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26 de noviembre de 2009
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ANTOLOGÍA DE POESÍA MENDOCINA

Promiscuos & Promisorios

El viernes 27 de noviembre en los jardines del Museo del Área Fundacional se hará la presentación de esta compilación de poemas de autores locales a las 21, en compañía de los escritores y músicos invitados.

    “La poesía entra en el sueño/ como un buzo muerto/ en el ojo de Dios”, dice Roberto Bolaño en su poema Resurrección y así resume el quehacer clarividente e inaugural del poeta. En tal sentido, una antología de poemas es, en primera instancia, una osadía, una transgresión, no sólo en estos tiempos prosaicos que corren, sino en cualquier tiempo. Un libro de poemas, además, es una celebración del hombre.

    La poesía bucea en el saber y la experiencia de lo trascendente, sin importar que verse sobre el barrio, el Tajamar, San Rafael, nuestra bicicleta, los cosechadores o una muñequita chocadora, pues siempre, en lo que refiere, dice algo más, se remonta a lo universal y a la desgarradura humana y, por eso, es –como está anunciado desde el título de esta colección– promiscua y promisoria.

    Promiscua, ya que interviene en ella la mezcla, la confusión y el doble sentido –primera acepción de la palabra– y porque al promiscuar se come lo prohibido y participa de lo múltiple y de lo opuesto, en un ritual que desafía los límites establecidos por nuestra mezquina individualidad. Pero, dado que la poesía es primordialmente develamiento, el buen lector no se deja engañar por aparentes confusiones y presiente que en el seno de la palabra poética yace la promesa de establecer un orden, trazar un mapa, arriesgar un intento de integración que involucra en un doble flujo tanto al poeta como al lector. Por eso, es promiscua y promisoria.

    PALABRAS DE DIONISIO. Como si no bastara el título del libro para imantar al distraído, sucede que en esta antología hay catorce poetas (no nos tentemos con simbologías numéricas ni efluvios pitagóricos) y, además, los convoca un singular compilador, Dionisio Salas Astorga –¡vaya nombrecito promiscuo! (y promisorio)– quien desde las notas preliminares y la contratapa nos advierte que la urgencia de los antologados (nacidos entre el 60 y el 79) “pasa por el agujero negro en que se ha convertido el mundo”, que “los une la corrupción de la lectura y el amor por otros escritores como ellos”, que “son casi todos nihilistas” que “empezaron a publicar en fotocopias amarillas y echaron a andar editoriales independientes”, que “se volvieron cíclicos y elefantiásicos y hoy llenan de atriles y cerveza la vieja Alameda para proclamar su lealtad a la poesía”.

    Sin embargo, adelanta que “la poesía mendocina nunca estuvo más a salvo en este mundo al que no le interesa la poesía. Un oficio –el del poeta– que no le sirve a nadie, es un oficio de libertad e inteligencia”. Si estos poetas mendocinos son “tipos especiales, viviendo vidas comunes y corrientes”, dedicados a la docencia y al periodismo, y atravesados por las contingencias de este mundo, el encuentro de las voces en estas páginas colectivas constituye, más allá de todo, la voluntad de evitar “que el tiempo y el azar rematen mañana el espacio literario de Mendoza. Y la vida de los que pensaron en sus calles”. Bajo esta perspectiva, “una antología es un canto de sirenas en la era del auricular”, remata Dionisio.

     PALABRAS DE LOS POETAS. Cada uno de los catorce (Bettina Ballarini, Patricia Rodón, Juan López, Rubén Valle, Claudio Rosales, Fabricio Capella, Darío Zangrandi, Fernando Toledo, Claudio Ferreyra Barro, Pablo Arabena, Hernán Schillagi, Débora Benacot, Eugenia Segura y Eliana Drajer) introduce sus textos con un ars poética que pauta las claves para transitar los poemas, desnuda intenciones y posiciones desde las cuales se proyectan estos seres en el oficio y en el mundo.

    En conjunto, estos manifiestos teorizan una miscelánea de decires líricos que va desde lo íntimo hasta lo social, desde la indagación metapoética hasta el cuestionamiento de los presupuestos del género, desde la ironía y el escepticismo hasta la tristeza metafísica o descarnada, desde el breve y lúcido aforismo hasta el desborde del poema río. Así, Juan López vislumbra una tensión entre dos estéticas (de la mostración y de la comunicación) pero es la segunda la que se ocupa de “abrir y despertar; ver más acá del más allá y viceversa y además de preguntar, se esfuerza en la búsqueda de una mínima certeza, aunque al final de cuentas fracase”.

    La suya es una poesía apelativa, en comunicación con el otro, en sintonía con el dolor del hombre de a pie, ocupada de desnudar las contradicciones y engaños de las falsas comodidades. En tanto que para Fernando Toledo, la poesía es “callada traducción musical del pensamiento. Para no hundirse en el murmullo ilegible del mundo”, y por ello sus versos se repliegan en la incertidumbre íntima.

    Algo similar a lo que expresa Claudio Ferreira Barro: “Yo escribo la duda sobre todo, porque es un signo prejuicioso de locura, y si quien duda está loco, quien posee la certeza está enfermo de crueldad”. Y, quizás, quienes más abiertamente analizan la interrelación autor-poema-lector sean, por un lado, Hernán Schillagi, cuando aclara: “Leer un poema no es una abstracción y mucho menos una evasión de la vida cotidiana; sino que es una herramienta aguda para poder observar las profundidades de aquello que nos quieren ocultar o volver confuso”; y por otro, Eugenia Segura, que proclama: “Leer es un acto de amor rarísimo: dejar la vida propia para entrar a ese mundo-otro que alguien emitió. Escribir es dar con el ritmo de las palabras otra consistencia al tiempo ajeno, insertarse por un rato en quién sabe qué vidas, arrojarse a una página blanca: ese otro acto de amor que nos enfrenta con la propia muerte”.

    Y también, la poesía es conjuro contra lo perecedero, en Patricia Rodón, cuya poética se resume en una enumeración de “los misterios que merecen ser salvados” y, en definitiva, en todos estos poetas que aventuran sus palabras crudas, violentas, melancólicas, combativas, descarnadas, nostálgicas, dolientes, desnudas y musicales como quien tiende una mano o construye un puente.

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