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27 de octubre de 2021
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Opinión

Salir de la trampa del bravucón y prepotente

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Las arbitrariedades, los desequilibrios, las conspiraciones y ese trato discriminatorio que habitualmente utiliza el kirchnerismo para gobernar con los no propios, no debería ser la unidad de medida de los gobiernos opositores, de los subnacionales como las provincias –quizás de todos, los Estados más afectados por aquel método–, tampoco por las intendencias y, por qué no incluir también en esa lista a los medios de comunicación, muchas veces reactivos por demás a los ataques constantes de un modelo que, sin un enemigo enfrente a quien culpar, suele lucir desorientado y apagado.

Por supuesto que, como todo, sumar en aquella descripción ligera y, probablemente, subjetiva por demás de una forma de actuar extendida y popularizada a todo quien se precie de ser kirchnerista y que abone como doctrina política los mandamientos que custodia y profesa la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner como jefa absoluta del movimiento y del dogma no sea lo más acertado ni preciso.

Por supuesto que no todos acuerdan con los métodos ni con esa estrategia de disrupción total que llegó, de algunos pocos años a esta parte, a dominar a un peronismo que nunca supo que lo contenía, por otro lado, hasta el día que se expresó por sorpresa y sin aviso. En el justicialismo, y sobre todo en el mendocino, el apoyo que recibe esa acción persistente de ataque al que decide enfrentarlo o que se le planta adelante con actitud crítica que adopta el kirchnerismo no es unánime.

Tanto es así que en más de una de las intendencias mendocinas conducidas por el peronismo y donde no hay demasiada comunión con la conducción del movimiento, ha comenzado a expandirse y tomar vuelo la sugerencia a los vecinos de cortar boleta si lo prefieren, pero que no dejen de votar por los concejales de los intendentes, a quienes necesitan para mantener bajo control el poder en esos territorios. Con lo demás, que hagan lo que tengan en mente, nomás.

¿A cuento de qué viene todo esto? A que los gobiernos, particularmente, tienen que tener presente hacia dónde van destinadas sus políticas, el fin de sus gestiones y la naturaleza y consecuencias de sus acciones: quizás a todo es la respuesta y, en menor medida –en mucha menor medida, en verdad–, a distraerse en ofensivas o contraofensivas producto de la prepotencia. Porque corren el riesgo de convertirse en lo mismo que enfrentan, y no hay nada más pusilánime que una copia, y mala, del original.

Las bravuconadas de la Secretaría de Comercio Interior, de Roberto Feletti, no parecen haber sido respondidas de la mejor manera o de la más inteligente por parte de la Provincia. Cuando la Nación decidió avanzar casi en solitario con el congelamiento de precios, sin el acompañamiento de las empresas ni de la oposición, el área de Fiscalización de la Provincia, conducida por José Cortez, creyó encontrar un motivo más que le venía del cielo para tomar distancia de un plan, hay que decirlo, que no resolverá el problema inflacionario que afecta a Argentina.

Cortez dijo que no contaba con personal suficiente ni medio ni estructura para poner bajo la lupa a unos diez mil comercios a los que se debería “visitar”, por sobre el puñado que hoy controla, según dio a entender. También pareció decir que, sin motivos, los inspectores del área –a todas luces insuficientes– no pueden presentarse en tal o cual locación sin razones aparentes, aunque sí podrían hacerlo por la vía de una denuncia concreta de algún cliente perjudicado.

Por tomar distancia de otra de las medidas de un Gobierno nacional con el que se coincide poco y nada, Fiscalización y Control de la Provincia, con ese actuar del señor Cortez, habría sembrado dudas sobre lo que en verdad realiza, cómo y cuáles son los resultados. Si hay algo en lo que ninguna repartición puede dejar dudas es en la efectividad y en la eficiencia de su objeto; aunque, claro, no siempre esa eficiencia y eficacia se cumplan. Y, el lunes, cuando Feletti reunió a las áreas provinciales de fiscalización junto con las asociaciones que integran el Consejo Consultivo de Consumidores, se habría dejado pasar la oportunidad de dejar sentado un argumento político y técnico de por qué no se acompaña el plan de Comercio Interior. Al menos, nada se informó oficialmente.

Días atrás fueron el propio Rodolfo Suarez y hasta el diputado nacional Alfredo Cornejo quienes debieron dar explicaciones luego de pasar un momento incómodo –y algo apremiante para uno de ellos, hay que decirlo–, por esa decisión política de los radicales de no presentarse a dar quórum en Diputados cuando se tratarían un par de leyes clave para Mendoza, las que finalmente serían discutidas y analizadas ayer en la Cámara Baja, varios días después. Las explicaciones que se dieron en su momento no fueron para nada convincentes para las personas de a pie, para el común de los mortales que son quienes, en definitiva, deciden en una elección. Más de una vez, la postura política que domina la grieta y aquel estilo inconducente de los funcionarios y referentes del Gobierno nacional se terminaron interponiendo entre el interés general y el de unos pocos; estos pocos, los que, casualmente, son los que mayores responsabilidades tienen en todo este lío. Otra vez, en definitiva, todo un gobierno cayendo en una de las tantas trampas de un estilo de conducción que siempre dividió entre ellos y los demás.

El caso de IMPSA bien puede mencionarse entre los ejemplos de correr al compás y velocidad de un proceder avasallante. El gobierno de Suarez hoy justifica la intervención del Estado mendocino en la metalúrgica en el hecho de que si no participaba en el salvataje, el kirchnerismo se quedaba con el control de la empresa. Pero no hubo, por parte de Mendoza, previamente, una exposición del tema para que todos vieran lo que se estaba pergeñando o lo que puede sobrevenir con esa maniobra. Por el contrario, la administración todavía está intentando aclarar por qué una cosa sí y otra no cuando aparecen en la misma situación que IMPSA decenas y decenas de pymes y otras estructuras en manos de privados que requieren de ayuda por igual y se encuentran fuera de todo.

La política mejor que nadie ni ninguno sabe que, para gobernar, no se tiene que dejar de lado el movimiento del oponente y adversario, más cuando lo que está en juego es el poder y un proyecto. Pero, en lo que no se debe caer, también lo sabe, es en gobernar tomando sólo como guía lo que hace y lo que omite hacer ese oponente y adversario. La estrategia, por ahora, acompaña, pero puede que deje de hacerlo cuando se requieran soluciones y medidas más complejas y sofisticadas que la mera repetición del modelo ojo por ojo, diente por diente. Quizás, ese tiempo, el de un vuelo más alto y superador, ya esté entre nosotros.

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