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4 de mayo de 2021
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Opinión

Otros modos, claves para la civilidad y el respeto

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La gestión de la pandemia ha mostrado visibles y muy claras diferencias entre la Nación y la Provincia. Pero, no sólo por las cuestiones vinculadas con las medidas asumidas en una y otra jurisdicción, que han colocado a Mendoza en un lugar de preponderancia a nivel nacional, quizás al mismo nivel que la CABA en eso de mostrarse ambas administraciones rebeldes y muy críticas de lo ordenado por el presidente Alberto Fernández, como ya se sabe.

Quizás, lo distinto y lo más notable sea que, en Mendoza, el gobernador contó el año pasado, cuando se presentó la primera ola de coronavirus, con un apoyo generalizado y respetuoso de los sectores más razonables de la oposición, en particular los intendentes. Un acompañamiento crítico, pero apoyo al fin, que se ha extendido en el 2021, cuando ha llegado la segunda ola de la peste, más violenta y virulenta en el 2020.

¿Suarez ha sido un afortunado al contar con intendentes opositores que no sacaron los pies del plato, como parece que lo ha hecho su gestión, su gobierno, el de Mendoza, ante la administración de Fernández en la Presidencia? Las respuestas a la pregunta pueden dividirse clara y muy rápidamente sin mayores análisis hacia un lado y otro de la grieta ideológica, según donde uno se pare.

Pero, en verdad, puede ser también el producto de lo que sembró, por un lado, y, también, por el grado de responsabilidad y seriedad de los intendentes opositores, por el otro. También está claro que si estos intendentes se hubiesen dejado llevar por el ánimo de otros referentes del mismo espacio, particularmente de aquellos un tanto más lejanos de los gobiernos municipales y de lo que significa lidiar a diario con las urgencias de la gestión, otra hubiese sido la historia.

A diferencia del método, los modos y los estilos propios asumidos por Fernández, Suarez siempre se mantuvo en contacto con los intendentes, con todos. Los consultó y hasta discutió con ellos cuáles serían los mejores caminos a tomar. Esa predisposición al diálogo y a la búsqueda de los consensos, por sobre las imposiciones y las miradas unitarias o centralizadas que tanto han molestado a los gobernadores opositores en la discusión nacional sobre qué hacer con la pandemia, le ha valido a Suarez el reconocimiento de los propios gestores comunales del peronismo en la provincia.

Tanto en público como en privado, Emir Félix, de San Rafael; Matías Stevanato, de Maipú, y Roberto Righi, de Lavalle (este último ayer mismo en declaraciones a LVDiez), no han tenido pruritos políticos o ideológicos para hacer mención al buen clima y al contexto en el que siempre se discutió qué hacer frente al aumento de contagios de coronavirus, entre cerrar, confinar, restringir la circulación de las personas y la extrema necesidad, también, de mantener con vida la economía pese al riesgo latente de la multiplicación del virus.

No han sido análisis y discusiones simples. Aquellas que tuvieron a la educación como centro de todo para decidir si continuar con la presencialidad en las escuelas o pasar a la virtualidad por algunos días tuvo contrapuntos de lo más variados. No todos han estado de acuerdo. Righi, por caso, reconoció haberle cuestionado al gobernador la continuidad de la medida, más que nada por la incidencia del transporte en los contagios que en la escuela en sí. Stevanato, por su lado, señaló que hubiera preferido, como otros, que se hubiese sido más estrictos y firmes con la restricción por DNI, que a su entender debió haberse impuesto para toda la semana y no para algunos días y no sólo para compras, sino para condicionar el movimiento habitual de las personas; y Félix, en general, dijo que si hubiese sido por él, habría ordenado un confinamiento más firme y extendido para frenar los contagios.

Pero los tres dejaron en claro la responsabilidad final del gobernador, y en sus manos, y su facultad de ordenar un funcionamiento similar, en términos macro, en toda Mendoza. Y, a la vez, también reconocieron haber llegado a un acuerdo para el caso de tener que implementar medidas exclusivas para algunas comunas a la luz de lo que cada intendente pueda observar con una mirada más cercana, particular y más certera.

No todo se puede traspolar desde la Nación a la Provincia o a la inversa. No todas las experiencias se pueden llevar a un escenario y otro con intenciones de obtener el mismo resultado. Porque, evidentemente, se trata de espacios no comparables, en general, por la proporción y el nivel de complejidad de los conflictos y problemas en uno y otro. Pero, lo que sí vale para ambos y, especialmente en el diálogo político y en la discusión de asuntos tan preocupantes como los efectos de una pandemia, es el respeto en el trato que va más allá de lo personal, sino que es, sobre todo, institucional. Se trata del respeto hacia el pueblo y sus representantes y del reconocimiento a una jurisdicción, como la provincial, de sus facultades y de su situación.

¿El presidente pudo haber contado con apoyos claros a sus medidas, aunque con marcadas diferencias por parte de los gobernadores opositores, en especial de Rodríguez Larreta en la CABA y de Suarez en Mendoza si hubiese hecho uso de otra estrategia, menos invasiva, menos avasallante y sin soberbia como efectivamente lo hizo? Nadie puede saberlo, aunque, probablemente, de otra manera hubiese tenido más chances de encantar y de sumar, que de recibir restas y rechazos que no lo ayudan ni lo acompañan.

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