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29 de octubre de 2019
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Opinión

¿Qué es y qué pasa con el PJ mendocino?

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La elección presidencial del domingo le confirmó a la principal fuerza opositora y, por ende, a sus dirigentes, que está en serios problemas para interpretar a la provincia.

Con Alberto Fernández, el peronismo ha vuelto al poder en la Nación. Pero, en Mendoza parece desvanecerse. La elección presidencial del domingo le confirmó a la principal fuerza opositora y, por ende, a sus dirigentes, que está en serios problemas para interpretar a la provincia de la que es parte, y lo que ocurre en las fronteras adentro de un territorio cuya población se viene inclinando, políticamente, por un proyecto integral de poder claramente opuesto a lo que el Partido Justicialista (PJ) está representando.

El PJ del momento tiene a la senadora Anabel Fernández Sagasti como su máxima figura hacia el norte provincial, mientras que en el Sur se mantiene firme la influencia del intendente de San Rafael, Emir Félix, el único que ha podido, de alguna manera, salvar la ropa ante la avanzada radical. Los datos del domingo están mostrando lo dura que ha sido la batalla en aquel departamento, una suerte de atalaya de todo el Sur y de los más importantes económica y culturalmente de la provincia: Alberto Fernández está perdiendo en esa comuna por 400 votos, mientras que en el tramo de diputados nacionales, los candidatos del peronismo llevan la delantera por no más de 150 votos cuando restan contabilizar los votos de cuatro urnas, un resultado que recién se conocerá con el recuento definitivo de los sufragios.

Pero, fuera de ese hecho particular, ambos, Fernández Sagasti y Félix, son los únicos dirigentes en pie y visibles de un peronismo que hace años no levanta cabeza y que deambula a los tumbos sin un proyecto claro sobre la provincia. El peronismo no esperaba perder en Mendoza, ni mucho menos que la derrota tuviese esa magnitud. Sin embargo, hay distintas visiones, desde dentro de sus filas, que explican de modo diferente una crisis que comenzó a evidenciarse casi en el mismo momento en que Francisco Pérez, su último gobernador, alcanzaba el poder.

Una mirada apunta a que el PJ quedó huérfano y comenzó a precipitarse cuesta abajo con la muerte de aquel histórico operador Juan Carlos Chueco Mazzón. El Chueco no sólo financiaba las campañas provinciales desde su oficina en la Casa Rosada durante los gobiernos de Menem, Duhalde, Kirchner y Cristina, sino que también diseñaba la estrategia de poder para alcanzarlo o mantenerse en el mismo. Hasta el candidato que debía definirse para defender el movimiento era el que señalaba su dedo.

Mientras los intendentes reinaban en sus territorios y se mantenían fuertes y poderosos, el Chueco influía fuertemente en quién sería el señalado para disputarle el poder a los radicales. De igual manera, esa estrategia generalmente exitosa se terminaba con la elección en cuestión, ganando o perdiendo. Como el gobernador, sin reelección, es un funcionario con poder finito, el poder dentro del peronismo siempre pareció estar del lado de la fuerza territorial de los intendentes y ninguno de ellos, cuando emergió, pudo embanderarse detrás de un proyecto provincial que sedujera al resto de los mendocinos. No obstante ello, hay que decir, el único proceso político nacido en Mendoza que perduró y que, incluso, trascendió las fronteras de la provincia pisando fuerte en la Nación lo encabezó uno de extracción peronista: fue el “equipo de los mendocinos” de la famosa Naranja, la agrupación interna que gobernó al peronismo y a Mendoza durante los años 90; la misma de donde surgieron tres gobernadores e, incluso, uno de ellos, el mentor del sector, José Octavio Bordón, llegó a cosechar 5 millones de votos a nivel nacional en aquella aventura presidencial de 1995.

Luego de aquel período, el peronismo nunca más logró alcanzar una época de bonanza ni siquiera similar. Celso Jaque y Pérez fueron los últimos gobernadores, y el peronismo todavía no ha logrado desembarazarse de la mala experiencia dejada por el último.

La otra mirada de la crisis que deambula por el PJ es un tanto más benévola y, a la vez, encierra una visión de un futuro algo más promisorio. Es la posición del sector de la actual conducción que recae en la senadora nacional Anabel Fernández Sagasti. Este sector, el de La Cámpora, fuertemente ligado a Cristina Fernández de Kirchner, evalúa que hace diez años no existía, lo que es literalmente así. La Cámpora recién nació como el brazo joven del kirchnerismo con la muerte misma del líder Néstor Kirchner, el 27 de octubre del 2010. Lo que sigue es más conocido: Anabel es señalada por Cristina para alcanzar una diputación nacional en el 2011, cuando nadie la registraba. Y hasta cinco años atrás, los intendentes, los caciques del peronismo provincial, ni siquiera invitaban a sus reuniones a los representantes de la agrupación. Tras ganar la interna, el kirchnerismo se hace cargo de la conducción mientras los intendentes van perdiendo paulatinamente sus territorios y su propia influencia. Con Anabel Fernández Sagasti, este sector del peronismo piensa reconstruir las chances del movimiento para transformarlo en competitivo y confiable. En la mente está el 2023.

Pero, la necesidad imperiosa del peronismo para llegar a ese objetivo está en encontrar o descubrir un proyecto de provincia que hoy no tiene. En los últimos años ha danzado al ritmo del radicalismo conducido por Alfredo Cornejo. No es clara y, además, está llena de contradicciones su posición respecto de la economía, del endeudamiento, de la matriz económica en general, del rumbo de la vitivinicultura, de la minería, de las energías renovables, de la infraestructura y del propio Estado. La respuesta peronista, en general, a estos debates de los últimos años, salvo algunas y precisas excepciones, ha sido la persistente y constante oposición a lo que impulsó el oficialismo.

Esa estrategia parece haber sido errónea y para nada efectiva, cuando buena parte de la ciudadanía, la que en el pasado se entregó a las iniciativas peronistas confiándole la conducción provincial a sus referentes, puede llegar a interpretar que se trata de una postura falsa, ficticia, que responde más a una posición teatralizada producida y agravada por esas cuestiones de la grieta, que por lo que el movimiento y sus dirigentes piensan en el fondo.

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