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13 de septiembre de 2021
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Opinión

Un no rotundo a la entrega de la dignidad

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Al cabo del primer tiempo, el oficialismo se ha dado el gusto de jugar el juego que mejor juega y que más le gusta desde casi diez años a esta parte en la provincia. Ha ganado holgado, sin fisuras, incluso en dos de los departamentos que históricamente son controlados y de modo eficiente por el peronismo: el poderoso San Rafael y el enjundioso Maipú.

Pero la victoria del equipo de Rodolfo Suarez, Alfredo Cornejo y Julio Cobos tiene padres. Y, sin restarle mérito a la gestión de gobierno que empezó Cornejo en el 2015 –y que ha seguido en una línea más o menos parecida Suarez, la que ha sido reconocida en buen número y grado por los mendocinos en las PASO de ayer– tiene a su vez otros padres. Hay que buscarlos en la primera oposición y en ese constante rollo al que se somete de chocar una y otra vez con la misma piedra.

Probablemente, Anabel Fernández Sagasti no sea en su fibra más íntima lo que la mayoría en Mendoza piensa que es el kirchnerismo duro y puro; ese kirchnerismo que rechaza sistemáticamente; el ligado a un modelo que anula o busca anular y neutralizar las discrepancias, las diferencias y, claro está, a las minorías.

Pero, si no es eso, no ha logrado hacerlo ver y mostrar. No ha convencido de lo contrario. Con lo que, para el mendocino medio, la principal figura del peronismo tradicional y candidata estrella está arraigada a estilos, formas y modos que no pueden hacer pie en Mendoza. Tiene que ver con aspectos culturales, sí, pero también con estrategias y una manera de ver la política como vía de resolución de problemas que son rechazados en esta tierra desde tanto tiempo que no hay memoria casi.

En el peronismo en general y en especial en el no K, se sabe con la debilidad que deambula desde que decidieron cambiar el rumbo y someterse a los designios que se escriben y se mandan a cumplir desde la Nación, desde un lugar remoto, por fuera de lo tolerable.

Fernández Sagasti, como representante de La Cámpora y del cristinismo, no pudo romper la barrera que la separa de lo que los anteriores conductores en la hoy primera fuerza de oposición, el PJ, lograron ser y conseguir. La senadora nacional ha dicho al reconocer la derrota, ayer por la noche, que quizás deban revisar en el peronismo la comunicación con la ciudadanía. Ha deslizado, como teoría, tener un problema de llegada a la gente, a ese pueblo del que tanto se vale el PJ para imponer su poderío en las urnas.

Pero, quizás, el tema no está en la comunicación, aunque sí en la comprensión. Siendo la más pobre de las provincias ricas y la más rica de las provincias pobres, a los mendocinos no se les puede garantizar el conseguir una victoria o un mejor pasar del que tiene actualmente mendigando limosnas en Buenos Aires. Porque si lo hiciera, ahondaría aún más sus serios inconvenientes para manejarse con un grado de autonomía que añora desde que perdió la soberanía sobre sus propios recursos. Y, para conseguirla o reconquistarla, para el mendocino no parece ser el camino más efectivo el inclinarse ante la Rosada o en alguno de los callejones plagados de verde, de árboles, de césped y de flores de Olivos.

La conducción del peronismo hoy se tiene que hacer esas preguntas, encontrar las respuestas y otras tantas, como la caída en San Rafael y Maipú. Quizás, la falla para estos dos casos específicamente no la tenga que buscar tanto fuera sino, más bien, dentro: en las entrañas mismas del pensamiento más que íntimo de un movimiento que se niega, en esos departamentos propios, a entregarse al estilo que lograron imponer los pingüinos desde que conquistaron el control de la suerte del justicialismo.

Los casi veinte puntos de diferencia que anoche le sacó Cambia Mendoza al Frente de Todos resultan irremontables hacia noviembre. Más cuando el peronismo llegó a la elección de ayer con el sueño húmedo de alcanzar 35 puntos, un número que la encuestadora que contrató le aseguró que alcanzaría proyectando un nivel de indecisos que, de existir, jugó en otra dirección claramente. Con 30 puntos, el proyecto de Fernández Sagasti hacia el 2023 continuaba con vida. Un 25 por ciento, el conseguido en el primer tiempo, obliga a Anabel Fernández Sagasti, la aspirante por el movimiento hacia el 2023, a recalcular y rever toda la estrategia.

Así como que no hay que restarle mérito a lo hecho por el oficialismo en el gobierno de la provincia, tampoco en el peronismo se le tiene que caer con todo el peso de la derrota a Fernández Sagasti. El kirchnerismo, para muchos, sorprendentemente derrotado ayer en todo el país, ha puesto su grano de arena en las particularidades que preserva Mendoza. El desencanto es generalizado y obliga al gobierno de Alberto Fernández a un giro también radical como el que tiene que hacer el PJ en Mendoza.

La pandemia, la crisis económica y lo que sumó el relato han hecho que la sociedad hablara por quienes votaron ayer. La incógnita está en el camino que tomará el elenco del Gobierno nacional para revertir el resultado en el segundo tiempo que se juega en noviembre. Dos caminos aparecen determinando una encrucijada: reconocer los errores, hacer jugar la humildad y dominando la ira; o se radicaliza hacia lo que siempre parece haber querido y pretendido de este gobierno su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Y que todo se juegue a la suerte de una perinola de solo dos opciones: a ganar todo o a perder todo.

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