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30 de septiembre de 2009
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OPINIÓN

Oposición, medios y razones (por Ernesto Espeche)

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El debate público sobre el proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual puede leerse como resultado de los cambios que alteran la relación existente desde 1976 entre Estado-sociedad-mercado.

El debate público sobre el proyecto de ley de servicios de comunicación audiovisual puede leerse como resultado de los cambios que alteran la relación existente desde 1976 entre Estado-sociedad-mercado. Su interpretación estratégica supone, para el campo popular, superar el posibilismo conformista, el purismo que aleja del campo de batalla y el mediocentrismo de ver los medios de comunicación como un fin en sí mismo. Estas tendencias son resabios del tiempo en que el apogeo neoliberal obligaba a una reacción defensiva. Hoy en la región, los pueblos están a la ofensiva.

El decreto-ley de radiodifusión, sancionado por el genocidio dictatorial y modificado en los 90, se nutrió de la matriz concentradora y antidemocrática del neoliberalismo. Fue el instrumento más eficaz de las clases dominantes para promover escenarios favorables a sus intereses.

Los medios concentrados en la esfera del Gobierno militar, y aquellos privados que sostuvieron sus políticas, intentaron legitimar socialmente el terrorismo de Estado. El uso de la fuerza nunca se despliega sin espacios de consentimiento colectivo, es una ingenuidad suponer que la dictadura sólo se valió de la represión para organizar la versión vernácula de una nueva etapa capitalista global.

Las transformaciones implantadas durante el menemismo estuvieron precedidas por unas modificaciones a la Ley de Radiodifusión: con sólo tocar un par de incisos se trasladó hacia el mercado el monopolio del principal productor de consensos. Pero no cambió lo esencial: desde 1976, el Estado quedó subordinado al mercado, proceso necesario para el desarrollo del proyecto neoconservador. Los nacientes multimedios fueron la anestesia para la cirugía mayor que impuso las políticas más regresivas de nuestra historia. ¿Cómo? El poder concentrado se adueñó del medio de producción por excelencia: la manufactura del consenso social. Multiplicó su capacidad de convertir su parcialidad en valor universal, es decir, que sus intereses sectoriales sean asumidos como propios por el resto de los sectores. Esa práctica, presente en los orígenes de la burguesía revolucionaria del siglo XVIII, gozó del impacto de los avances tecnológicos desde hace 20 años en materia de comunicación masiva. Esto generó la licuación de la política, entendida como el escenario en el cual se desarrollan las disputas de intereses que convergen en una sociedad. Pues bien, ese escenario se desplazó de la calle a los sets televisivos. La eficacia de esa herramienta radica en una ecuación infalible: a mayor desarticulación del tejido social, mayor capacidad de influencia de los discursos mediáticos. Concentración mediática y desorganización social se vinculan dialécticamente y responden a la misma dinámica de reproducción del orden establecido. Podríamos pensar, entonces, que una posible desconcentración de los medios tendría efectos inmediatos en la densidad de la organización
colectiva, pero no es mecánico.

Lo anterior debe analizarse como parte de un proceso histórico complejo. La crisis integral del sistema capitalista en su etapa neoliberal se hizo visible en los últimos meses, pero comenzó hace más de treinta años, y expresa la paradoja de que la formidable expansión de la especulación financiera a escala planetaria sea el principal rasgo de la senilidad del propio sistema. Y la concentración mediática no se desarrolló fuera de esta lógica. He aquí el carácter estratégico de debatir la regulación de la comunicación. Toda crisis supone confrontación al interior del sistema de poder. En Argentina se sucedieron estos escenarios en la posguerra de Malvinas, en la hiperinflación de finales de los 80 y en el comienzo del nuevo milenio. Las salidas de esas crisis significaron cambios en las relaciones de fuerza del bloque histórico, pero también la incapacidad de los sectores populares de construir una alternativa política.

Hoy, la salida hegemónica no está resuelta. La oposición política no logra articular una alternativa real al Gobierno y este, lejos de ceder ante la derecha, profundiza políticas de ruptura con las bases del consenso neoliberal.

Ante el proyecto de ley en cuestión, las corporaciones mediáticas actuaron a la defensiva con una frontal explicitación de sus intereses profundos. Pasaron del ocultamiento sutil a la propaganda enardecida, abandonaron en parte el habitual discurso engañoso de la neutralidad y desnudaron su faceta del golpismo destituyente, del poderoso actor político. Pero existe una premisa inapelable en la historia universal de la dominación: el nivel de eficacia de una acción manipulatoria disminuye cuando se transparentan sus objetivos. Esto es un síntoma de la relevancia de todo lo que está en juego. Así se comportaron en Venezuela con la revolución bolivariana, en Bolivia desde la asunción de Evo Morales, y así será cada vez que deban sostener los privilegios que representan.

Con el proyecto de ley en el parlamento, el poder económico radicalizó su oposición al Gobierno nacional y utilizó todo el sistema de medios. Hablan de “ley mordaza” o “ley K de control de medios”, y el clima mediático antigubernamental se remonta al mal llamado “conflicto del campo”, a la re-estatización de los fondos previsionales, a la recuperación de Aerolíneas Argentinas y toda medida que se aparte de los límites aceptables por el establecimiento.

La línea editorial del principal multimedios ha expresado lo ocurrido con buena parte del bloque de poder: salió beneficiado de la crisis del 2001 y, en consecuencia, manifestó apoyo al gobierno de Eduardo Duhalde y a Kirchner en los primeros años. En ese lapso de bonanza económica, Clarín logró salvarse de una inminente quiebra, concentrar más señales y renovar licencias. Desde entonces, apuesta por un recambio en la Rosada.

Pero la administración de la crisis internacional que hace el Gobierno nacional dista de ser la esperada por los grandes empresarios o la oligarquía agroexportadora, proclives a una restauración conservadora.

La oposición montó su estrategia en la reiteración automática del “consenso” cobista, que no sería la superación dialéctica del conflicto de intereses, sino su negación en beneficio de lo establecido. Es heredero del mito de la pacificación nacional, tantas veces recuperado y resignificado por las clases dominantes para la resolución ficticia de los conflictos reales.

Reiteremos que este proyecto no nace de las entrañas del Gobierno, tiene años de elaboración en la Coalición para una Radiodifusión Democrática. Los 21 puntos son un ejemplo de articulación amplia en su conformación y profunda en su contenido. Con autonomía del Gobierno recogió años de demandas de democratización y supo contener a los sectores más dinámicos del kirchnerismo.

Esta articulación plural influyó en un aspecto que, filosóficamente, golpea en el núcleo del proyecto neoliberal: visibiliza el conflicto. La propuesta alumbra las diferencias y promueve la redistribución de la palabra, al reconocer que la comunicación es un derecho humano a informar y estar informados sobre una realidad que no es unívoca, sino que puede interpretarse de modos distintos según los intereses diferenciados.

Pero no se trata de que existan más medios y que estos remplacen la organización social. Los medios de las organizaciones sociales deberían pensarse desde el objetivo de recomponer el tejido social como premisa de la batalla cultural. Argentina no podrá avanzar en sus tareas sin configurar un escenario político, cultural e ideológico favorable. Los medios son un instrumento de organización para el campo popular y de desorganización colectiva en manos del capital concentrado. Tenemos la posibilidad de expropiarle al mercado su monopólica fábrica de consensos. Es hora de socializarla, democratizarla, desconcentrarla, para devolver a la política a su escenario natural, el del conflicto.

*Director de la carrera de Comunicación Social de la UNCuyo.

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