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29 de julio de 2022
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Opinión

La última bala

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Un referente del oficialismo mendocino, miembro él de la Cámara de Diputados de la Nación y de recorrida este jueves por el Gran Mendoza como un adelanto de la temporada de siembra esperanzando en una eventual cosecha electoral en el 2023, de tanto en tanto le enviaba mensajes a Sergio Massa, el nuevo súper ministro económico del Gobierno nacional, detrás de las certezas y precisiones sobre su desembarco en el gabinete de Alberto Fernández. Como respuestas a sus inquietudes, recibía sólo emoticones.

En el cuarto piso de la Casa de Gobierno provincial, en la sede de la Gobernación, la atención estaba puesta en dos direcciones: una con todo lo que sucedía en la sensible reunión paritaria con los docentes, los mismos que durante la mañana habían rechazado la mejora salarial que se les había acercado y que seguirían rechazando al finalizar la jornada; la otra en Buenos Aires, en La Rosada, con todo ese mar infecto de versiones que circulaban en torno a los cambios en lo más alto de un desnaturalizado y más que deteriorado gobierno de Alberto Fernández.

Sobre lo último, el impacto y repercusión del ya denominado “efecto Massa” en el gabinete, en la gente y en el establishment, el gobernador Rodolfo Suarez y sus más cercanos habían decidido entregarse al paso del tiempo, dejar ir el día y esperar el cierre de la jornada para hacer las primeras evaluaciones políticas de lo que sí se consideran y señalan como las horas más oscuras del cuarto gobierno nacional kirchnerista, ahora entregado a la suerte de un Massa a cargo de tres áreas ministeriales como Economía, Agricultura y Producción.

Tales imágenes, las dos, la del diputado nacional mensajeándose con el titular de Diputados desde algún lugar del Gran Mendoza, y la del gobernador en su despacho esperando que el día terminase, formaban el lote de las pocas, muy pocas y selectas que se pudieron construir para ser contadas y describir con algún detalle, de muchos encuentros y reuniones que se concretaron durante la tarde, a la espera de las decisiones en lo más alto del Gobierno. Y todo en medio de una confusión hecha metástasis.

Pero, el común denominador de todas esas imágenes, tanto en el espacio opositor al kirchnerismo como también en sus ámbitos propios, ha sido el desconcierto y la desorientación ante el hermetismo y la falta de certezas. Lo único claro y evidente es la crisis política sin precedentes que se llevó puestos, hasta el extremo, los niveles de confianza –aunque mínimos– que podía conservar el gobierno a esta altura.

La sensación de la política en general, con la excepción claro de algunos –sólo algunos bolsones oficialistas–, es la de un gobierno en estado terminal, intentando con Massa y con la nueva estructura física del gobierno que se analizaba, como la fusión de Cultura, Turismo y Deportes y otras, llegar a la otra orilla del río de la mejor manera posible. El deterioro, sin embargo, ha sido mucho más grave que el que sufrió el gobierno de la Alianza, el que lideró Fernando de la Rúa, hasta el 2001. La mención a esa administración trunca no es caprichosa. Mucho de lo que le sucedió desde lo técnico se asemeja a lo que le ocurre al gobierno de Fernández. Incluso, la llegada de un súper ministro, en este caso con Massa, remite al Domingo Cavallo de aquel tiempo. Y hasta los títulos de los diarios de aquel momento, antes de la caída de esa administración, son calcados a los de este tiempo. La naturaleza de aquella coalición de gobierno, lejos del peronismo y mucho más distante desde el momento en que el Frepaso tomó la decisión de abandonar la administración, la sentenciaba a una caída segura. Esa situación, traspolada al presente, carece de fuerza por las mismas obvias razones que la política bien entiende.

Lo que no se podía llegar a descifrar, al menos hasta ayer, es si la extraordinaria movida en el Gobierno tiene que ver con su relanzamiento y reorganización, o bien con un movimiento desesperado que lo tiene a Massa, en este caso, como un cruzado que buscará la salvación de la administración en soledad, sin Cristina Fernández de Kirchner, sin Fernández, sin los gobernadores y sin los intendentes. O bien, deslizaban ayer en el peronismo mendocino, sólo con algunos de esos componentes e integrantes del oficialismo detrás y no todos juntos.

Esto del apoyo, la adhesión y de la convicción de todos los sectores fuertes de este peronismo que gobierna respecto de lo que se debe hacer para salvar la gestión es más que importante. Quizás sea vital, más que nada, para la carta que se está jugando. Si no hay una profunda decisión detrás del ordenamiento de las cuentas, lo que significa –de acuerdo con lo que sostienen los especialistas– concretar un ajuste extraordinario, lo que se busca no será posible. Esto supondría terminar con la emisión, ajustar el tipo de cambio posiblemente con una devaluación oficial (porque la extraoficial ya se llevó adelante con los aumentos en el dólar blue superando 30 por ciento), recuperar reservas y, por sobre todo, restablecer confianza, si es que todavía hay margen para ello.

Por supuesto que la llegada de Massa y la cristalización de lo que hoy es sólo una esperanza de que pueda sacar la economía a flote con el volumen político que le acerca a la gestión, van a jugar a favor del declive de la imagen del presidente y en su total eclipse. Esto es así porque el tigrense, empujado por el marcado lobby del poderoso grupo empresario que siempre lo ha sustentado, se está jugando su candidatura por el Frente de Todos a la Presidencia en el 2023. Claro que no sólo dependerá de la recuperación del país, una condición sine qua non para su objetivo histórico, sino del papel que juegue la vicepresidenta Fernández de Kirchner, mentora de un gobierno hoy en caída libre, y poseedora absoluta de la centralidad política en Argentina.

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