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13 de octubre de 2021
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Opinión

“Volver distintos, volver mejores”

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Aníbal Fernández, el actual ministro de Seguridad de la Nación, se ha convertido en la más clara demostración de que al cuarto gobierno kirchnerista, el de Alberto Fernández y Cristina Fernández, le está costando horrores cumplir con aquella afirmación de que todo el elenco que hoy conduce el país hiciera propia con el paso del tiempo, pero que en realidad se tratara de una promesa, de una expresión de deseos o de una estrafalaria declaración, lanzada por uno de los más importantes referentes del equipo que lidera la vicepresidenta, Axel Kicillof.

“Les quiero agradecer por las críticas que hicieron, entendimos y vamos a volver distintos, vamos a volver mejores, somos otra cosa” decía Kicillof el 9 de agosto del 2019 en Merlo, en la provincia de Buenos Aires, junto a Cristina y Verónica Magario, en el cierre de las PASO que marcarían el destino perdidoso del gobierno de Cambiemos, con un resultado electoral que además sepultaría las chances de reelección del por entonces Mauricio Macri, como ya muchos imaginaban.

Desde aquellas elecciones, sumando las definitivas de octubre del 2019, mucho se ha analizado y estudiado sobre las motivaciones que condujeron a unos cuantos millones de argentinos a votar una vez más por el kirchnerismo, cuando cuatro años antes se habían inclinado por Macri.

Desde la crisis desatada en el 2018; de una situación económica que nunca logró ser domada por el nuevo gobierno; de la falta de respuestas y de horizontes promisorios para los sectores medios que habían soportado en sus espaldas el costo del ajuste que se había implementado, con aumentos de tarifas y esa salida sin un plan de contención o de mitigación del sistema de subsidios que se ordenó de un día para otro, hasta la derrota abrupta en la batalla contra la inflación y el aumento de precios. Eso y mucho más se ha aventurado entre los múltiples y variados motivos que terminan explicando el porqué de aquella derrota de Macri a manos de lo que sería un nuevo kirchnerismo.

Ese supuesto nuevo kirchnerismo, el que describía Kicillof como candidato en Buenos Aires, pero que había comenzado a gestar mucho antes la ex presidenta cuando imaginó que con ella al frente no se ganaría, pero que sin ella tampoco y que para completar la oferta victoriosa debía llamar a un moderado que diera garantías absolutas, tanto como que hasta algunas horas atrás había sido uno de los críticos más descarnados de sus anteriores gobiernos, de su estilo, de sus modos y de todo ese costado oscuro en la administración de los recursos públicos que sigue investigando la Justicia y de lo que no ha dicho nada todavía.

Con ironía, los sectores que siempre han sido críticos del Gobierno toman aquel dicho de Kicillof para ratificar que, en verdad, el nuevo kirchnerismo llegó mejor de lo que había mostrado hasta entonces. “Volvieron mejores, no para construir sino para destruir”, dijo hace poco Macri, cuando le pidieron una evaluación sobre los primeros dos años de gobierno de Fernández y a poco de dejar atrás los efectos más duros de la pandemia de coronavirus.

Pero, sin poner la lupa sobre los defectos de la gestión, las políticas erradas o equivocadas que se han asumido, la vuelta sobre modelos de conducción de la economía ya probados y fracasados, el gasto público desmedido y dirigido a una asistencia social que no ha sacado de la pobreza a los millones de personas que reciben ayuda estatal y reclaman un mundo mejor para cada una de ellas, está claro que esta nueva versión de un modelo que ya gobernó por catorce años al país ha agudizado y profundizado uno de los peores perfiles que siempre mostró: la intolerancia y la prepotencia, sumadas a la intimidación y al apriete sobre las voces críticas que se han levantado en su contra, como ocurre con cualquier gobierno y en cualquier democracia que se precie de tal.

Se trata de un sistema que no cree en las libertades. Se hostiga, se persigue, se busca silenciar y acallar; un método que alimenta permanentes ciberpatrullajes en las redes y en todas las plataformas que se precien y que da pie a la militancia fanatizada, que sólo escucha lo que quiere escuchar y que sólo ve lo que quiere ver, y no lo que es en verdad. Y, cuando se intimida y se amenaza desde el poder, ya se sabe cuál es o puede ser el desenlace de semejante desatino.

¿Para qué llegó Aníbal Fernández al Gobierno? Sólo el presidente podría responderlo. Quizá se esté apuntando al voto propio y a evitar fugas en las filas propias. Porque, difícil parece ser que haya sido para mejorar el sistema de seguridad del país y para ser uno de los hombres fuertes del Gobierno que convoquen a un acuerdo, a una tregua en la guerra de la grieta o a la construcción de un clima que baje las tensiones y en el que se permita todo lo necesario para imaginar un estado de cosas mejor. Eso, que se pide y se declama, es cierto, parece ya cada vez más lejano e improbable que se termine dando, salvo que se crea en los milagros.

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