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2 de agosto de 2020
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Columna

¿Qué música va a bailar la murga “Los Pícaros de Calafate”?

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Si la primera versión de la historia es tragedia y la segunda, comedia, habrá que reconocer que la cuarta es comparsa cruel, desastre anárquico, sálvese quien pueda y pueden pocos porque se encargaron de romper los botes salvavidas, no va a ser cosa que se cuele alguno de primera clase. El cuarto gobierno de la Murga “Los Pícaros de  Calafate” ha demostrado que baila al compás de los greatest hits de los doce fatídicos años que van de 2003 a 2015.

Tiene su lógica. ¿Qué se votó en octubre del año pasado?

Imposible saber las motivaciones de cada votante. Unos votaron convencidos y otros votaron para que no ganen los contrarios. Algunos votaron porque sí, porque no, porque total. No sabemos por qué pero sí es claro que el 48% de los votantes del país puso un voto a favor de lo que ya había visto y vivido en aquellos doce años. Aceptaron y convalidaron cada uno de los antecedentes. Vaya uno a saber si fue su voluntad, lo cierto es que con su voto aprobaron todas y cada una de las canciones de la Murga. Nadie puede alegar engaño porque ya había ocurrido.

Desde 2003 a 2015 esta misma gente impuso un disciplinamiento ideológico en cada repartición oficial; hizo pésimos negocios con los bienes públicos que se encargaron de autoelogiar en cientos de miles de carteles y afiches a lo largo y a lo ancho del país, confirmando que son, fueron y serán los reyes de gastemos tu plata para pintar paredes con nuestras consignas; se le perdieron los misiles y fue como una jodita para Tinelli; sacó a los presos de las cárceles a través del Vatayón Militante; les dijeron a los habitantes de los barrios vulnerables que no tenían que luchar por mejorar su condición de vida, al contrario, debían festejar el día de orgullo villero siempre a cambio de un voto, en esto la ayuda de su hermano de leche la Iglesia Católica fue fundamental, a ambos les encantan los pobres siempre tan a mano para cualquier negocio demagógico; mostraron sin vergüenza un autoritarismo galopante, exhibido con fanfarronería, como un botón de superioridad moral; revolearon bolsos con tu plata siempre dentro de su propia iglesia; pesaron la guita en tus narices; apareció asesinado un fiscal al que después de muerto le colgaron todo tipo de pecados; usaron la agencia de noticias del Estado para escrachar a un periodista que contó detalles del asesinato del fiscal; nos cortaron la luz en cada verano y el gas en cada invierno; chocó un tren contra una estación con 51 muertos y 789 heridos porque entre realizar controles y recibir una coima, siempre eligieron lo segundo; enseñaron a los chicos con dibujitos de poca gracia y peor estética que Sarmiento era mala persona y que la patria grande, coso; metieron un peaje en cada puerta y hasta el que le llevaba las carteras a la presidenta se quedó con mil millones de pesos (buen momento para recordar que el dinero no hace la felicidad); recibieron miles de millones de dólares con viento a favor pero entregaron un país con un déficit del 8 %; inauguraron canillas y se hicieron aplaudir por cada cáscara de hospital que abrían como una epopeya heroica y cerraban al día siguiente porque total ¿quién les iba a reclamar?; derrocharon el dinero extraordinario de un momento extraordinario de la soja, a la que acusaron de ser un simple yuyo, despreciando una cultura agropecuaria que ha tenido que doblar la espalda y rascar los pocos dólares que entran a un país arrasado; se inventaron unas hazañas berretas y atrasadas en la que fueron héroes apoyados por la intelligentzia culposa y por los progresistas de buena intención y ávido CBU; pelearon con enemigos imaginarios siempre deformes de acuerdo a sus prejuicios; denigraron los hechos hasta el punto de que no pudieran competir con el relato; se afanaron la máquina de hacer billetes; se disfrazaron de pueblos originarios para inventarse reivindicaciones demasiado nuevas para ser ancestrales; reflotaron del arcón de los odios argentinos una grieta que ya estaba olvidada, la desparramaron en la mesa familiar y convirtieron en fanática a una generación entera; se abrazaron con los dictadores de la patria grande y las cuentas bancarias más grandes todavía; abrieron hoteles vacíos con ocupación total; multiplicaron su patrimonio y premiaron a los jueces que miraron para otro lado. En fin, hicieron todo esto y consiguieron ser elegidos nuevamente. Para eso, claro, algunos de ellos se tragaron una sopa de sapos que reíte de Wuhan y sus murciélagos. Se desdijeron de lo que dijeron, se besaron las heridas y todos juntos compañeros. Todos vimos todo. El Padrino, Buenos Muchachos y Los Soprano son Peppa Pig al lado de estos pibes.

Lo que no esperaba la murga “Los Pícaros de Calafate” es que un chino se masticase un murciélago crudo y armara este desbarajuste que vino a mostrar unas cuantas verdades. La primera y más evidente es la que siempre habían querido ocultar, una de esas viejas certezas argentinas que nadie había puesto en duda: “Los únicos que pueden manejar una crisis son los peronistas”. Porque tienen manejo de la calle, porque son pícaros, porque saben dónde tocar, a quién hacer callar, porque no tienen pruritos, porque son los padres de la avivada, te hacen los goles con la mano, porque tienen los punteros; porque le toman la leche al gato; porque en el fondo todo argentino es peronista, así esté en la UIA, en la CGT o en la Biblioteca Nacional.

Si eso fuera cierto hoy no estaríamos viviendo el desmadre que estamos padeciendo y la provincia de Buenos Aires no sería un polvorín con dos o tres casos policiales rutilantes por día que se llevan todas las cámaras porque ¿a quién importa una entradera más si ahí al lado tenés un empalamiento, una mujer violada para completar el robo, unos tipos que se llevan a un nene en un auto con la madre desesperada gritando desde la vereda? Hay tanto delito que sin una cuota de espectacularidad, no llega a las cámaras. En su maravilloso background de manejar crisis, el peronismo abrió las cárceles y le dijo a los delincuentes que salieran pero que se portaran bien, que vuelvan cuando todo termine. Nada más anunciado que esta ola de violencia. Nada. Si fuera cierto que pueden manejar crisis no hubiéramos estado encerrados 140 días en una experiencia absolutamente inédita no sólo en la historia contemporánea argentina, en toda la historia de la humanidad, digo, no hubiéramos tenido la cuarentena más larga del mundo para terminar con la curva subiendo verticalmente en Provincia de Buenos Aires, un lugar en donde la gente que se muere por coronavirus es gente que no se hubiera muerto sino era por el coronavirus según reflexionó el dicen que gobernador.

Si fuera cierto que pueden manejar crisis no seríamos el último país sin tráfico aéreo, no estaríamos empantanados con la deuda, no estaríamos en malas relaciones con el mundo, sabrían cómo salvar las empresas o cómo conseguir que no se vayan las que se están yendo.

El Tony Soprano ensamblado en Lomas de Zamora dijo que estábamos condenados al éxito. Y ya está. Si es una condena, no hace falta hacer nada. Cae por peso propio. ¿Para qué te vas a preocupar, si estás condenado al éxito? Sólo había que dejar las decisiones en sus manos y ¡ualá! la felicidad vendría con cara de Chiche Duhalde, una señora que en cualquier país del mundo cambiaría opiniones en la cola del Coto y acá la tenemos todavía como fuente de consulta de periodistas prestigiosos. Muchos años después de aquella frase deberemos entender que no hay condena, no hay destino, no es inevitable. El futuro no es una fatalidad, es una construcción. Va a pasar aquello que se construya, no aquello que se anhele. Aceptar que la única salida es Ezeiza es trabajar para eso. Nada contra quien busque un mejor destino personal pero también hay millones de argentinos que no piensan regalarle un país que puede ser tan maravilloso a unos cuantos tránsfugas con carnet.

¿Cómo se hace un país? ¿Cómo se vive el siglo XXI? Nadie sabe pero seguro que así, no es. El Presidente Coso no tiene credibilidad porque si hoy asegura que es blanco, mañana negro, pasado quizás sea gris, su palabra no tiene ningún valor. Puede decir que no habrá soberanía alimentaria sin Vicentín pero después se olvidará de Vicentín y de la soberanía y de coso y acá no ha pasado nada. También dice que la última cuarentena no funcionó, por eso manda a hacer otra igual: parece que la estrategia es ganarle al bicho por cansancio. La PresidentaVice nos lleva con sus caprichos a un enfrentamiento que nos atrasa; se sienta en su tronito del Senado a apagarle el micrófono a un senador porque a los enemigos ni justicia y vemos su espectáculo degradante, su carrerita avara por sus millones mal habidos, su sórdido entorno de testaferros enfierrados, su tiñosa existencia de ambición personal desmedida disfrazada de revolución extemporánea sólo para escaparle al final de gayola que merece por mechera intergaláctica. Los sindicalistas eternos, millonarios intocables; los empresarios de pesca en acuarios nacionales siempre con miedo a las grandes aguas; los académicos, científicos e investigadores pegados a sus puestitos burocráticos invariablemente dispuestos a abrazar al líder a cambio de un brillito para el CV; los artistas del régimen que no entienden de números ni de leyes pero son tan sensibles que aplauden por las dudas al que quizás les tire una migaja y le pase puloil a sus egos en continuo estado de desesperación; los funcionarios funcionales a las valijas y bolsos, a las licitaciones amañadas, a la delación premiada por el trucho de más arriba; los legisladores envueltos en listas sábanas que venden su voto al mejor postor y el mejor postor siempre es el mismo; los periodistas que no preguntan por las dudas: todos ellos ya no sirven para nada. Muchas desgracias por los servicios prestados, córranse que hay que hacer un país y ustedes son el problema.

Tenemos la intuición de que la salida está ahí nomás. Que está todo el potencial desparramado entre los Andes y el Atlántico. Pero en ese laberinto de grandeza nos perdemos. Los países de la región pudieron acomodarse, ¿por qué nosotros no? ¿Somos especialmente malos? ¿Qué fue de nuestro orgullo? ¿Cómo se recupera? Creyéndonos posibles, quizás. En principio estaría bueno separar la paja del trigo. No somos todos iguales. No son todos iguales. ¿Cómo va a ser lo mismo el que roba que el que castiga al ladrón? ¿Cómo va a ser lo mismo el que hace una ley a medida de Cristóbal López que el que la denuncia? ¿Cómo va a ser lo mismo el que apaga el micrófono que el senador censurado? En julio, la curva de contagios en ciudad de Buenos Aires no superó el 20%; en el conurbano, superó el 140% ¿es lo mismo? Un intendente dice que transportan droga en ambulancias municipales y la gobernación bonaerense lo defiende ¿es lo mismo que derrumbar búnkeres? ¿Es lo mismo perseguir bandas delictivas y encarcelarlas que soltar a 4.000 delincuentes? ¿Es lo mismo dar de baja a 400 policías corruptos que reincorporarlos? ¿Es lo mismo auspiciar Portezuelo del Viento que vetarlo por cuestiones partidarias? ¿Es lo mismo garantizar una jubilación por ley que le gane a la inflación que bajarla en un 20 % y dejarla a los caprichos del emperador?

En un año hay elecciones.

Cada uno de nosotros sabe qué país quiere, qué país merece. Habrá quien se conforme con una canilla y una guía para un uso no sexista de la lengua en Aysa (Malena Coso acaba de presentarla) y habrá quien exija una tunelera. Habrá quien vote chorros y habrá quien vote a quienes los ponen presos. No es una condena, no es un destino, no es inevitable. Es una democracia en una república. En las manos de los votantes está la decisión de qué música bailará la murga entre 2021 y 2023

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