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12 de enero de 2022
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Opinión

Un Chapulín Colorado para Malargüe: ahora van contra la Fiesta del Chivo

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Una polémica contra Malargüe por su fiesta del Chivo.

Un extraño ensañamiento se ha posado sobre Malargüe y, lo que es peor, sobre los más de 30.000 malargüinos que lo habitan.
Como si una fuerza superpoderosa, sin explicaciones coherentes ni racionales que la justifiquen, de pronto hubiera unido a toda una provincia para volcar su furia en contra del departamento más austral y alejado de todos. En Malargüe hay petróleo y en su territorio se asientan los pozos más antiguos y productivos con los que haya contado Mendoza. También hacia el mismo se extiende la considerada lengua norte de Vaca Muerta, una parte del yacimiento estrella de gas y petróleo no convencional que se ubica en Neuquén y que Argentina presenta en el mundo entero como una oportunidad inigualable de inversiones hidrocarburíferas.

Por alguna causa no definida, quizás sobrenatural o por una supina muestra de estupidez colectiva, nomás, en contra de Malargüe se ha configurado una serie de taras exógenas a su propia naturaleza que le impiden hacer uso de sus recursos, desarrollarse, crecer y decidir por sí mismo.

Hace mucho tiempo, tanto que no hay memoria que recuerde con precisión y exactitud cuándo empezó todo, opera en contra de Malargüe un norte provincial algo engreído, desinformado y egoísta convencido de que sus decisiones son las que conducen a Mendoza hacia el éxito; se suma también un Valle de Uco más interesado en exportar –y lo hace con éxito, vaya si no– una fuerte impronta y cultura medioambiental de la que ha hecho gala y con orgullo, pero que no ha permitido más desarrollo alguno que el de la agricultura y el turismo no sólo en su zona de influencia, sino más allá de sus límites; otra parte importante del Sur mendocino, quizás convencido de que el progreso hacia el lado de la cordillera terminaría perjudicando sus propios intereses que giran alrededor del agro, la vitivinicultura y también el turismo; y, por último, lo que queda del resto provincial, el que o bien ajeno y alejado de aquellas discusiones que parecen de otra galaxia, con aire indiferente, no reacciona al espectáculo, o bien porque sus propias penurias son tan trascendentes, constantes y permanentes que no les da tiempo ni espacio a otras luchas que no son precisamente sus luchas.

A Malargüe se le viene negando el desarrollo minero. Con el argumento de que una modificación a la legislación antiminera para incorporar la zonificación controlada de la actividad abrirías las puertas a un festival o jubileo en zonas no permitidas o protegidas, se ha impedido que avancen en ese departamento emprendimientos de cateo y exploración de yacimientos de oro, cobre, hierro y plata encuadrados, incluso, en la famosa ley 7.722.

Las inversiones petroleras que se creía que llegarían con fuerza se han direccionado hacia Neuquén exclusivamente. A las compañías, en especial a YPF, les ha convenido concentrar sus recursos en la vecina provincia, más que aventurarse a lo que puede estar prometiendo esa parte del Sur provincial. Con lo que, para salvar algo de la promesa, todo parece que ha quedado circunscrito a los programas de estímulo escasos e insuficientes que se hayan podido idear desde la Provincia.

La construcción de Portezuelo del Viento, desde que comenzó a proyectarse, varias décadas atrás, emergió como una alternativa cierta de desarrollo para todo el Sur y para Malargüe. Tanto por la generación de energía de la presa, cuya construcción está prevista sobre el río Grande, como por la explotación turística de su espejo de agua, Portezuelo renovó las esperanzas de los más de 30.000 malargüinos. Ahora, esa posibilidad está en veremos, tanto que es probable que la Presidencia de la Nación le baje el pulgar y los recursos destinados a la considerada obra del siglo deberían, obligadamente, ser dirigidos a otras inversiones en el resto de la provincia. La sola mención de la paralización definitiva del proyecto ha puesto otra vez de pie a los malargüinos, que amenazan con bloquearse al resto de Mendoza, incluso alentando una separación, una suerte de “exit” de la provincia, indignados y molestos por los nuevos malos acontecimientos y augurios que se les han presentado.

Con bajas o insuficientes inversiones petroleras, sin minería, posiblemente sin la inyección multiplicadora de inversiones y movimientos comerciales y económicos que produciría en su favor la construcción de Portezuelo hoy en dudas, a Malargüe sólo le queda concentrarse en el turismo, en sus enormes bellezas naturales que lo han hecho famoso en el mundo entero y, por supuesto, también –y vaya si no– en la expansión del potencial de su producción caprina, altamente reconocida por la calidad de los animales y de su carne.

Pero, atención sobre esto último. Cuando todos los malargüinos podían suponer, y con razón, que nada más malo podría desmoronarse sobre sus cabezas, una lluvia de estalactitas de punta se ha avistado volando a gran velocidad. Se trata de la que ha provocado una presentación en contra de la realización de la Fiesta del Chivo, que se desarrolla a inicios de cada año. Durante toda una semana, entre enero y febrero, varias decenas de los mejores ejemplares caprinos del país se asan, ofrecen, venden y degustan como uno de los atractivos más importantes de una industria en crecimiento y floreciente de esta tierra a la que le dan vida más de 3.500 productores del territorio, esforzados puesteros que no sólo viven criando chivos, sino que mantienen viva una tradición cultural que se ha transformado en un gran orgullo para toda la provincia. Ahora resulta que un grupo de animalistas amenaza con hacer suspender el evento bajo el argumento de cada año se “masacran miles de seres inocentes”. Grande fue la sorpresa en el arranque de la tarde de ayer para cientos y cientos de malargüinos cuando diario El Sol publicó la noticia. La Asociación Reencuentro por la Vida Animal es la que ha encabezado la presentación, reclamando que se elimine del calendario la festividad por tratarse, dice, de un biocidio, de un crimen contra la vida.

“En la Fiesta Nacional del Chivo se masacran cada enero miles de seres inocentes. Este evento festivo resulta indignante y repulsivo. Pedimos y exigimos que se suprima y se excluya para siempre del calendario de acontecimientos turísticos del departamento semejante atrocidad”, dice el comunicado que se difundió en las últimas horas.

Por supuesto que la que primero ha reaccionado ha sido la Municipalidad. También es cierto que no es la primera vez que se ha intentado frenar el acontecimiento de alto impacto cultural y económico que tiene Malargüe. “Es un golpe bajo, un despropósito. Hay algo malicioso, no vemos el motivo para solicitar que se excluya el festival del calendario. Es llamativo porque acá es parte de nuestro patrimonio”, dijo Facundo Lineros, el director de Cultura del Municipio.

No hay un Chapulín para Malargüe, quizás no haya para nadie, para ninguno. Quizás no exista nada más que en aquella tira famosísima de Chespirito, de los años 80. Con lo que, si la salvación y el freno a tanto desatino en contra no surge del mismo Malargüe, es poco probable que alguien vaya a salvarlo porque sí nomás.

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