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18 de enero de 2022
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Opinión

Silencio, secretismo, ninguneo y sin buenas noticias

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Martín Guzmán y Alberto Fernández.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el mundo crecerá menos de 5 por ciento en el año nuevo que acaba de arrancar, mientras que Latinoamérica en su conjunto, mucho más disminuida y más vulnerable de lo que estaba dos años atrás, cuando hizo su tenebrosa aparición la pandemia de coronavirus, puede que crezca 2,1 por ciento. En un informe del organismo conocido ayer, el 2022 será altamente desafiante para las economías frágiles, emergentes y en vías de desarrollo: el dinero será mucho más caro de lo que lo ha sido hasta ahora, porque los países ricos aumentarán la tasa de interés; el precio de los commodities que exporta la región y vende en el mundo, como los granos, por caso, y que tuvieron subas extraordinarias durante el último tiempo aliviando en parte las desgraciadas economías de estos países, verán frenado ese crecimiento y, por último, todo aquel impulso del 2021 en el movimiento económico tras el freno brutal del 2020 bajará el ritmo.

En medio de un contexto incierto y, como está visto en las previsiones, oscuro para economías como la argentina, el Gobierno volvió a suspender sin fecha el encuentro que se había previsto con la oposición para informar sobre la marcha de las negociaciones con el FMI. La nueva postergación tiene condimentos relevantes que son necesarios apuntar, señalar y, además, explicar. Según le habrían informado al presidente del radicalismo, Gerardo Morales, desde el Ministerio de Economía de Martín Guzmán, habría sido el presidente Alberto Fernández el que dispuso que la reunión no se llevaría adelante por decisión propia.

Más allá de las esperadas críticas explosivas que tendría la oposición una vez enterada de que la reunión de ayer no se cumpliría, las principales espadas de Juntos por el Cambio lo que iban a solicitar en la cumbre con el presidente y con Guzmán no era más que un plan para aquello que no sólo la CEPAL, sino el Banco Mundial, el propio FMI y otras consultoras privadas internacionales están adelantando para lo que viene. Entonces, si la posible salida de la pandemia le significará a la Argentina la continuidad de las penurias económicas sólo si se miran las razones exógenas, pues resulta más que razonable que el Gobierno dé a conocer su plan, su idea, su visión de la situación para evitar multiplicar la incertidumbre, la falta de confianza y, por ende, la angustia.

El ninguneo, como calificaron los dirigentes más críticos a la nueva suspensión del encuentro, no sólo ha sido hacia la oposición; en verdad lo es hacia todos, porque no ha existido nunca, ni siquiera una mínima explicación sobre lo que se negocia con el FMI, ni tampoco sobre la idea que debiese tener el Gobierno para comenzar a sacar la economía del país del ocaso y la crisis. Allá lejos quedaron las promesas de campaña de un Fernández que recorría el país asegurando que con él se abría paso el país de los sueños, de los mejores salarios, de las reivindicaciones sociales, del trabajo, del crecimiento y de una mejor calidad de vida tras la tierra arrasada que había dejado el macrismo. La llegada de la pandemia pudo haber paralizado aquellos planes si es que en verdad existían.

Pero resulta que a aquel momento de conmoción y de la obligada reacción estatal para responder a un derrumbe de características propias de un cataclismo, parece haberle seguido un enamoramiento primero de una situación que, inesperadamente, le permitía cosechar adhesiones de buena imagen imprevistas. Cuando debió mostrar un camino propio de un líder en acción, Fernández se quedó sin explicaciones, sin reacción y, lo peor de todo, desprovisto de una mirada superadora, por arriba de las discusiones vanas, rastreras e inútiles, cuando no violentas y destempladas en las que se entreveró.

El gobierno de Fernández muy probablemente evitó el encuentro con la oposición temiendo que, al final del mismo, Juntos por el Cambio no sólo cuestionara y no le diera aval a la postura que su gobierno parece tener frente a las exigencias del FMI para postergar los plazos de pagos, sino, por sobre todo, porque pondría el acento en lo más urgente y estructural a la vez de todo el problema: Argentina no tendrá acceso al crédito y mucho menos si no llega a un acuerdo con el Fondo; tampoco contará con recursos extras como los que el mismo Fondo repartió por la pandemia en el 2021; si los precios de los productos que exporta se desmoronan, en un contexto de crisis hay que decir y de tensión permanente con el sector privado que agrava por demás el clima; si los países ricos, también con problemas inflacionarios, deciden subir la tasa de interés, como prevén los especialistas que hará Estados Unidos, los pocos capitales interesados en la Argentina es más que probable que dejen de estarlo atraídos por las ventajas que ofrecen los desarrollados; si todo eso se cumple, configurará un panorama demasiado oscuro como para que tampoco, en este caso, se les diga a los argentinos en qué anda su gobierno.

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