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2 de mayo de 2021
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Columna

Las aulas y la luz, entre el consenso y el equilibrismo

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“En tiempos de pandemia, no podemos diferenciarnos”, lanzó bajo el sol abrasador del Impenetrable. El Presidente llamaba una vez más al encuentro de oficialistas y opositores para coordinar acciones sanitarias. Una invitación sensata antes de arriesgarse, una vez más, a caminar por el alambre de las restricciones para bajar la curva de contagios. Se sabe: el consenso es a la política lo que la red al equilibrista. Hubo loas y celebraciones a ambos lados de la grieta. Y no faltó quienes se montaron, al mismo tiempo, al trapecio. Pero a veces, el funámbulo es tan solo un ilusionista enmascarado que hace de la invitación al diálogo un pase de magia. Otro show. Bienvenidos al circo.

La construcción de una red para endurecer las medidas de distanciamiento era un reclamo de oficialistas y opositores. Por ejemplo, tanto el riojano Ricarda Quintela del Frente de Todos, como el radical Gerardo Morales de Jujuy plantearon esta semana en el primer Zoom de gobernadores con el Presidente que se estableciera un sistema de fases de restricciones en función de parámetros sanitarios definidos. Con esa herramienta se terminaban la especulación y la discusión permanentes y se le ofrecía al ciudadano un margen de previsibilidad.

De eso se trató el anuncio presidencial. Al semáforo epidemiológico le agregó un color, el bordó ennegrecido de la “alarma epidemiológica”, y anticipó que este modelo será enviado al Congreso para dotarlo de un consenso mayor. Una red con cables de acero. Una imitación del “freno de emergencia” que logró aprobar Angela Merkel en el Bundesrat con el que legalizó el cuestionado toque de queda nocturno, tan liviano de este lado del mundo.

Alberto Fernández hizo sonar la alarma y algunos de los alertados volvieron a mirar para otro lado. Minutos antes de que debían comenzar a regir las nuevas restricciones en el AMBA, Gran Mendoza y Gran Rosario, los gobernantes de esas zonas se enteraban por los medios que debían imponer, por ejemplo, una prohibición para la circulación desde las 20, cerrar las escuelas y prohibir las reuniones familiares.

Rodolfo Suárez se reservó el derecho a estudiar la letra chica del Decreto de Necesidad y Urgencia y horas más tarde decidió en línea con lo que espera un sector de su coalición: dejó a la educación al margen de las restricciones. En cambio, el porteño Horacio Rodríguez Larreta que se anticipó a la publicación del DNU y desistió de aceptarlo “sin reservas”, como sí hizo su vecino Axel Kicillof, e incurrió en un acto de doble rebeldía.

Incumplió con la virtualidad total para las aulas como pretendía la Casa Rosada, pero envió a algunos cursos de la secundaria a sus casas, lo que le valió el reproche de la presidenta de su propio partido, Patricia Bullrich. “Todos los niveles educativos son importantes. No les quitemos a nuestros chicos el derecho a estudiar y tener un futuro digno”, le escribió vía Twitter.

En la jefatura de Gobierno de CABA juran que apostaban a un acuerdo con la Rosada y la Provincia de Buenos Aires para sacar la discusión de la esfera judicial, hacia donde recurrió el propio Rodríguez Larreta. La negociación frustrada la había abierto el ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, que terminó otra vez desautorizado por su propio jefe. La “presencialidad administrada” que había diseñado, se ofrecía como una salida intermedia: en CABA cerraban un poco, en el Conurbano bonaerense entreabrían otro tanto las puertas de las aulas. Pero no prosperó. “Habíamos logrado un acuerdo, y lo rompieron ellos”, se quejaron desde el gabinete porteño.

La noche anterior a los anuncios, el Presidente había dado por terminadas las negociaciones que se habían estancado por el reclamo de Kicillof de ir hacia una cuarentena más estricta durante dos semanas. Sin consenso, el Presidente optó por el equilibrismo. Se encerró con su equipo de confianza en el Museo del Bicentenario y cuando ya regía la prohibición de circulación en el AMBA grabó el mensaje donde le quitó un poco a cada uno. A Larreta le privó de la “presencialidad administrada” y a Kicillof de la ampliación del toque “sanitario” a partir de las 18 hs. Está claro: hacer equilibrio no es consensuar. Nuevamente, el anuncio cayó al vacío.

No sólo Rodríguez Larreta se negaba a un cierre total, también la Casa Rosada por recomendación del ministro de Economía, Martín Guzmán, que se resiste a implementar sistemas de compensación y contención como en 2020. Sin margen económico para restablecer el ATP o el IFE, el Presidente desistió de acompañar a Kicillof. Rodriguez Larreta aprovechó que el Presidente caminaba sobre la cuerda floja para sumar algún temblor en el alambre.

Como la discusión en el AMBA pasa por el uso del transporte público y la movilidad de cientos de miles de personas, el jefe de Gobierno optó por prohibir una actividad que, de acuerdo a los datos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, moviliza demasiadas personas y que al mismo tiempo no es una actividad declarada “esencial”: la construcción. Esa decisión le trasladó (o le creó) un problema a la Nación o al propio Kicillof sobre eventuales ayudas económicas para esos sectores. Se entiende: la restricción afecta a trabajadores de grandes obras (públicas y privadas) que viven del lado bonaerense del AMBA. Todos juegan con fuego: Rodríguez Larreta administró sus decisiones ante la presión del chat de mamis y papis. Nadie sabe cómo responderá el chat de la UOCRA y del Ministerio de Obras Públicas con tres semanas de parate.

Los equilibrios inestables no son sólo una práctica de la convivencia entre oficialismo y oposición. El Presidente gobierna hacia dentro de la coalición reinante desde el alambre de Rivadavia.

Por el mismo motivo que no habilita la reposición de los programas de asistencia por la pandemia, el ministro de Economía impulsa una actualización tarifaria (“tarifazo” en otra época). La meta es clara: reducir el déficit fiscal y despejar el camino para un acuerdo con el FMI. La demostración llegó casi en simultáneo: a los pocos minutos del anuncio del nuevo DNU sanitario, la Jefatura de Gabinete dejó trascender que le habían solicitado la renuncia al subsecretario de Energía Eléctrica, Federico Basualdo, un cristinista designado en el cargo para garantizar un tope a las subas en las facturas de luz.

El anuncio del pedido de renuncia vino acompañado de una suba de 9 por ciento de las tarifas eléctricas. Desde el Ministerio de Economía, en ese instante, dejaron trascender que Guzmán, empoderado, avanzaba sin freno hacia un acuerdo inminente con el Fondo Monetario Internacional. Hasta se ocupaban de hacer interpretar un comunicado que el club de senadores cristinistas había presentado a modo de proyecto de resolución y que reclamaba que los 4.355 millones de dólares en Derechos Especiales de Giro que le remitió el FMI se utilizaran para asistir a los argentinos afectados por la pandemia. “Es una orden para avanzar rápido y cerrar rápido con el Fondo”, interpretaban en Hacienda.

“Lo echaron por falta de cumplimiento de las tareas que se le encomendaron. Se le encargó la segmentación de los usuarios para llevar la estructura tarifaria hacia una diferenciación progresiva de los subsidios para beneficiar a los sectores más vulnerables y no lo hizo”, insistían desde Economía para justificar por qué el funcionario que responde a la vicepresidenta había sido expulsado del Gobierno.

La sorpresa llegó desde el primer piso del Senado de la Nación, donde tiene su despacho Cristina Fernández. Desde su equipo de prensa distribuyeron un comunicado que debía ser utilizado como información off the record para informar que la expulsión de Basualdo nunca había existido. “Las operaciones de prensa no contribuyen a conducir la política sectorial en un momento tan delicado para el país”, señalaba el texto.

El empoderado Guzmán, de repente, se despertó en un mundo diferente. El “reempleo” de su subsecretario, forzado por la vicepresidenta, dejaba al propio Presidente en un estado de incerteza total. Entre el DNU sanitario con su anuncio de proyecto de ley y la deglución de un peón cristinista, por un momento Alberto Fernández creyó que finalmente había llegado al despacho presidencial. No había entrado el fin de semana cuando se dio cuenta que, otra vez, estaba caminando sobre un alambre, sobre el precipicio.

Cuenta Marco Aurelio, el emperador romano de la segunda mitad del siglo II, en sus Meditaciones, que en un día de celebración de sus triunfos y hazañas, vio caer al vacío a un equilibrista que distraía a las tropas enardecidas. Y luego de ese espectáculo mortuorio, mandó a colocar colchonetas para amortiguar el destino de los funámbulos. El circo debía tener algún límite.

Tal vez el Presidente necesita un Marco Aurelio que le tire una colchoneta. O reconocer, finalmente, que no es un equilibrista y que para gobernar, en este escenario, debe ser el artífice de su propia red, de consensos sólidos que le ayuden a gobernar. Hacia adentro y hacia afuera del palacio. Sino, seguirá avanzado por el alambre en soledad, sin protección, como aquel olvidado funámbulo de Roma.

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