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30 de junio de 2022
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Opinión

Revuelo, bronca y clima enrarecido tras el pacto con los anestesistas

https://elsol-compress-release.s3-accelerate.amazonaws.com/images/large/1656517548908Marcha-a-Casa-de-Gobierno-23-scaled.jpg

- Ministra, ¿cuánto gana en promedio un médico en Mendoza? 

- "Hay que tener en cuenta variables, la carga horaria, los adicionales, pero recién ingresado, en promedio, y por cuatro horas de trabajo, cobra 150.000 pesos. Es el sueldo de ingreso a la administración pública".

- ¿Y desde ahora, con este acuerdo, un médico, como un anestesiólogo, podrá incorporar más horas de trabajo y también el turno vespertino en los quirófanos, para lo cual cobrará ese plus?

- "Sí, exactamente".

- ¿El personal (profesional) de planta también podrá hacer trabajos vespertinos si así lo desea para mejorar sus ingresos?

- "Claro que sí, por supuesto. Eso será responsabilidad del jefe de servicio también".

- ¿Y además pueden trabajar para el sector privado, si quieren? ¿O tienen bloqueo de título?

- "Exactamente, con la excepción de aquel profesional que tenga el cargo con bloqueo de título, que prácticamente ya no los tenemos, pueden trabajar en el ámbito privado".

- Bien, ¿y usted cuánto gana?

- "De bolsillo, creo, me quedan 310.000 pesos, más o menos. Por 24 horas de trabajo, de más está decirlo".

El diálogo transcripto aquí resulta ser, en verdad, un fragmento de la entrevista que LVDiez le realizó a la ministra de Salud, Ana María Nadal, durante el programa Opinión de este miércoles, en la que dio detalles del acuerdo alcanzado con los anestesiólogos que permitió destrabar un conflicto de casi tres meses durante los cuales se frenaron las cirugías programadas acumulando cerca de 5.000 o más casos de pacientes que esperaron sin respuesta alguna por parte del sistema público de salud.

Pocos minutos después de terminada la charla, antes de las 9, al menos, un par de gremios del ámbito estatal –ATE (representante de trabajadores de la Administración Central, más otras dependencias y algunos empleados de la salud) y Ampros (el sindicato que nuclea a los profesionales de la salud, como médicos en general, cirujanos, anestesiólogos y demás)–, anunciarían una serie de medidas de fuerza –entre ellas un paro para este jueves–, en obvio rechazo al pacto suscripto con los anestesistas, entendiendo que se concretó por fuera de la ley, lejos del marco paritario, a la que le sumaron la denuncia pública contra el Gobierno ante lo que avizoran como una “mayor precarización laboral y trabajo en negro”.

Todas las partes de este lío, visto desde fuera, parecen tener algo de razón, más en un contexto en donde quien mueve los hilos de los ánimos y del clima de tensión constante es la crisis general, cada vez más aguda y sin viso alguno de solución cercana. Por el contrario, el proceso inflacionario diario corroe los pesos que se tienen en existencia. Y, hacia fin de mes, cuando el asalariado percibe su sueldo y proyecta lo que tendrá depositado en la cuenta, el panorama que se abre ante su control de comando general no puede ser más incierto.

Se trata de un escenario en el que se mezclan infinidad de factores que en un contexto normal ni por asomo se rozarían. Y, claro que el sector público es sólo una parte del conflicto que se ha apoderado de la sociedad. En el ámbito privado, todo es un poco más incierto por determinadas razones. En este, las empresas en general, sus empleados y contratados, los independientes y monotributistas sobreviven en una selva que tiene sus reglas conocidas ampliamente por todos. Es allí donde los actores de la historia suelen moverse casi siempre aceitadamente, entrenados en la competencia, el esfuerzo, el mérito y la permanente búsqueda de objetivos, pero que en medio de una economía sin control y un Estado en manos de un gobierno desquiciado, el desorden ha roto todo.

El grueso de la sociedad lo que pretende es que el Estado funcione y ordene; que no moleste y permita y facilite. Precisamente, lo que no se está consiguiendo.

Visto desde allí, el conflicto con los anestesiólogos bien puede haberse resuelto desde el sentido común: mientras no se llame a paritarias para definir un nuevo monto por las prestaciones, no está para nada mal que, por mayor trabajo y productividad, estos médicos consigan una mejora en sus ingresos. En el sector privado de esa misma manera suelen resolverse muchos planteos y reivindicaciones. Por eso, el choque brusco entre una realidad y otra. Dos mundos: el del Estado y el resto.

Los paros agravan la situación que padece una sociedad que, paradójicamente, mantiene el sistema con el pago de sus impuestos. Que los médicos deben ganar más, quién lo duda. Que los docentes deben ganar más, quién lo duda. Que los administrativos del sector público deben ganar más, quién lo duda. Quién puede poner en dudas un reclamo por mayores ingresos en medio de semejante desbarajuste que trae recuerdos de los peores colapsos económicos y sociales de la historia argentina.

Los gremios que han visto el acuerdo entre anestesistas y Gobierno denuncian un pacto ilegal. ¿Denuncian el pacto por ilegal o denuncian un pacto por el que se aceptó ganar más a cambio de mayor trabajo? Quizás se esté poniendo bajo la guillotina de un sector específico las dos cosas juntas, lo que torna el panorama mucho más oscuro y pernicioso por la actitud y el mensaje que se da, cuando lo que se tiene que aportar en medio de la hecatombe es sentido común y racionalidad.

Desde uno de los sindicatos molestos por el acuerdo se desliza que no se tiene en cuenta al resto de los trabajadores que se necesitan, por caso, para abrir un quirófano y dejarlo listo para su funcionamiento. Pero, además, están viendo que sus colegas luego de los meses de lucha han conseguido prerrogativas que no habían sido supuestamente tenidas en cuenta para el resto de los profesionales. “Nosotros firmamos un certificado de nacido vivo, un certificado de defunción, hacemos diagnósticos y ellos no”, comentan en off, confirmando el enfrentamiento histórico entre unos y otros. Los médicos no anestesistas siempre han envidiado el poder de fuego de sus colegas, a los que ven mejor tratados por parte del Estado. Clínicos, cirujanos, traumatólogos, kinesiólogos, radiólogos, bioquímicos miran con desdén a los anestesiólogos y ahora suponen que fueron, una vez más, favorecidos por un Estado que a ellos –así lo ven– los trata de manera desigual.

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