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11 de julio de 2007
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Quintanilla

Los mendocinos somos desapegados con las cosas que nos hicieron trascendentes: la epopeya sanmartiniana, por ejemplo. Si Francia tuviera a un personaje histórico como San Martín, haría un emporio de cultura y turismo. Lo hizo con Napoleón, tipo odiado por muchos, miren si no lo haría por San Martín

          Desconocemos también, hacemos poco, no nos calentamos, dirían en el café, por tipazos que nos dejaron su impronta. Muchos poetas, por ejemplo. Voy a rescatar a uno. Dicen que le gustaba dejarse estar en los boliches de la época y que en muchos de ellos escribió poesías memorables. Dicen que era pobre del verbo pobre y muchas veces se vio obligado a vender sus creaciones para ir tirando. Dicen que algunos se aprovecharon de sus debilidades. Fue compadre de canto de don Hilario y juntos se le animaron a varios temas. Su poesía está dentro del pasillo


        Cuando se adora al sol, de los valses Mi madre de Corrientes ( homenaje a la madre de José de San Martín), Lamento cuyano y Lino negro o de la cueca El sargento de Ayacucho. Decenas de canciones que llevan el inconfundible estilo de un desconocido para nosotros: Julio Quintanilla. Alguna vez, la Municipalidad de Capital, hace varios años atrás, tuvo la buena idea de ponerle su nombre a un teatro. Como sabemos, está ahí, en el corazón de la plaza Independencia. Pero la obra del poeta no existe. He hablado con familiares de Julio y me han dado datos alentadores.


       Algunos de sus trabajos aún se conservan, tal vez estén esperando que encontremos alguna máquina de imprimir benévola con el pasado para que se conozcan, para que se difundan. Sería del todo justo que a la entrada del teatro Julio Quintanilla, en cualquier función que se ponga en escena, le obsequiaran al público un librito con sus mejores poesías. La sociedad de los poetas muertos quedará agradecida y la de los vivos seguirá respirando.

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