access_time 12:15
|
2 de marzo de 2017
|
Punto de vista

Postal de la decadencia: de barrios de clase media a tierra de nadie

https://elsol-compress.s3-accelerate.amazonaws.com/imagenes/001/170/765/001170765.jpg

<p>Luzuriaga&nbsp;es s&iacute;mbolo de barrios de clase media. Se est&aacute; convirtiendo en&nbsp;zona de robos, venta de droga, guerra de bandas.&nbsp;Los vecinos resisten, pero nadie los ayuda.&nbsp;</p>

​Luzuriaga, en Maipú, es apenas un distrito pequeño pero símbolo de una clase media que tiende a desaparecer. Parte de los barrios más tradicionales del departamento están afincados allí desde la época en que la Ciudad de Mendoza todavía parecía lejana y había que tomarse el 16 de El Cacique o el 15 de la TAC para, después de media hora, poder llegar al centro.

Son todos conglomerados ubicados a la vera del viejo carril Urquiza (hoy Gabrielli) y Sarmiento. Así, en orden, se pueden encontrar los barrios San Eduardo, Municipal, Ferroviario, Jardín, Antártida. Aún, a pesar de los años y de los arreglos que cada uno hizo, las viviendas siguen pareciéndose. Las direcciones son por calle y numeración, pero los vecinos siguen identificándose entre ellos por las letras de las manzanas y los número de las casas. O simplemente por el apellido. Porque a pesar de que viven cientos de familias, las caras siempre resultan conocidas.

Vivir en esos barrios siempre fue una cuestión de identidad. De partidos de fútbol en canchitas improvisadas. De juntadas en las calles; del orgullo de tener una plaza y de trasnoches tomando la fresca sentados en la vereda.

Son barrios sin secretos. No porque quienes vivan allí sean chusmas, sino porque llevan mucho tiempo juntos. El mercadito está en el lugar de siempre, igual que la farmacia, la panadería, la verdulería y los quiosquitos. Incluso, quienes ya no tienen comercios sigue con el karma a cuestas. Allá vive el que tenía la mercería, allá estaba la ferretería y ahí la gomería. Como si fuera un operativo de seguridad ciudadana, cada uno sabe cuáles son las casas de los médicos. Porque, ante cualquier urgencia, se puede recurrir a ellos.

El avance urbanístico fue notable y llegó de la mano del deterioro social de los últimos 20 años.

Del mismo modo, ahora todos saben quiénes roban, quiénes guardan bagayos, quiénes venden droga y quiénes consumen en las plazas y en las esquinas. Entre estos últimos, comparten roles. No hay grandes dealers. Por lo general, llega uno en auto o en motito, reparte para que consuman y para que, además vendan en los barrios. Y se van. Todos saben quiénes son. Nadie los denuncia, claro. En el inconsciente colectivo está instalado que existe connivencia policial.

De ahí, a que un nuevo vendedor pretenda entrar en el mercado y se produzca una guerra de bandas, es cuestión de suerte. Justamente, hace unas semanas, hubo una pelea y persecución en motos y en autos por la zona, y un chico terminó apuñalado.

Luzuriaga es, tal vez, la imagen de la decadencia de estos tiempos. Quienes se fueron hace años de allí miran con nostalgia lo que ya no es. Los que se quedaron, lo sufren. No entienden cómo esas calles llenas de gente a toda hora se convirtieron en zona de guerra entre bandas, con robos a toda hora, en todo lugar y en todas las modalidades… en territorio narco. Los vecinos resisten.

El tema no es nuevo y tampoco debería sorprender a las autoridades; ni a las municipales ni a las provinciales. De hecho, el intendente Alejandro Bermejo vive en un barrio privado erigido en el lugar. Mucho menos para el Ministerio de Seguridad: desde hace un tiempo a esta parte, hubo reclamos puntuales, reuniones de vecinos con comisarios y mensajes concretos a la cúpula política.

En los últimos diez años, varios capos narco cayeron en esos barrios. Sus detenciones respondieron a operativos federales y los secuestros de droga fueron en otros departamentos. Lo llamativo es que nunca nadie se interesó en saber por qué se ocultaban en esas casas. No es algo que llamara la atención de la Policía Federal, de la Policía de Seguridad Aeroportuaria o de la Gendarmería. Pero la duda, mínimamente, se debería haber instalado en la Policía de Mendoza.

Tampoco se trata de una zona liberada. Sería una deslealtad decirlo. Porque policías hay, eh. Se los ve andar en bici, patrullar de a pie. Pero está claro que miran para otro lado o no tienen la experiencia necesaria para hacer tareas preventivas. Porque los hechos ocurren tan cerca de ellos, que asusta. 

Comentarios de la nota

Últimas noticias

© Copyright 2017. Cuyo Servycom S.A.