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19 de noviembre de 2021
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Opinión

Un sistema educativo colaborativo, ágil y que cautive a los jóvenes

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El rector Universidad Champagnat da una visión sobre los desafíos pos pandemia.

Todos los que tenemos responsabilidad sobre el sistema educativo argentino debemos hacer un gran esfuerzo para no salir de la pandemia con amnesia, como si no hubiera ocurrido nada, y retornar a las prácticas habituales de los distintos niveles. Los desafíos globales son de tal magnitud, que es imposible abordarlos desde la individualidad de una institución. Hay que reaprender a interpelar a las nuevas generaciones, en un contexto de mucha incertidumbre y de cambios acelerados. Un buen liderazgo en materia educativa hoy, tiene que comprender que, así como los cultivos se siembran buscando asociaciones positivas que los potencien entre sí, también en la educación hay que trabajar con marcos colaborativos entre niveles e instituciones para dar mejores respuestas al mundo post covid.

La pandemia dejó en evidencia que los problemas actuales no son de resolución autónoma. Ninguna nación podría dar por terminado el brote del virus si sus vecinos tampoco lo hacen, porque las soluciones individuales en la mayoría de los casos no alcanzaron. Por más que fuese un país con el exuberante volumen de recursos para autosustentar una respuesta integral, si el virus avanza desmedidamente a su alrededor, las soluciones intra-estado duran poco: nuevas cepas se desarrollan o nuevas olas jaquean constantemente su inmunidad. Las soluciones, incluso en términos de inoculación de vacunas, requirieron esfuerzos compartidos y coordinados.

Esto tiene que ser una enseñanza para quienes trabajamos en el campo de la educación. La introspección constante nos impide notar que los problemas que nosotros creemos que son plagas divinas que han sido misteriosamente volcadas sobre nuestras instituciones, en verdad son desafíos endémicos al sistema educativo, sobre los que todos estamos buscando soluciones. Y, lo más importante, sobre los que seguramente sean imposibles de abarcar desde una individualidad, así como sucedió en materia nacional e internacional con el covid.

La apatía de nuestros jóvenes, las dificultades en materia de actualización pedagógica y prácticas docentes, las nuevas formas de gestionar y administrar los recursos humanos, lo desfasado que nuestro sector quedó en términos salariales frente a rubros de la economía que se llevan nuestro capital humano, las enormes inversiones financieras que el salto tecnológico-digital nos impone, la vinculación con el entorno en clave pedagógica para que problemas de la realidad nutran nuestros programas y sus resoluciones tengan impacto en el contexto y sean aprendizajes sustantivos para nuestros estudiantes, etcétera. Todos estos grandes desafíos a los que nos enfrentamos seguirán permaneciendo allí, posiblemente, durante décadas, e incluso profundizándose, porque la propia dinámica de la sociedad se está transformando a velocidades inéditas.

Es nuestro deber como líderes educativos asociarnos en términos virtuosos para dar respuesta a este nuevo escenario: de lo contrario, las escuelas y universidades serán progresivamente lugares de menor atracción para nuestras juventudes. La educación puede mover a una nación, pero para eso primero tenemos que saber interpelar a las nuevas generaciones y convocar a que expandan sus talentos y creatividades.

En el plano universitario, estamos próximos a desarrollar en Mendoza, por primera vez, un Congreso interuniversitario de I+D+I, con la presencia de todas las universidades de la provincia, en sus máximas autoridades y, lo que es más importante, sus investigadores y becarios que expondrán sus trabajos en diversos campos de formación donde se especializan. Referentes de cada universidad podrán dar visibilidad a sus estudios en un espacio compartido por otros investigadores, para poner en diálogo avances científicos-tecnológicos, potenciar asociatividades y dar respuestas comunes a problemas generales.

La semilla de esta gran asociación de secretarías de investigación de nuestras universidades comenzó un mediodía, conversando con colegas de otras instituciones, donde definimos que debíamos asociarnos fuertemente en un territorio donde no tuviéramos competencias de corto plazo que bloquearan acciones de largo plazo. Nos pareció que nuestras secretarías de investigación eran espacios dinámicos, con alto impacto, pero que no estaban dentro de las agendas de tensiones cotidianas; y que si existía un lugar donde maximizar las alianzas, ese sin dudas era el adecuado.

Con idéntico espíritu, este martes pasado la universidad que presido convocó a unos cinco directivos de colegios de nuestra proximidad geográfica y los invitó a firmar en conjunto un convenio para potenciar talentos y dar un impulso a sus estudiantes más dedicados. Acordamos que a sus jóvenes con mejores promedios, o merecedores del honor de portar o escoltar la bandera nacional, Champagnat los va a beneficiar en materia económica para incentivar su continuidad en el nivel universitario y ayudar en su desarrollo académico-profesional.

Esta alianza fue además una invitación a trabajar juntos en problemas comunes: así como en las universidades encontramos espacios donde asociarnos, también la educación secundaria tiene que poder distinguir asociatividades inteligentes entre instituciones que son pares.

Nuestro nivel medio -el secundario Santa María de la Universidad Champagnat- organiza desde hace tres años, al inicio del ciclo lectivo, un conversatorio con otras cuatro escuelas del resto del país para -durante dos horas- poner sobre las mesa todos los temores y desafíos que a nivel gestión se están registrando. Y, sobre todo, para pensar en conjunto salidas a esos desafíos. Autoridades de distintas geografías se escuchan y se aconsejan, sin otro fin que mejorar en el servicio educativo y saltar pasos que, individualmente, pueden tomarnos años hasta que se descubre qué acción debe emplearse.

Las organizaciones educativas debemos perder el temor a trabajar en conjunto. Con acuerdos claros y campos delineados, ninguna institución perderá su identidad o vulnerará su proyecto institucional si comparte con otras sus desafíos ante este veloz contexto global. Por el contrario, mirarse en el otro, genuinamente, nos refleja nuestras debilidades desde otra óptica, nos da enfoques distintos para resolver nuestros problemas y, si el vínculo está bien construido, seguramente nosotros sin saberlo también estaremos contribuyendo a que otros puedan enfrentar sus desafíos de una manera más asertiva y sólida.

Hay que leer lo que está sucediendo en otras latitudes y tener la agilidad para interpretar las claves que aparecen, como piezas de un rompecabezas. Si una persona viajara 30 años en el tiempo, posiblemente compraría acciones de Google y esperaría a que surgiera algo tan insólito como una moneda anónima virtual llamada bitcoin para adquirirla desde su nacimiento. No nos ha sido dado el poder de adivinar, pero sí de analizar.

En 1991, durante su discurso de asunción como presidente del MIT de Estados Unidos, Charles Vest hizo referencia al creciente intercambio que se estaba empezando a registrar a nivel global en términos políticos y económicos, y al respecto sentenció premonitoriamente: "estas conexiones plantean la pregunta de si el MIT del futuro será una institución nacional o internacional. ¿Qué significa para el MIT ser un ciudadano de un mundo en donde los problemas o intereses comunes sean a menudo más poderosos que las distancias geográficas, aun cuando existan diferencias nacionales?". Treinta años después de esta pregunta que se hizo el MIT, recién en 2021 muchas instituciones educativas estamos intentando comprender qué es un ciudadano del mundo y cómo posicionarnos frente a él.

La Argentina siempre fue vista internacionalmente como un país de grandes individualidades, con personalidades altamente creativas y resilientes. Pero los argentinos tenemos que darnos cuenta que el contexto global de hoy premia el trabajo en conjunto, las soluciones coordinadas para hacer frente a problemas multicausales: los cambios son de tal magnitud que ninguna individualidad está a la altura de dar una respuesta en soledad. En esta ecuación, cada vez más, dos cabezas piensan mejor que una. 

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