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3 de diciembre de 2020
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Editorial

Recuperar la calidad y el respeto institucional

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Existe la sensación de una sociedad que está aletargada. Como si ya nada causara sorpresa; como si la indignación hubiera tomado la forma de una onda plana, sin variación. Son tantos y tan recurrentes los hechos que provocan escozor, que la irritación es permanente, constante. Y lejos de convertirse en puntos de inflexión, genera acostumbramiento. Es un estado peligroso desde el punto de vista democrático, porque, cuando ocurre, significa que se perdió el interés por querer cambiar la realidad.

Peor aún: el umbral de tolerancia es tan alto que ya nada llama la atención. Ni que un ministro invente una conversación que nunca existió ni que se anuncien obras que pueden concretarse gracias a la gestión de la primera dama. Y no está mal que se involucre en política. Pero, proyectos como en los que está participando deberían salir de la planificación de equipos técnicos; consecuencia del trabajo de ministros, secretarios y directores. De lo contrario, ese manejo es absolutamente discrecional.

Se naturaliza la desidia o la falta de organización. Ya no tiene que ver con grandes casos de corrupción ni con las constantes dilaciones de las investigaciones. Va más allá. Son cuestiones cotidianas en las que desde el Estado se muestra negligencia. Mala praxis política que impacta de lleno en millones de argentinos. Es un presidente con un megáfono pidiéndoles por favor a barrabravas que acaten indicaciones en la puerta de la Casa Rosada. Eso no puede ocurrir más. No lo puede permitir la misma gestión. Se debe recuperar la institucionalidad. Después, será el momento de hablar de política.

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