El 1 de octubre del 2012 hallaron a un hombre asesinado en un silo abandonado del oeste de Godoy Cruz, en pleno piedemonte. A la víctima, Rubén Cáceres, la identificaron gracias a sus tatuajes en la espalda. La habían quemado y cortado la cabeza para colocársela entre las piernas.

Ese hecho marcó un antes y un después en la investigación contra la jefa narco de los barrios del oeste, Sandra Jaquelina Vargas. Sus soldaditos o angelitos habían perpetrado ese hecho de sangre en un ajuste de cuentas por temas de drogas. Si bien creen que se equivocaron de víctima, al cadáver de Cáceres, antes de depositarlo en ese lugar subterráneo, oscuro y profundo, lo pasearon como un trofeo en un auto por el asentamiento Campo Papa. 

Este miércoles por la mañana, un puestero de la zona halló en un canal de calles Proyectada y Prolongación de Totoral, detrás del cementerio privado Los Andes Memorial, encontró otro cuerpo carbonizado debajo de un puente de concreto. Se trató de un joven de entre 15 y 25 años. Se creía que era un indigente que murió al intentar calefaccionarse, sin embargo, fue un asesinato. Le faltaban las dos piernas y el brazo izquierdo, confiaron fuentes consultadas por este diario.

 

Para los detectives que trabajan estos casos, se trató de un crimen vinculado a un ajuste de cuentas por temas drogas, de allí el paralelismo con el homicidio de Cáceres. Es más, hasta contaron que otra vez la gente que responde a la Yaqui Vargas, la que quedó libre y sigue moviéndose en la zona, podría estar vinculada a este hecho. 

Sospechan, la víctima de este nuevo hecho de sangre sería pariente de una familia que mantiene una rivalidad  desde hace años con la jefa narco, actualmente condenada y en la cárcel por venta de drogas, lavado de activos y asociación ilícita.

El puestero, domiciliado a unos 300 metros de la zona del hallazgo, en un sector conocido como Pajaritos Viejos, contó a los sabuesos que caminaba por una de las citadas calles cuando sintió que una jauría de perros gruñía debajo de un puente.

Se paró y se dirigió hasta ese sector. Una vez que se agachó, observó que los canes comían parte del cuerpo de una persona. El testigo, y otras personas que llegaron atraídas por la curiosidad, llamaron al 911 y un grupo de policías de la Comisaría 40ª llegó hasta la escena. 

Confirmaron que se trataba del cadáver de un varón y dieron aviso a la Fiscalía de Homicidios. El fiscal Gustavo Pirrello se hizo cargo de las actuaciones y, de acuerdo con un adelanto del personal de Policía Científica, el hombre fue asesinado.

Presentaba algunas lesiones cortantes en el cuero cabelludo, una de las pocas partes del cuerpo que podían ser analizadas a simple vista, debido a que el fuego tapó cualquier tipo de evidencia y los perros habían comido gran parte del mismo.  

La hipótesis sostiene que a la víctima la mataron en otro lugar y la depositaron en el canal. Luego, la prendieron fuego para, justamente, borrar cualquier tipo de pruebas. 

Policía Científica levantó el cadáver y lo trasladó hasta el Cuerpo Médico Forense, para realizar la correspondiente necropsia. Uno de los objetivos era poder determinar las causas del deceso. Otra, poder identificar el cuerpo.

Se iban a analizar las denuncias por averiguación de paradero y también citar a algunos testigos. Si bien existían sospechan de que podría tratarse de un joven del oeste godoicruceño vinculado a bandas criminales, los investigadores se mostraron cautos para estar 100 por ciento seguros.