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25 de noviembre de 2021
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Opinión

Los mejores años, perdidos

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Argentina puede que esté perdiendo –si es que no los perdió ya–, sus mejores años de existencia para generar riqueza, para mejorar la calidad de vida de su gente en todo sentido, no sólo a nivel económico, sino también social, educativo y cultural y, por añadidura, para construir una base sólida y previsible que les pudo haber garantizado a las generaciones futuras una plataforma de desarrollo con mucho menos apremios e infortunios, sufrimiento y lamento que por los que debieron transitar hasta aquí las generaciones pasadas y la actual, que protagoniza el presente del país.

La reflexión viene a cuento de un dato de la economía y la situación social y previsional del país: se calcula que en diez o quince años –cerca del año 2040–, la Argentina terminará de transitar un tramo promisorio que se considera, se reconoce y denomina el bono demográfico: digamos que un período ideal por el que pasa toda sociedad en la cual la población activa supera en gran número a la población dependiente económicamente, que es la que va de 0 a 14 años y de 65 en adelante. Esa relación hoy, en la Argentina, se encuentra en su punto más beneficioso: por cada 100 activos existen 55 dependientes económicos. Pero, en el 2050, los dependientes ascenderán a 61 y para el 2100 se ubicarán en 72 por la mayor cantidad de personas mayores, un cálculo siempre realizado sobre la base de 100 activos. Tales datos se encuentran destacados y resaltados por un profundo trabajo que realizó el Banco Mundial sobre los desafíos demográficos del país, titulado “Los años no vienen solos, oportunidades y desafíos de la transición demográfica en Argentina”.

Si se observan las urgencias y necesidades de la Argentina en un sentido amplio, está claro que no se sabe muy bien por dónde empezar y arrancar. Pero, mucho más claro todavía es que se debe comenzar por algo. Ese algo es en lo que la dirigencia política argentina no se ha puesto de acuerdo porque no puede, no quiere o no sabe. Y las profundas diferencias que distancian al oficialismo de la principal oposición en un tiempo demasiado prolongado de grietas y fracturas ideológicas, sumado a un desprecio mutuo pocas veces visto entre ambos, agrava el panorama.

El famoso bono demográfico no ha sido aprovechado, salvo por algún tiempo quizás al comienzo del siglo, cuando el viento de cola de una economía que repartía dividendos entre los países productores de materia prima trajo para la Argentina sus beneficios. Luego de aquellos años, que coinciden con el gobierno de Néstor Kirchner, el considerado primer kirchnerismo, el gasto público se siguió expandiendo para mantener en algunos casos y ampliar los niveles de asistencia estatal, pero sin los recursos genuinos a mano. Y, según los economistas, la emisión desmedida junto con el endeudamiento, también desmedido, y, a veces, ambos factores operando juntos y simultáneamente, han hecho el resto: un estado de situación decrépito y sin salida que no sea años de ajuste, o bien la asunción de un camino más prolongado con una dosis de gradualismo en las reformas inevitables que se coincide, unánimemente, se tendrán que realizar.

Entre el menú de urgencias, la resolución de la compleja situación previsional de la Argentina, como en otros casos seguramente, no resiste más dilaciones. En este mismo espacio, días atrás, se describió el drama: unos 5 millones de jubilados cobran la mínima de un poco menos de 26.000 pesos; el universo total de retirados está cerca de 8 millones de personas reuniendo todos los regímenes y diversas asistencias del Estado, mientras que los activos, es decir, quienes trabajan en blanco, se encuentran registrados y hacen sus aportes es de un poco menos de 7 millones de personas en una relación muy precaria y desfavorable entre activos y pasivos, cuando la cuenta recomendada a nivel global va de 3 a 4 activos por cada jubilado.

Qué hará la Argentina para resolver el problema que no sólo se tiene hoy, sino que traslada sus perjuicios mayúsculos hacia delante, no se sabe. Y también la realidad de una buena vez está determinando que no se banca más dilaciones; la presión ciudadana y cómo se expresa desde, al menos, seis años a esta parte en las elecciones que se han realizado son una prueba de que, ante la menor duda de distracciones o fallas, se lo hará saber al poder de turno. Algo de todo eso se vio en setiembre y el 14 de este mes.

Mientras, el Banco Mundial ha dicho sobre Argentina que “como todo tipo de cambio estructural, el envejecimiento de la población que ocurriría durante las próximas décadas demandará modificaciones en el alcance y diseño de las políticas públicas”. Agrega: “A diferencia de estudios similares realizados en países desarrollados, el caso argentino ofrece la complejidad propia de evaluar el impacto del cambio demográfico sobre un escenario básico caracterizado por un elevado grado de inestabilidad. En consecuencia, el conocido desafío de ‘hacerse rico antes que viejo’ resulta incompleto y se suma al de las múltiples demandas que, en una sociedad como la argentina, pesan sobre el Estado, en especial referidas a la distribución del ingreso y cohesión social”.

En Los años no vienen solos, el Banco Mundial, que realizó este trabajo con el aporte de los editores Michele Gragnolati, Rafael Rofman, Ignacio Apella y Sara Troiano, trata detalladamente el financiamiento de las políticas que debiese asumir la Argentina para corregir un estado de situación que la conduce a un panorama negro en caso de que no se ocupe. Para llegar a un estado razonable de protección adulta, la Argentina debiese encarar reformas que van desde un aumento de la eficiencia del gasto sobre la salud de esa población y la previsión de una mayor demanda de recursos por parte de otros sectores a la vez.

Y sostiene, por último, que “dejando de lado la posibilidad de financiar las mayores demandas de asistencia mediante el endeudamiento, ya que ello significaría trasladar el peso a generaciones futuras, existen dos situaciones extremas: mantener los niveles de gasto financiables con recursos disponibles, reduciendo las transferencias promedio por adulto mayor, o mantener los beneficios por adulto incrementando la presión tributaria o reduciendo otras erogaciones”. Y en esto último, claramente, es que el Banco Mundial sin mencionarlo, sin afirmarlo ni hacerlo explícito, porque no hace falta, es que llama la atención sobre uno de los puntos que han provocado la grieta: el punto ideológico del problema.

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