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15 de julio de 2021
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Opinión

Más pobres, más hambrientos, sin sueños y con más de 100.000 muertos

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No pocos argentinos –todos de bien, sencillos, con sentido común y con memoria, angustiados y agobiados por el peso de la crisis económica y sanitaria que se sufre en el país y también en sus espaldas; una crisis que los asfixia y que no los deja pensar con algo de tranquilidad para estabilizarse y tomar las mejores decisiones para subsistir, sostenerse y no rendirse– deben haber recordado ayer aquellas palabras enfáticas y algo teatralizadas del presidente Alberto Fernández, cuando confesó, el 12 de abril del año pasado, que prefería “tener diez por ciento más de pobres que cien mil muertos” por los efectos de la pandemia en el país.

Ese día, un domingo, el presidente le había dado una larga entrevista al periodista Jorge Fontevecchia, la que se difundiría al caer la noche por Net TV. Hacía exactamente un mes que la OMS había declarado el estado de pandemia de una peste que ya se había extendido por todo el mundo, y casi tres semanas desde que el presidente había decretado los primeros confinamientos, cierres de fronteras, restricciones varias y, claro está, el parate de la economía general a casi cero, con la excepción de las actividades esenciales. La apuesta oficial, como estrategia, surgía sin posibilidades de error alguno en jugar un pleno en favor de la salud y a costa de la economía. Era una respuesta política y definida que se enfrentaba a muchas voces disidentes que advertían de los efectos dañinos y que sugerían copiar modelos o, al menos, partes de los métodos que no pocos países europeos y del hemisferio norte, que ya habían padecido en primer turno el ataque del virus, habían aplicado, inclinándose por un equilibrio entre ambas opciones.

Es cierto que –hay que decirlo– el presidente contaba por ese tiempo con los mayores niveles de aceptación e imagen que logró alcanzar en su corto período de gobierno, incluso hasta ahora. Y que quienes reclamaban por no frenar toda la actividad económica, sugiriendo un abordaje integral de los problemas, sin dicotomías, tampoco lo hacían de modo enfático. Eran una minoría, el Estado prometía asistencia para los frenados y parados y todo discurría en la dirección que quería la administración de gobierno. Las manifestaciones y los planteos firmes y férreos que la oposición debió acompañar, porque quedaría a contramano de los propios hechos, llegarían un poco más tarde, cuando la ayuda del Estado se fue diluyendo y el golpe de la crisis superó todos los niveles que se habían previsto, incluso los más pesimistas.

El tiempo siguió su marcha, como la pandemia, golpeando con más fuerza y de modo impiadoso; el desempleo se disparó, también la pobreza, el hambre y la depresión. Y los fallecidos. Ayer, como fatídicamente se esperaba, sin sorprender a nadie, el país superó los 100.000 muertos por el Covid.

“Prefiero tener 10 por ciento más de pobres y no 100.000 muertos en Argentina por coronavirus. Los que plantean el dilema entre la economía y la salud están diciendo algo falso. Sé que tengo que preservar a la pequeña y mediana empresa y a las grandes, también”, diría el presidente. Y agregaría a sus dichos una frase que luego repetiría en cuanta tribuna se lo permitiese: “De la muerte no se vuelve, pero de la economía se vuelve”.

Fernández debe cargar consigo el peso inimaginable de la enorme responsabilidad de conducir un país. Sólo quienes han estado en su lugar pueden atestiguar lo que se siente, además de la famosa soledad del poder que, para su caso, probablemente configure, para colmo, una rara avis producida por la presencia de una figura como la de Cristina Fernández de Kirchner en la Vicepresidencia.

Pero sí es necesario, y también obligatorio, por qué no, recordarle al presidente los errores que fue cometiendo en la gestión de la pandemia, uno tras otro, dejándose llevar por una discusión de baja estofa, por toda esa vocinglería que lo provocó cuando evidenció, por supuesto, sus debilidades y también forzado y presionado –luego lo veríamos con más claridad– por el ala más dura del kirchnerismo, que impuso sus propias reglas de juego en un gobierno que, se suponía, era el contenedor de una plataforma equilibrada y ampliada políticamente y no como el representante de una sola de las expresiones de las tres que se repartieron la administración.

Muy pocos no recordaron ayer aquellos desafortunados dichos del presidente, de abril del año pasado. En qué pensó cuando lo dijo, con quién se comparó, son hoy preguntas sin sentido frente a la dimensión de la tragedia. Ese estilo bravucón, prepotente y altanero acompañó aquella frase y las que le siguieron: como que el Estado era el que cuidaba a los argentinos y que asistir a la escuela se convertía en una de las peores amenazas para el sistema sanitario, para los docentes, los chicos y sus padres.

Argentina promedia el segundo año de la pandemia en situación penosa y ruinosa a más no poder. No se trata de una imagen ni de una sensación. Sólo hay que ver alrededor, en los países vecinos, para dimensionar la magnitud de los errores cometidos, de la obsesión por ir en direcciones equivocadas a sabiendas de que se iba en sentido errado, sólo por diferenciarse de quienes le sugieren o le imploran un cambio y que el Gobierno identifica como enemigos, literalmente enemigos y traidores a la patria, una suerte de cipayos porque piensan diferente.

La obcecación y la tozudez se pagan muy caro, con muertes que pudieron ser evitadas si hubiesen llegado en tiempo y forma las vacunas que se prometieron en la cresta de la ola y también con una depresión y dolorosa hecatombe económica sin límites.

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