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2 de octubre de 2009
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CRITICA DE LA SEMANA

¿Qué le pasa a Jaque?

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<b> Por Marcelo Torrez (El Sol) </b> En la intimidad, Jaque sabe cuál es el problema, pero no da con la estrategia de ataque. No la encuentra o no lo dejan, pero la inacción lo hará naufragar. Hay resistencia a los cambios y se niegan los cambios, pero alguien de su entorno hace trascender que habrá cambios.

Los gobiernos se miden por sus resultados, éxitos o fracasos esencialmente; por lo que dejaron como estela imborrable para sus sucesores. Y también se recuerdan por sensaciones, es cierto, también.
Desde la recuperación democrática hasta ahora, nadie discute que la administración de Santiago Felipe Llaver se preció de ser la más austera y recatada, y en donde se hizo casi un culto de la ética, de la defensa de la institucionalidad y de propiedades muy enraizadas -pero de dudosa puesta en práctica- de nuestra república, como el federalismo.
Luego vino la etapa de los tres gobiernos sucesivos peronistas. Cada uno de ellos se las ingenió para no quedar eclipsado, ni por el anterior ni por lo que pudiera seguir. Quién duda de que José Octavio Bordón revolucionó para siempre la forma de comunicar los actos de gobierno, y aunque salpicado por los contratos sospechados con la multinacional IBM y la firma Codere, Bordón supo salir airoso y, hasta la aparición de Cobos, varios años después, resultó ser el gobernador mendocino con mayor trascendencia nacional. El "equipo de los mendocinos" se completaría con Rodolfo Gabrielli, un delfín del Pilo, y con Arturo Pedro Lafalla. Gabrielli, teniendo todo para instalarse en el exclusivo salón de los prohombres mendocinos, por las circunstancias históricas muy favorables con las que gobernó, se fue golpeado y con justeza: una provincia endeudada como nunca lo había estado y esa sensación extraña de que se gobernó a la marchanta, sin mucho apego a las formas y normas, fue la impronta de aquellos años. Pero así y todo, el envión de la primera época de los noventa le alcanzó para dejar en manos de otro peronista, Lafalla, la Gobernación.
Lafalla dejó una marca indeleble: su compromiso con la transparencia y el combate contra la corrupción que se había hecho metástasis. Abundó tanto en ese camino, persiguió tanto a sus funcionarios, que los terminó inmovilizando en muchas áreas. Fue él quien engendró al denominado "monje negro" de la actual gestión de Jaque, Alejandro Cazabán, a quien le encomendó la Inspección General, una oficina puesta a buscar corruptos, coimeros, y a cuidar la imagen de aquel gobierno. Claro que Lafalla se fue dejando un humo gris, por la transferencia de la Caja de Jubilaciones y el desastre de los bancos de Mendoza y de Previsión Social.
Roberto Iglesias y Julio Cobos representaron a la centenaria UCR. Fue la crisis financiera e institucional más aguda que haya vivido la provincia y el país (2001-2002) lo que paradójicamente le permitió al Mula pasar a la historia como un eximio piloto de tormentas. Ninguno como él hasta el momento. Mantuvo en pie la provincia, se pagaron los sueldos y a los proveedores, se mantuvo el funcionamiento de los hospitales y de los servicios, aunque la moneda usada fuese el Petrom. No se creció, pero se pasó con dignidad la debacle.
Cobos logró transformarse en el gobernador mendocino más famoso de la historia, por lejos. Y tiene todas las chances de convertirse en el primer presidente del país oriundo de estas tierras. La gestión que encabezó, sin embargo, dejó mucho que desear, especialmente en el área de la seguridad, alcanzando el récord de haber contado con cinco ministros de Seguridad con fracasos notables. Perdió las elecciones, pero su imagen nunca decayó y, junto a Kirchner, diagramó la Concertación, una maquinaria electoral que se esfumó en cuanto Cristina se impuso en las elecciones.
Y llegó Jaque. Parece estar claro que, con lo visto hasta ahora, el cetro bien ganado que ostenta Gabrielli puede cambiar de mano. Hay un dato objetivo, más allá del largo listado de hechos, de acciones y medidas de distinta naturaleza y acontecimientos que se pueden enumerar, como para presagiar ya que la actual administración es de las más escuálidas y grises de las que se tenga memoria. El dato es el de la pobreza, el de la exclusión. Hay informes estadísticos que están ubicando a la pobreza en 30 por ciento de la población. El gobierno de Jaque también tiene esos números pese a lo que dice el INDEC y sus mentirosas, burdas, e irrespetuosas planillas. Y esto es un aspecto para destacar de la actual administración, el no esconder o silenciar lo que se está viviendo en las afueras de la ciudad. Silvia Ruggeri, la ministra de
Desarrollo Humano y de quien se dice que está más afuera que adentro por cuestiones técnicas y políticas, es quien nunca ocultó los datos y con vergüenza ha dicho que un tercio de la población mendocina está dentro de esta desgracia que no permite oportunidades, ni salidas a la vista, ni mucho menos ánimo para despegar.
Lo que resulta paradigmático es que Jaque se ha dado cuenta de la situación, tiene un diagnóstico más que acertado y, sin embargo, adolece de iniciativa y quizás de coraje para iniciar la cruzada que vaya a rescatar a los pobres. La situación es más crítica que cuando Iglesias gobernaba la provincia, en medio del caos de comienzos de la década. Y es este aspecto el que puede condenar a la administración de Jaque en Mendoza y a la de Cristina Kirchner a nivel nacional. Imperdonable que con tantos recursos, con tantos años de crecimiento desde el 2003 hasta el 2008, hoy estemos en un estado de situación inaceptable, con tantos pobres y conflictos sociales a punto de estallar, desde Kraft hacia adelante. La Iglesia está advirtiendo sobre el avance de la pobreza, acusando al Estado nacional de haber violado el derecho de la dignidad de los ciudadanos.
En la intimidad, Jaque sabe cuál es el problema, pero no da con la estrategia de ataque. No la encuentra o no lo dejan, pero la inacción lo hará naufragar. Hay resistencia a los cambios y se niegan los cambios, pero alguien de su entorno hace trascender que habrá cambios. Idas y vueltas, amenazas de giros, de sacudidas, de volver a tirar las cartas y así se está desde hace dos años.
Demasiado tiempo para nada y muy poco tiempo para dilapidar todo.

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