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26 de noviembre de 2019
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Opinión

Próvolo y el caso de una Iglesia que aún no da indicios de asimilar el golpe

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Hace varios años que la Iglesia a nivel global dice estar abocada y concentrada en combatir los abusos de los curas. Pero no da garantías de que de verdad se está detrás de ese objetivo.

Apenas conocida la sentencia histórica en el caso del instituto Próvolo, aquella por la cual en la Justicia mendocina se terminó condenando a los curas Horacio Corbacho y Nicola Corradi a 45 y 42 años de prisión, respectivamente, y al jardinero Armando Gómez a 18, la Iglesia mendocina emitió un comunicado en el que confiesa sentirse “dolida y desconcertada” por los hechos aberrantes cometidos en ese establecimiento educativo que estaba bajo su jurisdicción y que se ventilaron desde que arrancara el juicio en los primeros días de agosto. Tras cartón y por medio del mismo comunicado, la iglesia transmitió su “solidaridad” con las víctimas y sus familiares “quienes han denunciado –se agrega en el escrito– haber sufrido las más aberrantes vejaciones”.

Por la forma y el estilo en el que fue redactado el texto, es evidente, o al menos eso parece ser, que la Iglesia mendocina aún no termina de darles crédito ya no sólo a las denuncias, sino a la propia resolución de la Justicia, a la que se llegó luego de casi tres años de investigaciones. El fiscal Gustavo Stroppiana, el magistrado que lideró una profusa investigación, en más de una oportunidad les ha manifestado a los medios que siguieron de cerca, día tras día, las instancias de la instrucción y del mismo juicio, que la Iglesia nunca le acercó el resultado de sus propias pesquisas ni tampoco el contenido de ese juicio eclesiástico o canónico que la misma Iglesia sostiene que se ha ido sustanciando en el Vaticano, de forma paralela al trabajo de la Justicia penal ordinaria de Mendoza.

Cuando directamente no se ha desentendido de este tipo de denuncias, en otras se ha dispuesto el traslado del religioso involucrado o denunciado en esta clase de actos que han perseguido a la Iglesia en casi todos los continentes. Corradi se transformó en un ejemplo de ese accionar: hasta fines de los años 60 se desempeñó en el Próvolo de Verona, en Italia, en donde recibió las primeras denuncias de abuso sexual en su contra. Luego pasó a una sede del mismo instituto, pero ya en La Plata, en Buenos Aires, donde también dejó una estela de actos aberrantes que todavía se encuentran bajo investigación, hasta que recaló en Mendoza donde, finalmente, terminó siendo condenado cuando ya ha superado los 80 años de vida.

Hace varios años que la Iglesia a nivel global y con sus tiempos, los que evidentemente no son los del resto de la sociedad, dice estar abocada y concentrada en combatir lo que ya es un flagelo que la persigue en todas direcciones. Pero, lo que no ha logrado, incluso con las intervenciones del papa Francisco y sus promesas de ir al hueso para castigar con la máxima pena a los curas no sólo abusadores, sino también pedófilos, es darles garantía a sus seguidores y fieles diseminados en el mundo entero de que de verdad se está detrás de ese objetivo.

En el comunicado de ayer, la Iglesia mendocina confesó sentirse desafiada “a seguir trabajando para evitar que estas situaciones se repitan. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor; por eso, urge reafirmar nuestro compromiso con la prevención, la transparencia, la verdad y la justicia para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad”.

Pero, parece que no alcanza con tales manifestaciones. Globalmente, la Iglesia conducida por el argentino Jorge Bergoglio no cuenta con un registro acabado que unifique lo que ha venido sucediendo en las diferentes diócesis diseminadas a lo largo y ancho del globo. Los registros reflejan los datos de algunas diócesis, por separado. De la Argentina aún no hay información fehaciente.

Lo cierto es que, durante los últimos treinta años, la Iglesia ha sido sistemáticamente sacudida por escándalos de abuso sexual. Alemania, Estados Unidos (en varias oportunidades), Austria, Irlanda, Países Bajos, España, Brasil, Suiza, República Dominicana y Australia han sido los países en donde los escándalos de abuso sexual y otras aberraciones cometidas por religiosos católicos más trascendencia han tenido.

En agosto del año pasado y luego de que el mundo se estremeciera al salir a la luz el caso de más de mil chicos abusados por curas en Pensilvania, Estados Unidos, el papa Francisco hacía la primera autocrítica de fondo sobre estos hechos, por medio de una carta enviada especialmente a la Justicia que investigó el caso. Fue quizás el año más duro de la Iglesia en torno a los hechos de abusos cometidos por los religiosos. Dijo el Papa, en aquel escrito: “Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no sólo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse”.

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