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31 de diciembre de 2021
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Opinión

Sin mucho margen para cambiar de aire

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Una luz de esperanza ha comenzado a surcar los cielos del mundo de la ciencia y también el de las finanzas. Primero desde los Estados Unidos, con información confiable a la que ha accedido de un grupo de epidemiólogos, el Banco de Inversión JP Morgan les distribuyó a sus clientes que la variante Ómicron podría significar el comienzo del fin de la pandemia, porque su comportamiento, más agresivo e infeccioso que las variantes que la han antecedido, ha copiado el mismo modelo o patrón de otras pandemias históricas. Pocas horas atrás, dos científicos de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Zvika Granot y Amnón Lahad, han dado crédito a la misma presunción del final, asegurando que los virus tan agresivos como el que configura Ómicron no resultan ser tan peligrosamente infecciosos, con lo que han sugerido de que se trata de una muy buena señal de que el final puede estar cerca. Los expertos sostienen que, probablemente, el 2022 sea el último año de pandemia si todo se comporta como lo esperan y el mundo logra la inmunidad por dos vías: por el avance masivo de la vacunación como se viene dando y por la tan mentada inmunidad de rebaño que se lograría con la expansión de la última variante conocida y que se descubrió sobre fines de noviembre en Sudáfrica y que ya dominó buena parte del globo.

Así como el año está terminando con aquella presunción de la ciencia sobre el ansiado fin de la pandemia, también es cierto que, en sus inicios, casi 365 días atrás, comenzaba con dos certezas que le permitían al gobernador Rodolfo Suarez y a su gobierno imaginar un año de concreciones ciertas: por un lado, la llegada de las vacunas y su distribución, justo el 28 de diciembre. Y, junto con eso, la conformación de un grupo de pensamiento, de análisis, discusión y estudio de ideas e iniciativas de una Mendoza distinta, pensada para los próximos años, que surgiendo por fuera de la estructura del Estado le daban un cariz distinto, no sólo de la seriedad que provee el academicismo si se quiere, sino también de la objetividad y de la pluralidad ideológica, económica y social por las agrupaciones y referentes que lo integraban.

El Consejo Económico, Ambiental y Social (CEAS), alumbrado en diciembre del 2020, resultó ser quizás lo más trascendente por fuera de la gestión de la pandemia que logró concretar el Gobierno, y su sola conformación sedujo y brindó una cuota de optimismo sobre algo distinto a la peste que había logrado inmovilizar todo, hasta las ideas.

Al cabo de un año, el CEAS consiguió identificar siete comisiones de trabajo y cada una de ellas esbozó los proyectos que le darán fuerza a una propuesta conjunta de diversa naturaleza. Al ritmo que lleva, no se puede afirmar con seguridad que a lo largo del 2022 los mendocinos puedan ver plasmadas y concretadas alguna de sus propuestas. A lo sumo, sí se puede prever la aprobación de sus ideas puestas y la puesta a disposición del Ejecutivo que es el que, en definitiva, tiene que darles curso, aplicándolas o convirtiéndolas en proyectos de ley para ser discutidos en la Legislatura.

Resumir el paso o la huella del Gobierno, o identificar su marca con el paso del tiempo y de la historia al sólo hecho de haberse constituido en la administración o en el administrador de la pandemia para Suarez, le permitiría alcanzar la meta del apenas aprobado. Mezquino objetivo si es que con eso el Gobierno se pudiese sentir satisfecho.

Si la pandemia recién comienza a aflojar hacia fines del año que está a punto de arrancar, como avizoran los expertos, pues el Gobierno debe configurarse para avanzar en varias direcciones y, encima, buscar alcanzar la máxima eficiencia y efectividad.

Si es por cómo se lo ha imaginado, el 2022 tendría que convertirse en el año de las reformas varias veces anunciadas, como la modificación del régimen electoral, pasando de la lista sábana actual a la boleta única de papel, el año de los avances en las autonomías municipales quizás y en el de un nuevo modelo educativo si es que se logra comenzar la discusión por la nueva Ley de Educación provincial.

Difícil, en cambio, es el panorama para la reforma institucional que se planteó Suarez como uno de los objetivos de su gestión. Amenaza esa idea la poca convicción que existe en el seno de la coalición gobernante, o, al menos, en algunos de sus líderes. A eso se suma, quizás, las pocas intenciones de la oposición para habilitar una modificación integral de la Constitución como la que se ha anunciado. Pero la oposición tiene claro que toda la responsabilidad de la persuasión está en la dotes y capacidad que pueda esgrimir Suarez para ello, más que nada mirando hacia las divisiones internas de Cambia Mendoza. Si primero no logra un frente homogéneo en el oficialismo, Suarez no tendrá fuerza para exigir mucho por fuera.

Se termina un año en el que lo único para festejar ha sido mantener en pie y a duras penas una provincia surcada por una malaria económica que ha durado demasiado, agravada casi a niveles de los que provoca una devastación total por dos años de pandemia. De ahí que el Gobierno se obliga, casi, a administrar el doble desafío de gestionar por un año más al menos una situación de pandemia parecida a lo que el 2021 está dejando atrás, con la necesidad imperiosa de mejorar todos los niveles de la economía, empezando por lo que el Estado puede hacer: facilitar y acompañar, además de estimular la reactivación en todos los frentes. Para eso, para cumplir con una meta en ese sentido, sabe muy bien que tiene que pasar por apremios y sacrificios. ¿Estará a la altura?

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