicios locales inglesas y la caída en las encuestas han precipitado los acontecimientos. Sin embargo, hasta ahora se ha negado a precisar cuándo pasará el testigo a su sucesor y a apadrinar públicamente a quien aspira desde hace años a sucederlo en el número 10 de Downing Street, el ministro de Economía, Gordon Brown.

    De ahí que sea muy probable que la cuestión de la sucesión domine la reunión de Manchester, según el director de Investigación del Grupo Greater London, Tony Travers. Los observadores políticos plantean varias opciones: que Blair deje el Gobierno este invierno, que espere a la primavera o que apure el plazo de un año que se impuso a sí mismo el 7 de setiembre.

    Lo que resulta difícil imaginar para Travers es que Blair vaya a renunciar al objetivo de cumplir diez años como primer ministro, un hito sin precedentes en la historia del Partido Laborista británico, el que celebra este año su centenario. Ese récord laborista se cumpliría el 2 de mayo del 2007, justo un día antes de la celebración de elecciones autónomas en Gales y Escocia y comicios locales parciales en Inglaterra, por lo que muchos laboristas abogan para que Blair abandone el poder antes y le evite un nuevo y fatal descalabro al partido.

    Los expertos destacan las medidas adoptadas por los asesores de Brown para suavizar la imagen del poderoso ministro de Economía, que no goza del carisma de Blair ni de algunos de sus potenciales rivales, como el ministro de Educación, Alan Johnson, apodado Magic Johnson por la prensa británica.

    A sus asesores aún les queda trabajo por hacer: una encuesta publicada el viernes por el diario The Guardian revelaba que, para los ciudadanos británicos, el líder conservador David Cameron puede ser mejor primer ministro que Gordon Brown. Hasta un millón de personas pueden participar en la elección del nuevo líder laborista, cuyos votos se reparten en partes iguales entre los diputados, los aproximadamente 180.000 militantes y los 800.000 afiliados a los sindicatos.

    Pero, para todo ello, habrá que esperar a la retirada de Blair, quien hoy hablará ante un congreso en el que se estrenó como líder en octubre de 1994, declarando la guerra al ala izquierdista de su partido al anunciar la abolición del principio de nacionalización, el sagrado credo socialista del pasado.

    Era el comienzo del llamado Nuevo Laborismo, el que relajó los vínculos históricos del partido con la clase obrera y los sindicatos para atraer a las clases medias y ocupar el centro político, decisivo en unas elecciones generales. La estrategia funcionó y en las elecciones del 1 de mayo de 1997 Blair puso fin a dieciocho años de gobiernos conservadores y se convirtió, con 43 años, en el primer ministro más joven del Reino Unido en casi dos siglos.

    En ese mandato logró uno de sus mayores éxitos, el acuerdo de paz para Irlanda del Norte, el 10 de abril de 1998, que puso fin a treinta años de violencia en el Ulster. Pero, tras el segundo triunfo laborista en las urnas, en el 2001, el apoyo de Blair a la guerra de Irak no sólo empañó su imagen, sino que dividió al pueblo británico y a su propio partido.

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