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4 de abril de 2021
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Columna

Segunda ola

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El Presidente se encerró durante más de dos horas en Olivos con su principal asesor, el jefe de Gabinete, y su ministra de Salud. Se propuso mediar y encontrar una solución. Ellos llevaban dos semanas explorando alternativas a un dilema imposible de resolver: cómo reducir la incipiente ola de contagios sin afectar a la economía y en especial, sin alterar el movimiento turístico de Semana Santa. No llegaron a ningún punto de acuerdo. Y lanzaron una medida de supuesta implementación sencilla con el objetivo de ganar tiempo y sumar adhesión. Pero el anunciado teletrabajo para la administración pública no fue acatado ni por los gobernadores del oficialismo. En ese momento el Presidente terminó de comprender que había perdido las riendas de la gestión epidemiológica sin saber todavía lo que tendría por delante.

Las miradas diversas que el año pasado solían separar a un sector de la oposición del oficialismo ahora conviven dentro del propio Gobierno. Restrictivistas y aperturistas se debaten entre la incipiente recuperación económica y la desmesurada ola de contagios reportados de coronavirus.

Carla Vizzotti argumentó en aquella reunión como infectóloga, y acató como ministra subordinada. Sus razones y recomendaciones, a esta altura, eran obvias: sin reducción de la circulación, no bajarán los casos. Pero aceptó que sin economía no hay política sanitaria, ni gobierno, ni nada. Contradicciones de los científicos del “gobierno de científicos”. Dos días después se anunciaría el inicio de la catástrofe, pero sus recomendaciones estaban desde hace tiempo desechadas.

La noche del pasado domingo, Vizzotti, Cafiero y Fernández diseñaron una estrategia de susto y alerta y sobre la base de datos del SISA, identificaron a los distritos del país que, estadísticamente, tuviesen indicadores de riesgo epidemiológico excedidos. Ahí cayó en la volada Luján de Cuyo. Fue un recurso de último momento. Una improvisación sobre el escenario: llevaban dos horas provocando la ansiedad y especulación mediáticas. No quisieron dejar a la visita irse con las manos vacías. Lanzaron un listado de 45 departamentos de 16 provincias que marcaban señales de alerta. Pretendían alguna respuesta inmediata, como intendentes o gobernadores que anunciaran restricciones a la “nocturnidad”. Nada de eso ocurrió.

Sólo acudió el riojano Ricardo Quintela en cuya provincia no había ningún distrito comprometido. Y anunció una suerte de toque de queda nocturno para darle densidad al anuncio de Olivos. “Todos somos Gildo”, quiso decir. Pero nadie más acudió a su llamado. Con suerte, hubo silencio, cuando no el rechazo abierto. Su reacción no hizo más que evidenciar la brecha entre la política y la realidad.

Alberto Fernández cosechó lo que sembró desde noviembre: en la Argentina federal, cada gobernador es responsable por las decisiones epidemiológicas que toma. Y mientras los casos comenzaron a escaparse en el AMBA, el resto del país, incluyendo el interior bonaerense, vio como le sacaba jugo a la Semana Santa.

El lunes por la noche, después de reunirse con los especialistas que convocó para asesorar al gobierno, Vizzotti no participó de la conferencia en la que debía recomendarle a la población los cuidados para el paseo pascual. De eso se ocupó el ex presidente de San Lorenzo, devenido en ministro de Turismo y Deportes, tras su frustrado paso electoral por la Ciudad de Buenos Aires. Valga la digresión: Matías Lammens no es una novedad. Daniel Scioli inauguró hace años el circuito que une la farándula y el deporte con esa oficina.

La ausencia de Vizzotti no fue casual. Minutos antes de la cita, los científicos del Proyecto País que trabajan en la identificación genómica de las variantes del coronavirus que circulan por el país anunciaron que las “cepas” de Manaos, California y Gran Bretaña ya circulan entre nosotros. En ese momento, el mensaje del poder se volvió sumamente confuso: “Salgan de paseo, y cuídense, en especial si llevan puesta la variante más peligrosa del virus. Gracias”.

Dos días después, la tragedia anunciada se volvía realidad: el récord absoluto de casos reportados en el AMBA desde el inicio de la pandemia. Y eso no es todo: la segunda ola de contagios llega en un momento en que el Presidente se encuentra sin respaldo político para implementar restricciones y con más de un millón de turistas preparados para salir a tomar aire por todo el país.

Y con la población de riesgo a la intemperie. Por esas horas se preparaban dos aviones para salir hacia Rusia y a China en búsqueda de dosis contra el coronavirus, con el objetivo puesto en avanzar con la protección de la población con más de 60 años. Pero la dimensión de la contagiosidad diaria volvió insignificantes a esos lotes de vacunas. La cuenta que hace el Ministerio de Salud está a la vista: entre las vacunas que aún aún poseen las provincias y las que debían llegar, quedarían disponibles unas 2,3 millones de dosis. A esa hora, al menos había recibido una inoculación el 23 por ciento de los adultos mayores: 1,7 millón de personas. Es decir, que restaban por vacunar a más de 5,7 millones de personas mayores de 60 años, de acuerdo con la estimación oficial. 2,3 millones de dosis para 5,7 millones de personas. Aún faltan vacunas para casi la mitad de los 7,3 millones de adultos mayores de la Argentina en medio del tsunami de contagios y con un país que vacuna a un ritmo bajo. Sumamente bajo.

Para que se entienda: en el mejor día de la campaña de vacunación, la Argentina llegó a administrar casi 180 mil dosis. Fue el 11 de marzo. Son 0,44 dosis al día cada 100 personas. La marca no alcanza al piso de las inoculaciones diarias de Uruguay desde que comenzó su campaña de vacunación masiva. Muy lejos del récord de 2,25 dosis por cada 100 habitantes que aplicó Chile. Para graficarlo aún mejor: a ese ritmo, el país trasandino demandaría 44 días y unas horas para vacunar a toda su población. Con el récord de velocidad alcanzada aquel 11 de marzo la Argentina requeriría 227 días y una mañana para proteger a toda la ciudadanía. El país padece de una doble crisis inmunológica: escasez y lentitud.

Y mientras la mitad de su gabinete, se ocupaba de cavar en la profundidad de la grieta para edulcorar al calendario electoral, el Presidente convocó a su malo conocido para salir de los extremos y conseguir densidad política para anunciar las medidas que sean necesarias ante lo que está por venir.

Alberto Fernández llamó a Olivos al jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, con el único fin de conseguir respaldo. Confía en que el apoyo de “uno de los dos principales dirigentes de la oposición” -como lo definió Cristina Fernández el pasado 25 de marzo- acercará también a los gobernadores del propio Frente de Todos que hace una semana se rehusaron a restringir la nocturnidad y mandar a su casa a los trabajadores estatales. El “positivo” presidencial alteró momentáneamente la movida, pero el objetivo sigue en pie.

En principio, el Presidente pretende que los distritos en “zona roja”, como la CABA, Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, se sumen a una serie de medidas que ayuden a contener los contagios: reducción de encuentros sociales, control de pasajeros en el transporte público, y prohibición de actividades de esparcimiento en espacios cerrados, como teatros, cines o bares.

Alberto Fernández quiere compartir el costo de las medidas incómodas y recuperar el centro, junto al socio que le permitió hace un año ocupar el lugar más privilegiado en las encuestas. El mismo lugar que le permitió al alcalde porteño encontrar el pulso de la popularidad “sin grieta”.

El Presidente cree que la fórmula que le permitió encerrar a la población durante semanas servirá, un año después, para frenar la segunda ola. Es una apuesta epidemiológica y electoral. Busca, en primer lugar, sumar consenso para nacionalizar la estrategia sanitaria. Y con él, recuperar terreno en la espinosa interna del Frente de Todos. Del mismo modo que su jefa, Cristina Fernández, sumó a su adversario Mauricio Macri como socio en la campaña electoral, el Presidente busca empardar los tantos de la mano de Rodríguez Larreta.

El riesgo es enorme. El combate de la segunda ola quedó dentro de la grieta y en medio de dos internas partidarias. Contra eso, el Presidente cree tener una vacuna: apuesta a sumar a los gobernadores y convencerlos de que si no se pliegan a la nueva gestión sanitaria, la segunda ola los llevará puestos a todos. Sin importar en qué lado de la trinchera se pertrechen o deban aislarse por prevención.

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