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6 de noviembre de 2009
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Resistencia

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Cruzaba la plaza Independencia, como todos los días, rumbo al canal, y un hombre de mameluco azul, a la distancia, me habló. Me dijo: ?Che, Sosa. Vamos a salir de esta?.

Cruzaba la plaza Independencia, como todos los días, rumbo al canal, y un hombre de mameluco azul, a la distancia, me habló. Me dijo: “Che, Sosa. Vamos a salir de esta”. Me dije, ¿qué hago? Le contestó con un sí o un no a la distancia o me acerco a decirle lo que realmente pienso. Preferí esto último. Me senté junto a él. Comencé mi charla: “Mire, amigo. Hay pueblos en el mundo, como los pueblos de los Balcanes, por ejemplo, que han tenido cientos y cientos de años de dominación, de esclavitud, de sojuzgamiento. Pero, no se olvidaron del concepto de libertad. Ahora la tienen, ahora es de ellos. Pero hizo falta que pasaran muchas generaciones para conseguirla. Todos los que vivieron durante esas generaciones mantuvieron la esperanza de ser libres otra vez. Ahora disfrutan eso por lo que tanto soñaron y lucharon. Puede que nos pase algo por el estilo. Yo creo que en nuestro país se ha dado una mezcla generosa de razas, de culturas, de formas de ser y todavía estamos en proceso de formación, de ebullición. Cuando el argentino logre alcanzar el ser nacional y dejemos de lado la cultura del individualismo: no te metás, salvate solo, hacé la tuya, cuando entendamos que tenemos que ser inteligentes en conjunto, este país va a ser una buena noticia para el mundo entero. Estamos hechos de una sustancia tal vez irrepetible y eso tiene que dar un resultado maravilloso alguna vez. Pero le tengo una mala noticia, mi amigo, es seguro que ni usted ni yo veamos ese resultado. Porque el tiempo que necesita para fermentar es irremplazable. Sin embargo, si no estuviésemos nosotros pensando que puede ser así, si no estuviésemos nosotros sentados en un banco de plaza preocupados por el porvenir de la patria, eso no sería posible jamás, porque se habrían roto los eslabones de la cadena. Estoy seguro de que alguna de las generaciones que vienen lo va a lograr y, entonces, todos estaremos justificados, todos los vivos de entonces y los que mantuvimos viva la llamita de la esperanza. Ahora, como los pueblos de los Balcanes, nos toca la tarea de resistir. El tipo me miró con los ojitos alegres, me dio la mano, yo me paré y retomé el rumbo hacia el trabajo. Desde lejos me gritó: “Chau, amigo”. Yo le dije: “Chau”. Me olvidé de preguntarle su nombre, pero en mis recuerdos lo llamo nosotros.

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