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26 de diciembre de 2006
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Tener fe en un buen balance

La periodistas señala que el presidente se muestra exultante ante los resultados económicos. Sin embargo, asegura que no toca temas pendientes como la inseguridad

         Al presidente Néstor Kirchner se lo vio en los últimos tiempos más distendido y contemporizador. En sus recientes presentaciones públicas, dejó de lado el rictus de irritabilidad y enfrentamiento que suele exhibir contra empresas de grandes capitales, productores agropecuarios, políticos de la oposición y hasta periodistas, para adoptar un discurso más calmo, que tal vez deja traslucir el buen balance que está haciendo del penúltimo año de su gestión.


         Para Kirchner, lo que importa son los números y si estos hablan de crecimiento económico, de superávit, de conflictos de deudas encaminados hacia la solución y de cifras inflacionarias o de desocupación que no se disparan hacia arriba, entonces se da por ampliamente satisfecho. Y, además, constata día a día que más allá de la supervivencia de problemas estructurales en un campo que no es numérico, sino que tiene que ver con las experiencias de la vida real de la sociedad, la gente o al menos las mediciones de encuestadoras que reflejan sus sensaciones sigue dándole carta blanca. Qué mejor entonces que relajarse un poco y disfrutar de los laureles conseguidos.


          Tal vez sea en ese estado de ánimo en el cual el presidente pueda dirimir con mayor ecuanimidad ciertos conflictos que continúan sin solución, como por ejemplo el que se sostiene con Uruguay por la instalación de papeleras. Los más cercanos a las ideas del mandatario santacruceño aseguran que él está dispuesto a tender una mano de conciliación a su vecino y amigo, el presidente uruguayo Tabaré Vázquez.


       Hasta se habla de la posibilidad de un encuentro entre ambos para dirimir las diferencias y buscar la fórmula salvadora que contemple la relocalización de la papelera finlandesa Botnia, como ya lo hizo la española ENCE, y, en consecuencia, el levantamiento definitivo de los cortes de ruta en Gualeguaychú y Colón, que mantienen en constante crispación a los vecinos uruguayos. Se asegura que no falta mucho para ese encuentro cumbre, que se hizo esperar más tiempo de lo que indicaría la prudencia.


 BUENAS NOTICIAS.


         Como el presidente está satisfecho con las cifras que da la recaudación impositiva, siempre altísima, entonces se permitió antes del final del año dar una buena noticia a los trabajadores en blanco: aumentó las asignaciones familiares y se prepara ahora para dar otro gesto, el de analizar la posibilidad de subir el techo del impuesto a las ganancias en los sueldos de los torturados trabajadores en relación de dependencia. La inflación no superó cifras que el Gobierno consideraba que abrirían el panorama hacia el espanto, aunque los consumidores a diario constaten que ir al supermercado cuesta cada vez más.


           El desempleo sigue moviéndose ligeramente hacia arriba, gracias a los distintos auges económicos facilitados por el mantenimiento de un alto valor en el dólar: desde las exportaciones de productos agropecuarios hasta la construcción, pasando por el turismo y la reindustrialización en algunos rubros, como la vestimenta y el calzado. Esos nichos de la economía que han crecido geométricamente redundaron también en la oferta de mayores puestos de trabajo. Con la sanción de la nueva ley de educación, el Gobierno cree que ha dado el puntapié inicial para tratar de reencauzar ese aspecto básico que debe ser preocupación del Estado: el de permitir el acceso equitativo a todos los ciudadanos a los niveles de enseñanza no sólo primarios sino también secundarios, aunque la obligatoriedad del ciclo medio impuesta se dé de bruces con la situación de millones de familias que no pueden darse el lujo de enviar a sus hijos adolescentes a la escuela: los deben enviar a hacer algo para contribuir al magro sustento familiar.


EL TALÓN DE AQUILES.


     La seguridad sigue siendo el gran agujero negro que afronta la administración, lo que no logra poner en caja. Tanto el ministro del Interior de la Nación como el de Seguridad de la provincia de Buenos Aires presentan ante la sociedad un sinfín de teorías para demostrar que, lejos de la sensación –o la constancia- de la gente, los niveles de delincuencia han ido descendiendo progresivamente. La realidad parece indicar exactamente lo contrario. La honda crisis social y cultural que instaló en Argentina el gobierno menemista durante una década dejó una de las peores huellas: la impunidad, la delincuencia vinculada con la corrupción política y económica y el narcotráfico, que hoy es un problema nacional, aunque jamás sea mencionado en los discursos presidenciales.



      El presidente parece ignorar que Argentina está asolada por la delincuencia en sus diversos niveles y, en casi todos los casos, siempre se encuentra detrás alguna pista que conduce a centros de poder político, en distintos estamentos, pero ocultos principalmente en municipios y en verdaderos ejércitos de punteros políticos, quienes hacen todo con tal de tener fondos y voluntades para los votos. La política sigue abrevando de esa fuente perversa que alguna vez supo denunciar el que fuera funcionario del área de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Marcelo Saín, hoy a cargo de la seguridad aeroportuaria y descubridor de una banda de empleados- delincuentes del aeropuerto de Ezeiza, dedicada al robo de maletas y mercaderías.


        Como si esos “trabajadores” descubiertos y detenidos no contaran con el consentimiento de un superior jerárquico en el área. Siempre la delincuencia está vinculada con el poder. Como el caso del testigo Jorge Julio López. Es difícil imaginar que detrás de su desaparición no haya algún sector organizado con la logística suficiente como para actuar con tal impunidad y sin el menor miedo a ser descubierto.


       Pero esos son temas que no tienen cifras ni ingresan en el mundo de las ciencias exactas que el presidente gusta utilizar como instrumento. Y es precisamente ese punto débil el que está comenzando a explotar la oposición, preparada con el cuchillo entre los dientes para abrirse camino hacia un lugar en la inminente batalla electoral.

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