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23 de septiembre de 2009
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TURISMO CARRETERA

Quejas por el ascensor

?La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños?. Johann C. F. Von Schiller

    Se esconde el sol detrás de las montañas de Yucón, y los últimos tibios rayos dan un reflejo en el autódromo Ayrton Senna da Silva. Felipe tiene la cara pegada al vidrio del ascensor que lo llevará al piso 84 de la torre de boxes. Es el año 2041 y la polución de la semana se limpiará al menos con la próxima lluvia ácida. Felipe perdió sus piernas, porque sufrió un accidente hace ya más de 37 años, cuando corría una carrera en su tierra, dentro de la categoría denominada Turismo Carretera.

    Además de ser ascensorista de ese edificio de 84 pisos, es mecánico profesional, arte que aprendió en su tierra durante sus años de piloto. Vive junto a su primo Estanislao, quien quedó marcado por la misma desgracia: en el accidente le amputaron sus dos brazos, cuando todavía la categoría permitía correr con copiloto. A pesar de su problema tiene una habilidad admirable con sus piernas, al punto de que es volante central de los Cráteres Temple, un equipo de fútbol de esta lejana ciudad.

    Detrás de la historia de deportistas hay una dificultad de tinte político. Ellos quieren volver a su país, donde nacieron y donde serían realmente libres. Pero el gobierno de Yucón los tiene como apartados ideológicos, –así los denominan– desde aquella carrera fatídica a la que vinieron a correr con su Chevy. Luego se desató la guerra y todo cambió para ellos. Felipe cumple específicamente con la función de tranquilizar a los pasajeros del ascensor, propulsado por una poderosa turbina que agiliza a segundos el ascenso a los pisos más altos.

    Un día en que el trabajo era poco y que una idea lo martirizaba, bajó a boxes donde preparaban los modernos autos de competición, actualmente propulsados a un material verde denominado ciloflaxo. A escondidas consiguió la llave para abrir el galpón de chatarras, donde sabía que encontraría a su vieja Chevy. Allí, en un rincón, y cubierto de una gruesa capa de tierra estaba el cascarón de la coupé. Sorteó como pudo un par de cubiertas, algunos caños oxidados y dio con el viejo automóvil. Le pasó la mano por el guardabarro izquierdo y el color naranja brilló en medio de oscuridad.

    Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, distinguió las patonas, los escapes de competición, el número diez en la puerta y la triste marca del accidente. A pesar de los confusos recuerdos que tenía de su primo Estanislao, gritando detrás del casco, una genial idea comenzó a crecer en su cabeza. Se retiró del lugar y sin que nadie lo supiese realizó una simple copia de la bendita llave. Al día siguiente, Felipe llamó a su primo y lo tentó con su idea. Esa misma noche, otra vez llegaron hasta el galpón, para recuperar la coupé, que remolcaron con la poderosa silla de ruedas de Felipe.

    La idea se concretó cuando trasladaron el bólido hasta la casa y lo ocultaron en el taller que tenían vacío. Allí comenzó la remodelación, que duró siete noches de trabajo. Cuadrar el chasis fue lo más complicado y tuvieron que pedir ayuda a tres amigos más, que supieron mantener el secreto: revivieron una vieja Chevy de Turismo Carretera. El problema fundamental fue el motor, el corazón de la Chevy estaba partido y no había piezas ya para poder revivirlo. Trabajaron en la carrocería, ahora mucho más liviana que el viejo carbono que tenía. El mismo color naranja emocionó a los primos al momento de pintarlo, el número blanco en las puertas y las patonas nuevas.

    El trabajo de ingeniería con respecto a la conducción fue admirable. Y esta vez sí serían dos pilotos. Felipe tomaría el volante como siempre, y Estanislao, como copiloto, sería el encargado de los pedales, que debería dominar tanto como a la pelota de fútbol. Indispensable para acelerar, frenar o ambos en las curvas de punta y taco. La coordinación debería ser exacta con Felipe al momento de meter las marchas, para que los primos hicieran la fusión del conductor perfecto.

–Ahora, necesitamos el permiso para correr–, sentenció Estanislao, sentado en un banquito y con el mameluco lleno de grasa. –Se van a burlar de nosotros cuando vean que solicitamos correr y que lo vamos a hacer con nuestro Chevrolet. No importa si creen que los Ford de ahora son muchos más veloces. Puede que sea cierto, pero nuestra victoria no es la bandera a cuadros, la nuestra, esta vez, es otra–, agregó Felipe, que sabía que el secreto de todo estaba antes de la segunda curva. Verdaderamente el auto era demasiado lento para las velocidades del 2041. Felipe pensó un momento. Tomó un encendedor recargable a bencina, y mientras jugaba con su interminable piedra, encendió un cigarro. Mirando a Estanislao, sonrió con venganza. En Yucón accedieron a darles permiso para correr y llegó el domingo de la carrera.

    Felipe había sido remplazado por una amorosa ascensorista, que, según parece, se quejaba de la lentitud con la que la cabina llegaba al piso 60 de la infinita torre de boxes. Estaban al final de la grilla de salida, la clasificación había sido tan lenta que los autos actuales les habían sacado dos vueltas a los primos en su Chevy. Una vuelta previa casi a fondo como calentamiento para ser los escoltas de 35 autos que aceleraban a altas revoluciones y esperaban el verde de la partida. Entre los rugidos del nuevo motor de la Chevy, los primos se miraron a través de los cascos y, cómplices, aguardaron sus últimos instantes en esa tierra.

    El semáforo cambió los colores y todas las máquinas arrancaron con un terrible estruendo. En la recta principal y, luego de apretar un pequeñito botón azul, pasaron a cinco autos, para luego doblar en la primera curva con un trabajo coordinado de pies y manos. La segunda recta fue la más rápida y la Chevy adelantó a otros 15 bólidos negros, amarillos y plateados. Antes de la segunda chicana, no habían rivales a la vista, y tardaron seis segundos en dar con el grupo de adelante, donde marchaban veloces los favoritos del público.

    Dos curvas más y los primos ya estaban terceros, entonces tomaron la recta principal, donde Estanislao aceleró a fondo y, ante la muchedumbre de las tribunas, el viejo auto pasó a sus rivales con una velocidad nunca antes registrada. Llegó el momento: antes de la segunda curva, con las cubiertas calientes y luego de quedar en la punta de la carrera, Felipe apretó el botón naranja. El auto despegó cuando se cerraba el primer pianito y comenzó a volar hacia la libertad, mientras todos en el Ayrton Senna, ingenuamente, miraban la turbina del ascensor colocada debajo de la vieja, pero bonita Chevy naranja.

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