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29 de diciembre de 2021
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Opinión

Que Argentina cambie antes de que Mendoza pierda lo único que le queda

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Si Mendoza tiene, sufre y cuenta con los mismos problemas que la inmensa mayoría del resto de los argentinos, por qué no florecen en su territorio sistemas de gobierno o liderazgos del tipo que se conocen como de corte populista, quizás como el que está al frente de la Nación en este momento, o con el que cuentan la gran parte de las provincias argentinas, independientemente de que su color político sea o no el referenciado con el peronismo, ideología claramente identificada con lo que se conoce como populismo y mucho más acentuada en esa dirección desde que el kirchnerismo lo copó y lo cubrió con su manto.

Acaso se trata de una actitud caprichosa preguntarse hoy, ahora, como si nada por qué Mendoza no se enrola detrás de una tendencia de corte populista, detrás de un líder o lideresa carismático, por ahí mesiánico, si desde hace tantos años su gente vive en medio de insatisfacción evidente en donde no puede realizarse ni tampoco en gran medida planificar su futuro. Un lapso tan extenso en el que todas las miserias y temores se han hecho presentes como la pobreza, el desempleo, que va y que viene pero que no puede bajar de 7 u 8 por ciento, en una provincia que cuenta con más de 17 por ciento de subocupación y de crecimiento del trabajo no registrado o en negro; donde buena parte del mundo de las transacciones comerciales, económicas y no sólo laborales desde no se sabe cuándo se están moviendo en un contexto más o menos dominado por la informalidad; un tiempo en el cual el número de empresas se mantiene no solo más o menos en el mismo, sino que muestran indicios de contracción y de achicamiento en un gran porcentaje.

La o las respuestas a tal interrogante puede que se encuentren en el inicio de los tiempos, cuando los primeros habitantes llegaron, se asentaron y eligieron un territorio al que debían domar y sobreponerse, haciendo un uso responsable y razonable de los recursos a disposición; recursos a los que había que extraer y moldear, como ahora. Como ocurre con el agua, con la tierra y con la montaña para todo el que conoce y vive aquí.

Cualquier personaje con un fuerte potencial vinculado con las características del líder populista, puesto en Mendoza, podría haber hecho maravillas con sus deseos y sus ansias, las propias y las de todo un movimiento político y manipulador detrás, si Mendoza y su pueblo lo hubiesen permitido.

No está mal de tanto en tanto rescatar, al menos, este tipo de virtudes, porque, en verdad, se trata de una virtud la de esta provincia de rechazar y de no permitir las actitudes de eternización en el poder con las que suele estar vinculado el populismo: la mentira, la promesa extravagante y la descripción de un mundo irreal, voluntarioso y plagado de demagogia.

Por alguna razón que puede estar vinculada claramente con una idiosincrasia distinta, no superior como algunos lo han creído, en Mendoza se rechaza o bien al gobernante que se pretenda eternizar o bien cualquier expresión o régimen con tipicidades del populismo.

Es un valor, es un gran activo a rescatar que en esta provincia todavía y por ahora se rechacen las reelecciones del gobernador. No es un dato menor que la Corte le haya dado un aval magnífico, mayoritario, a la prohibición de las reelecciones indefinidas de los intendentes como sucedió en el 2019, mientras, en Buenos Aires, su legislatura discutía en las últimas horas, independientemente del resultado de aquella discusión política, la re, re, reelección de decenas de intendentes que en su momento se sometieron a una ley que les impedía seguir por años en el poder. Así construyeron su poder, magnánimo, los recordados barones del conurbano, todos alrededor de una misma ideología política ampliamente mayoritaria, aunque, lamentablemente, no la única.

Por alguna razón particular, tampoco cuajan en Mendoza los discursos grandilocuentes y encendidos que giran sobre soluciones mágicas a lo que se padece. Ese supuesto voluntarismo detrás de un relato que supone que desde el Estado surgirán los remedios a la pobreza, al desempleo, a la injusticia y al sometimiento, y donde los que más tienen tendrán que pagar por los que menos tienen; todo aquello que agrieta, que separa entre supuestos buenos y supuestos malos, que al crear un enemigo a vencer por ser el causante de todos los males que se sufren todos encuentra la fertilidad que se necesita para que ese sistema prenda y se desarrolle; todo eso y más, parece, por ahora, no tener cabida en una Mendoza que, por consiguiente, está exigiendo medidas de carácter superlativo y mucho más complejas y científicamente más elaboradas que lo que está abundando, desgraciadamente, en Argentina.

Todo indica que, en Mendoza, sus gobiernos surgen de aquellos que pueden, de alguna u otra manera, acercarse lo más posible al menú de demandas enmarañadas que incluyen la descripción de una realidad cierta y seria, lo más lejos del infantilismo con el que algunos líderes propios de él les hablan a sus pueblos o potenciales dirigidos.

Del Estado ya no se puede sacar más nada. Pero, no sólo del provincial, sino tampoco del nacional. Tan así es que se discute a nivel nacional la creación de más impuestos, ahora con el de la herencia, cuando se viene de modificar Bienes Personales. La dirigencia sabe que el Estado está quebrado. Y por eso se piensa en más gravámenes cuando la tendencia mundial es contar con menos presión impositiva. Tampoco importa tanto cuánto de la riqueza toma el Estado para subsistir o para financiar el gasto público. Lo que importa es cuánto se hace desde ese Estado para que el privado logre desarrollarse y crecer. Y Argentina hace todo lo contrario.

Mendoza sufre esas consecuencias, propias de la famosa macro, y parece estar en el peor de los mundos combatiendo las tendencias populistas si se observa lo que sacan de la torta sus vecinos. La esperanza es que Argentina cambie esa tendencia mucho antes de que Mendoza sucumba a un camino por demás y claramente pernicioso. Ojalá así sea, por su gente.

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