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7 de julio de 2022
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Opinión

Renta básica universal: las diferentes motivaciones en el mundo y en Argentina

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La llegada de Silvina Batakis al gabinete nacional no ha logrado despejar aún las dudas respecto de la dirección o el rumbo que tomará el país en torno a su economía. Sólo por indicios, y porque ha sido respaldada e impulsada por la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se cree que lo que viene puede estar orientado a forzar una nueva negociación de las metas con el FMI –que el kirchnerismo rechazó– y a evitar un ajuste de las partidas con destino al área social. Es en ese contexto general en el que ha comenzado a instalarse el debate por la aplicación del Salario Básico Universal (SBU), una herramienta que el mundo discute desde un buen tiempo atrás, pero como respuesta a las consecuencias, dramáticas, en algunos casos, que está provocando la robotización de la economía.

El primero en advertirle al gobierno de Alberto Fernández que ha llegado el momento de ir por el SBU fue Juan Grabois, el líder de los desocupados de la economía social. Lo hizo tras la renuncia de Martín Guzmán a Economía y el anuncio de su remplazante, Batakis. Y, de acuerdo con lo que trascendió del último encuentro entre el presidente y Cristina Fernández de Kirchner, el lunes en la noche en Olivos, la vice habría reclamado avanzar en la aplicación de ese ingreso universal cuanto antes.

Por el momento, la base de lo que comienza a discutirse, al menos mediáticamente, es un viejo proyecto de ley que impulsaron legisladores del Frente Patria Grande. Se trata de establecer un ingreso de alrededor de 15.000 pesos que llegaría a unos 7,5 millones de personas de entre 18 y 65 años, todas inactivas, desocupadas o con ingresos no registrados. El costo, de acuerdo con los primeros cálculos, orilla ría los 850.000 millones de pesos, pero sectores cercanos a la iniciativa sostienen que podría fijarse en menos de la mitad si se restan los recursos de otros programas sociales y por el impacto en el mayor consumo que provocaría el ingreso. Se sabe que para el kirchnerismo y para la propia Batakis, que viene de corroborarlo en una de las intervenciones periodísticas que ha tenido desde que asumió, el verdadero motor de la economía en la que cree está en el consumo. Con lo que, por la vía de ese estímulo, agregan, crecería la producción, activando el movimiento económico del país.

Como está dicho, lo que comienza a debatirse en el país está en la agenda internacional. Pero, como Argentina tiene sus particularidades, muchas de las cuestiones que se discuten internamente no siempre están motivadas por las mismas razones: en el mundo, por caso, la aplicación del SBU la motivan otras razones. El avance teleológico y la robótica están dejando a millones de personas desocupadas porque sus puestos de trabajo han sido remplazados por máquinas y la computación.

En los foros internacionales se analiza si no sería una buena medida que los gobiernos avanzaran en lo que se considera “un nuevo modelo” consistente en gravar a multimillonarios y a las empresas que controlan la robótica y los algoritmos y que con esos recursos se establezca una renta básica y universal.

La particularidad argentina está dada en que esa discusión, en el país, está cruzada por la grieta, por un lado, y por la sospecha oculta de que quien la está impulsando lo que persigue, en verdad, es la continuidad de un régimen que mantiene en una situación de pobreza permanente a quien la reciba. Se trata de la política clientelar que se ha sostenido por años y años sin ser eliminada y sin que haya mejorado la situación de los millones de personas que subsisten en las mismas condiciones de vulnerabilidad y necesidades básicas insatisfechas.

Cuenta Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, que todo lo que se ha hecho en el mundo detrás de una renta básica universal han sido experiencias sólo limitadas al ámbito nacional y municipal. “En enero del 2017, Finlandia inició un experimento de dos años proporcionando a 2.000 finlandeses desempleados 560 euros por mes, con independencia de si encontraran o no un trabajo”. Lo propio, agrega, llevaron delante de manera experimental algunas ciudades de Canadá, Italia y Holanda.

Pero, como estas iniciativas han surgido como producto de que gente se quedó sin trabajo porque la automatización las suplantó, hallaron que muchas de las personas a las que estaba destinada la renta quizás no vivían en esos países. “Debido a la globalización, la población de un país depende por completo de mercados de otros países, pero, la automatización podría desenredar grandes partes de esta red comercial global con consecuencias desastrosas para los eslabones más débiles. En el siglo XX – agrega el escritor israelí–, los países en vías de desarrollo que carecían de recursos naturales progresaron en el plano económico, sobre todo, vendiendo el trabajo barato de sus obreros no cualificados. Hoy en día, millones de bangladesíes se ganan la vida fabricando camisas y vendiéndolas a clientes de Estados Unidos, mientras que en Bangalore lo hacen en los servicios telefónicos de atención al cliente que tramitan las quejas de los usuarios norteamericanos”, dijo.

 

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