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8 de junio de 2021
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Opinión

Pedirle peras al olmo

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El kirchnerismo nacional acaba de bendecir un reacomodamiento de los salarios en el ámbito parlamentario de 40 por ciento para el 2021. Más allá de la modalidad que tendrá el aumento previsto y que fue acordado por la vicepresidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, y los dirigentes de las agrupaciones gremiales que representan a los trabajadores del Congreso, lo cierto es que la lectura ineludible de toda esta trama indica que la figura política que tiene el mayor peso del poder político del país y que controla manu militari, según se comprueba a diario, la marcha del Gobierno, su humor y la dirección en la que debe ir, ha echado por tierra la previsión oficial de la inflación, que se ha previsto de 29 por ciento.

En verdad, no ha sido Cristina Fernández la que ha revelado, con su capacidad clarividente, que el 2021 estará lejos de aquel 29 por ciento que se calculó para los aumentos de los precios de los productos básicos que consumimos en la Argentina. Está claro que con lo que ya mostró el año, con ese 4 por ciento promedio de incremento de precios mensual, el año en curso seguirá produciendo pobres en el país por el encarecimiento de las cosas simples y básicas necesarias para vivir y por la ausencia de un plan, como está visto, que apunte a la generación de riqueza por la vía de un crecimiento del empleo genuino. La vicepresidenta no ha hecho otra cosa que enviarles un guiño a los gremios amigos que representan una de las columnas que sostienen el movimiento gobernante para que negocien nuevos acuerdos de incrementos salariales y que los resultados hacia la suba se conozcan antes de las elecciones legislativas de setiembre y noviembre próximos.

El dejar atrás la inflación, no la calculada y aprobada en aquel presupuesto fuera de la realidad, sino la verdadera y que golpea todos los días a los argentinos, por la vía de los aumentos de los ingresos de los asalariados o por la inyección de nuevos recursos que aumentarán la suma de la asistencia social de todo tipo, será uno de los emblemas que el oficialismo agitará en medio de la campaña electoral. Habrá otras más, claro está, como esa apuesta fuerte a la llegada masiva de la vacuna contra el Covid, un hecho que debió darse, cuando menos medio año atrás, para llegar al invierno con la mayor cantidad de inmunizados posibles y la menor cantidad de muertos por la enfermedad. Sin embargo, ante aquel fracaso o incumplimiento por culpas más propias de la administración que ajenas, ahora se pone la vista en la primavera, época en la que llegaría el alivio que no se tuvo cuando se prometió.

La inflación, desde ya, destruyendo la posibilidad de mínima proyección y desarrollo que pudiesen tener los hogares más pobres del país y de la provincia; la pavorosa presión impositiva nacional y provincial de siempre contra las empresas, que les impiden mantener la cabeza por afuera del agua para poder respirar; la falta de competitividad y de condiciones amables para exportar; el constante clima enrarecido para las inversiones de cualquier tipo, han atentado, como ya se sabe, sobre la calidad de vida de todos.

Todos lo saben, todos lo mencionan, todos coinciden en que tal situación se tiene que revertir y hasta no son pocos los que se animan a decir cómo hay que hacerlo. Pero, a la vista de todos está que, si se hace algo, que no está a la vista de ninguno por otro lado, no da los resultados que se esperan. Lo cierto es que ante una nueva campaña electoral, estos temas volverán a estar en la agenda de muchos aspirantes a renovar bancas o a conseguirlas. Pero, puestos a solucionar los problemas, hacen agua.

Aquel visto bueno de la vicepresidenta a un aumento de 40 por ciento de los salarios de los trabajadores parlamentarios también ha incluido, como debía ser, un descongelamiento de las dietas de los legisladores en el mismo porcentaje, claro está.

Y el reciente y fuerte golpe al bolsillo sobre los monotributistas, que con la recategorización habitual deberán pagar un retroactivo al mes de enero, inesperado, no ha sido otra cosa más que el habitual proceso de ajuste al que se somete a millones de argentinos a los que les pesa, de por sí, mantener en pie y mínimamente, sus actividades de supervivencia.

Si las elecciones fuesen hoy, ese proceso electoral se encontrará con una Mendoza que ha visto cómo se derrumbaron todos sus indicadores. Hoy se cuenta en la provincia con 607.000 personas pobres y casi 69.000 indigentes. Esa es la traducción, en números, del porcentaje de pobreza, que asciende a 42 por ciento.

La pobreza y el desempleo responden, desde ya, a la por demás deficiente marcha de la economía. El último trimestre del 2020 dejó a la vista de todos la caída de la economía y de las posibilidades: la minería cayó 16 por ciento; la producción industrial, 9,9 por ciento; la actividad de la construcción, que mejoró respecto del trimestre anterior, se redujo 0,1 por ciento en la comparación con el 2019; el comercio cayó 8,8 por ciento; los servicios públicos, 0,5 por ciento; el turismo, 77,7 por ciento, y las exportaciones, 13,8 por ciento respecto del año anterior.

Está más que claro que para muchos o la mayoría o bien para todos los mendocinos, la agenda de la campaña electoral debiese estar apuntada a responder todos estos interrogantes y a pulverizar el fracaso colectivo en el que se está que, se ha agravado por la llegada de la pandemia.

Sin embargo, se tiene la sensación de que el interés de nuestros candidatos estará puesto en otros asuntos más volátiles, más estruendosos y escandalosos y poco o nada proclives a ir por los temas de fondo que, siempre, son ardorosos y ponzoñosos para abordar y requieren audacia, valentía, convicción, concentración, decisión, fortaleza y, desde ya, conocimiento, capacidad y muchas horas de estudio.

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